El rol del líder en el desarrollo de jóvenes activos

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Antes de que un joven tenga el valor para compartir su fe, alguien debe haberle dado primero la oportunidad para ser escuchado. Cuando pensamos en empoderar a la próxima generación para que testifiquen del [Señor], solemos pensar en los grandes momentos, como los testimonios en los campamentos o los viajes misioneros; sin embargo, el testimonio comienza mucho antes que esos momentos. La valentía que necesita un joven para compartir su fe se va fortaleciendo a través de las oportunidades que los ancianos le den para que su voz y sus ideas sean escuchadas. La pregunta no es solo “¿Cómo crear oportunidades para que los jóvenes compartan su fe?”, sino “¿Cómo creamos una cultura que valore las ideas de los jóvenes cada día?”. Cuando un joven sabe que su voz es validada, él/ella tiene la valentía para hablar en los momentos decisivos.

Dentro del liderazgo de nuestras iglesias, existen dos formas de ver a la juventud. La primera considera a los jóvenes como una generación perdida, víctima de la cultura moderna, la música y los medios de comunicación, que necesita ser liberada, aunque ya camina con Dios. Cabe señalar que esto no es exclusivo de la Generación Z. Cada generación suele ver a la siguiente como la más perdida, distraída e influenciada por el mundo. Cuando se considera a los jóvenes como un problema que tenemos que resolver, y no como almas que debemos discipular y empoderar, desperdiciamos su potencial. Por otro lado, el esfuerzo de querer ser un “líder moderno o la moda” no es eficaz. El esfuerzo por encajar destruye la esencia.La juventud busca líderes en los que puedan confiar y que les orienten, sin importar si están al tanto de la moda o el lenguaje actual. Ambas perspectivas pasan por alto lo que esta generación anhela: el deseo de comunidad, conexión y transparencia. Seamos honestos: hoy cualquiera tiene acceso a sermones, a música de adoración excelente y a buenas enseñanzas en su teléfono las 24 horas del día, los 7 días de la semana. Pero hay algo que ninguna aplicación digital ofrece: el ser parte de una relación real y vivir la experiencia de ser valorado.

Piense en aquellas personas que marcaron una diferencia en su vida cuando era joven. Es probable que gran parte de su influencia fue la presencia de ellos en el día a día. Cuando veo mi propia vida, recuerdo a un pastor de jóvenes que acudía a mis fiestas de cumpleaños y a mis partidos de voleibol. Veo a pastores de jóvenes que vieron mis dones y me dieron responsabilidades reales para desarrollar mis habilidades de liderazgo siendo aún joven. Cuando me invitaron a dirigir la música en el santuario principal y no solo en el sótano de la iglesia, entendí que no era ‘solo una joven’, sino alguien valorada por la congregación. He tenido la [oportunidad] de contar con líderes que me dieron el espacio para participar en proyectos importantes y en oportunidades de crecimiento. Mis padres también valoraron mi opinión en las decisiones de la familia. Estas son algunas de las experiencias que fueron fundamentales para mi desarrollo, y supongo que muchos de ustedes también tuvieron experiencias similares.

Lo poderoso de este enfoque es que los ancianos caminan junto a los jóvenes a lo largo de la vida, en lugar de delegar esa responsabilidad a un programa o a un momento específico. Crean espacios para que los jóvenes usen sus dones, siempre orientándolos, pero también entendiendo que se pueden equivocar. En Juan 6:5-13, Jesús lo ejemplificó de una manera maravillosa. Él pudo haber multiplicado los panes y los peces sin tocar el almuerzo del niño, pero decidió hacerlo partícipe. El milagro no fue solo haber alimentado a cinco mil personas, sino el hecho de que la contribución de un jovencito marcó la diferencia en algo mucho más grande que sus propias fuerzas.

Para muchos, la inclusión significativa de los jóvenes puede generar una tensión entre la excelencia y la participación. Como perfeccionista que soy, siempre tengo el instinto de buscar la mejor idea, la estrategia más eficaz y el resultado más pulido. Muchos líderes experimentan esto en algún grado, y no está mal, porque la excelencia es importante. Dios nos llama a hacer las cosas bien para honrarlo, pero no podemos ignorar una voz en desarrollo en nuestra búsqueda de la perfección. Al recordar mis experiencias en el ministerio de jóvenes muchas de mis ideas y las de otros jóvenes no eran las mejores; pero los líderes las validaron y nos dieron espacio a pesar de nuestras opiniones imperfectas. Ellos entendieron que estaban formando algo más importante que un programa: escucharon nuestras opiniones, mientras que a la vez formaban nuestras vidas. Lucas 10:1, 2 [nos muestra un gran ejemplo]: Jesús envió a 72 discípulos sabiendo claramente que enfrentarían dificultades y que Él podría haber cumplido la misión de manera eficaz sin ellos; pero el objetivo no era la perfección, sino la formación de cada uno.

Este principio va más allá del entorno eclesiástico y los grupos de jóvenes. Muchas congregaciones son pequeñas y carecen de programas para jóvenes, pero la realidad es que todos tenemos algún joven presente en nuestra vida o entorno, ya sea como tíos, abuelos, padres, que debemos apoyar y escuchar. Este es un principio que los educadores han practicado durante años. Los métodos Montessori, por ejemplo, no solo enseñan habilidades a los niños pequeños; crean un espacio donde ellos puedan contribuir de manera significativa al trabajo real. Los niños practican tareas como regar las plantas, no por el simple hecho de hacerlo, sino porque las plantas realmente lo necesitan. El aprendizaje ocurre aportando, no copiando. El mismo principio se debe aplicar para empoderar a los jóvenes. Los jóvenes necesitan participar activamente en las decisiones que impactan sus vidas, ya sea planificando un servicio en la iglesia, aportando sus opiniones en las decisiones o desempeñando un papel de liderazgo. Cuando los jóvenes se dan cuenta que sus ideas generan buenos resultados comienzan a sentirse útiles.

Cuando mis pastores de jóvenes, mis padres y mis mentores valoraron seriamente mi opinión y me confiaron responsabilidades reales, por fin empecé a creer que era la líder que ellos decían que era. Ese sentido de pertenencia y de propósito es precisamente lo que podemos ofrecer a la próxima generación. Empoderar a los jóvenes es mucho más que limitarse a darles un micrófono en un campamento de verano. El objetivo es fomentar ese tipo de confianza que hace que un testimonio sea auténtico. Cuando los jóvenes participan en decisiones de la vida real, se dan cuenta de que su punto de vista tiene peso y de que Dios puede obrar a través de ellos ahora. En ese momento, compartir su fe deja de ser una “obligación” y se convierte en un reflejo natural de su [realidad]
cotidiana.

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