Era un día como cualquier otro: el sol radiaba y la brisa soplaba serenamente. Después de cuarenta y nueve días de adoración, la ciudad dormía en paz. A la distancia, se oía el eco casi inaudible de cánticos y alabanzas. Aquellos que lo oían se preguntaban: “¿Quién estará entonando himnos eneste momento?”.
Desde el trono celestial, la orden fue emitida: “Este es el momento. Desciendan y revistan de poder a Mis siervos”. De repente, Jerusalén se vio inundada por un estruendo de vientos huracanados. No existía una escala Saffir-Simpson para documentar su velocidad, ni meteorólogos para estimar su categoría. Solo estaban los adoradores, la llegada del Espíritu Santo y una ciudad conmocionada por el sonido de Su presencia. A diferencia de la experiencia de Elías en el [monte] Horeb, Dios sí estaba en ese viento recio. No era un susurro apacible. Era el Dios Todopoderoso anunciando a voz en cuello al mundo entero que Su cosecha había comenzado.
En el aposento donde Dios entró, hombres y mujeres fueron sumergidos y llenos de Él. [Sinduda], fue una manifestación poderosa del Dios eterno enviando una señal de fuego en Su pueblo.
Esta fue una experiencia bastante significativa, pero más asombroso es que, después de dos mil años, esa llama nunca se ha apagado. Aquellos ciento veinte creyentes fueron las primicias de la cosecha de Dios.
Desde la antigüedad, la fiesta de las primicias se contaba entre las tradiciones más antiguas y apreciadas de la ley levítica. Esta festividad también llamada la fiesta de las semanas, tenía lugar justo
siete semanas y un día después de la pascua. Por consiguiente, el mundo griego la llamó Pentecostés que significa cincuenta días.
Sus orígenes eran agrícolas: una fiesta de acción de gracias por la cosecha de trigo, una ofrenda de adoración de los primeros panes horneados con el primer trigo de la siega, los cuales se presentaban ante Dios en el templo de Jerusalén. Era una de las tres fiestas de peregrinación que los judíos practicantes celebraban en la ciudad santa. Por eso, Hechos 2:5-11, dice que había personas presentes “de todas las naciones bajo el cielo”.
Pentecostés, la fiesta de las primicias, es extraordinariamente rica en analogías y metáforas —demasiadas para analizar en un escrito— que apuntan hacia Cristo y Su sacrificio de muerte,
sepultura y resurrección. Consideremos algunas: Las siete semanas representan la perfección y descanso, mientras que el holocausto y el requisito de un cordero macho sin mancha prefiguraba tanto la expiación por el pecado como a Cristo mismo, “el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo” (Juan 1:29). La cosecha de las primicias invita al adorador a la acción de gracias y habla de una preparación inmediata, reconociendo el tiempo perfecto de Dios: “cuando el fruto está maduro, en seguida se mete la hoz, porque la siega ha llegado”
(Marcos 4:29). La ofrenda mecida elevada ante el Señor en alabanza y acción de gracias nos recuerda que Jesús es nuestra ofrenda mecida, Aquel que nos hace aceptos ante Dios, mientras que la “tierra que yo os doy” (Levítico 23:10) apunta más allá de Canaán hacia la tierra prometida, hacia el descanso, la salvación y nuestro hogar eterno La frase “y el día” (Levítico 23:12) enfatiza que
nada en el plan redentor de Dios ocurre por casualidad ni fuera del tiempo que Él ha fijado (Juan 12:23). La ofrenda de grano conlleva una imagen impresionante: la semilla que es sembrada debe
morir, así lo dijo Jesús en Juan 12:24 (TLA): “el grano de trigo no produce nada, a menos que caiga en la tierra y muera”. La ofrenda de comida y libación encuentra su cumplimiento en Aquel que dijo: “Porque mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida” (Juan 6:48, 55). Incluso las palabras “olor grato”, recurrente en Levítico y Números, que significa la aceptación de Dios de la adoración de Su pueblo, resuena en los creyentes del Nuevo Testamento: “Porque para Dios somos grato olor de Cristo en los que se salvan, y en los que se pierden” (2 Corintios 2:15). Por último, la declaración “estatuto perpetuo es por vuestras edades” (Levítico 23:14) nos recuerda que la verdadera adoración no es una ordenanza pasajera; es un concepto eterno, que nos señala hacia una comunión eterna con nuestro Dios, quien lo ordenó todo. Su cosecha continúa, extendiéndose por todas las edades hasta llegar a nosotros.
No podemos menospreciar ese momento poderoso del primer siglo en el que lenguas como de fuego se posaron sobre cada uno. Es algo que no se puede ignorar ni ridiculizar. Lucas, bajo la unción divina, describió el acontecimiento con asombroso detalle para todos los obreros de la mies. Solo podía describirlo alguien que fue testigo ocular y experimentó el bautismo del Espíritu.
Fue un [acontecimiento maravilloso]: el sonido del viento, las lenguas como de fuego que posaron sobre los que estaban en la casa…y luego un milagro jamás visto a través de la historia de la humanidad. El Espíritu Santo les dio poder para hablar en lenguas que nunca habían estudiado, aprendido ni hablado. Los peregrinos del mundo conocido, que habían llegado a Jerusalén para la fiesta de Pentecostés, se asombraron porque escucharon a estos galileos sin educación hablar en sus lenguas maternas. Fue, sin duda, una escena desconcertante, porque ni los ciudadanos ni los peregrinos comprendían lo que estaba pasando. Solo se preguntaban con asombro:
¿Qué significa esto? Pero aquellos que estaban llenos del Espíritu sabían que no estaban ebrios de vino nuevo, sino que Dios estaba cumpliendo Su promesa en el tiempo correcto.
Luego, el apóstol Pedro hablándole a la multitud confundida, escéptica y curiosa les explicó que no estaban ebrios. Claramente les dijo que no era emocionalismo o herejía, ni estaban endemoniados. La llegada del Espíritu no era tampoco para unos pocos elegidos o únicamente para la iglesia del primer siglo. Este era el cumplimiento de la promesa de Dios profetizada por Joel, el profeta de Dios (Hechos 2:16). Es la seguridad de que “…todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo” (Hechos 2:21). Se trata de la evidencia indiscutible de que Dios levantó a Jesús de entre los muertos (Hechos 2:32). Es una verdad innegable: Dios ha exaltado a este mismo Jesús, el que fue crucificado y ha resucitado, como Señor y Mesías (Hechos 2:36).
Observe que, a pesar de los errores del cesacionismo, el don del Espíritu Santo es “para todos los que están lejos; para cuantos el Señor nuestro Dios llamare” (Hechos 2:39). Doy gracias a Dios porque Su llamado no se detuvo en el primer siglo. Si así fuera, nosotros no conoceríamos la salvación ni el cumplimiento de Su promesa. La predicación y llamado al arrepentimiento del cesacionismo está equivocado porque Dios sigue llamando misericordiosamente a todo aquel que quiera recibir Su promesa de salvación y el don del Espíritu Santo.
En Hechos 2, el cumplimiento de la promesa de Dios —derramar Su Espíritu sobre toda carne— fue una continuación de la promesa divina de hacer algo nuevo (Isaías 43:19) y de establecer un nuevo pacto (Jeremías 31:31). El cumplimiento de la profecía de Joel da a los creyentes la fuerza para convertirse en nuevas criaturas en Cristo Jesús (Gálatas 6:15), obedecer un nuevo mandamiento y vivir en “la luz verdadera, que [ahora] brilla cada vez más fuerte” (1 Juan 2:8 TLA).
Para los creyentes, Pentecostés tiene un carácter dual: el antiguo pacto y la cosecha, y el milagro inédito que ocurrió en un aposento de la Jerusalén del primer siglo, en una mañana primaveral
ordinaria.
La iglesia primitiva no celebró Pentecostés como un día aislado, sino un período de cincuenta días desde el sacrificio pascual. Era un tiempo de gozo sagrado en el que se prohibía el ayuno y se
oraba de pie, no de rodillas, como señal de la vida resucitada. El período culminaba el día 50, con la festividad de Pentecostés.
A lo largo de los siglos, la iglesia ha conmemorado Pentecostés de diversas maneras: unos con grandes procesiones y otros con representaciones teatrales religiosas. En la Edad Media, era común
soltar palomas por los agujeros de los techos en las iglesias de Europa para simbolizar la llegada del Espíritu Santo. Debemos decir que las palomas que se sueltan en el aire no representan correctamente al Espíritu. En Francia e Italia, los pastores esparcían pétalos de rosa roja desde la galería de sus iglesias para simbolizar las lenguas de fuego
Pero los reformadores, sospechando que el espectáculo reemplazaba a la verdadera devoción, eliminaron esos elementos teatrales, y sacaron de las catedrales las palomas y los pétalos de rosa;
pero preservaron la festividad de Pentecostés dentro del año litúrgico. Incluso aquellos más rigurosos comprendieron que Pentecostés era un pilar fundamental para el cristianismo que no podía suprimirse: el derramamiento del Espíritu de Dios sobre toda la humanidad, por encima de barreras de idioma, raza, cultura o nacionalidad.
Existe una gran diversidad en el cristianismo del siglo XXI: distintas prácticas, diversos pensamientos teológicos y diversas tradiciones. Sin embargo, hay algo que las une a todas: la convicción de que Pentecostés no es una simple historia. El Espíritu que sopló en un aposento en la Jerusalén del primer siglo todavía está presente en la iglesia. El fuego aún sigue ardiendo con poder. El Espíritu no puede ser contenido en un edificio, ni en una creencia teológica, ni en el calendario de la iglesia. Él reside en los corazones de los creyentes de todas partes del mundo que le permiten hacer morada.
Pentecostés no constituye un misterio reservado para pocos. Irrumpe con la vehemencia del viento y deposita un fuego divino. Habla el idioma de Dios y de los ángeles. Resulta perturbador para
el intelectual, el escéptico y el no creyente; sin embargo, aviva el espíritu de aquellos que han recibido Su bautismo.
Cada año, cuando la iglesia celebra la fiesta de las primicias y se escucha el relato de Hechos, capítulo 2, el fuego arde y los corazones claman: “Ven, Espíritu Santo. Deja que Tu fuego arda en mí”.
