Una generación completa murió en el desierto. Cuarenta años caminando. Cuarenta años recogiendo maná. Cuarenta años de quejas. Cuarenta años en los que Dios les proveyó milagrosamente. Cuarenta años siguiendo la presencia visible de Dios.
Parece ilógico pensar en la resurrección de Jesús a través del peregrinaje de los israelitas en el desierto. Sin embargo, nuestra situación es paralela a la de ellos. Somos un pueblo redimido que espera la promesa de una tierra edénica, pero vivimos en un desierto marcado por la muerte. Ciertamente la misma mano providencial que los libró a ellos es la que nos sostiene a nosotros [continuamente]. Los israelitas recibieron maná [del cielo]; nosotros recibimos al Mesías.
Pero ¿qué tiene que ver todo esto con la resurrección? Para los cristianos, la resurrección es la doctrina fundamental de todas nuestras creencias. Pablo dijo que si Cristo no hubiera resucitado, “somos los más dignos de conmiseración…” (1 Corintios 15:19). Si no hay resurrección, no hay esperanza. Mientras recordamos el día de la resurrección del Mesías, es importante que nos hagamos esta pregunta: ¿Qué ha cambiado como resultado de la resurrección de Jesucristo?
Verdaderamente, la resurrección lo cambió todo. Pero seguimos fracasando. Seguimos quejándonos. Seguimos rebelándonos contra el Dios que nos salvó. Seguimos transitando por un mundo que no se parece al Edén, sino al desierto; más al infierno que al cielo.
Somos como [el pueblo de] Israel, vivimos siempre entre la fidelidad y el fracaso. Sin embargo, la resurrección de Cristo lo cambia todo; hoy tenemos esperanza. Esta no es solo una promesa futura ni tampoco una idea abstracta. El poder de la resurrección de Cristo es nuestra esperanza cotidiana que transforma todos los aspectos de nuestra vida. Aunque nuestro caminar por este mundo se parece mucho al de los israelitas errantes por el desierto, tenemos una gran diferencia: el poder que resucitó a Jesús de entre tabernáculo, sino los muertos no está escondido en un lugar del que vive dentro nosotros
¿En qué manera ha transformado nuestras vidas el poder de la resurrección? No olvidemos la advertencia de Pablo en Romanos 6:23: “la paga del pecado es la muerte”. Antes de la resurrección, el sacrificio cruente de animales era una realidad constante y sangrienta. Era un recordatorio punzante de que el pecado mancha nuestras manos de sangre. Como dice el autor de Hebreos, antes de la resurrección, los sacrificios se realizaban año tras año porque la sangre de toros y cabros era incapaz de expiar el pecado (Hebreos 10:1-4). Antes de la resurrección, éramos esclavos del pecado, subyugados por su domino. Pero ahora, al otro lado de la historia, donde el sepulcro está vacío y no tiene poder, podemos glorificar a Dios porque tenemos convicción plena de que hemos sido perdonados, lavados, purificados, limpiados de todo vestigio de pecado. Esta es la verdad firme sobre la cual nos apoyamos confiadamente. Y aún más, Cristo nos ha imputado su propia justicia, para que seamos glorificados juntamente con Él como si sus obras fuesen nuestras. Por eso Jesús le dijo a la iglesia de Laodicea: “Al que venciere, le daré que se siente conmigo en mi trono, así como yo he vencido, y me he sentado con mi Padre en su trono” (Apocalipsis 3:21). Y Pablo, escribiendo a los efesios, dice que esto es una realidad: “aun estando nosotros muertos en pecados, [Dios] nos dio vida juntamente con Cristo (por gracia sois salvos), y juntamente con él nos resucitó, y asimismo nos hizo sentar en los lugares celestiales con Cristo Jesús” (Efesios 2:5, 6).
Las profundas implicaciones de la resurrección de nuestro Señor siguen siendo un [misterio] inagotable, como lo describen las palabras del antiguo himno “La mitad nunca ha sido contada”. [Le motivo a] contemplar el don que tenemos a través del poder de la resurrección de Cristo, y encontrará “un gozo inefable y glorioso”.
Qué maravilloso es pensar que personas comunes son llenas del Espíritu de Dios y son partícipes de la naturaleza divina (2 Pedro 1:3, 4); saber que el velo se rasgó y que podemos entrar confiadamente ante el trono de la gracia (Hebreos 10:19-22). Algo cambió. Todo cambió. La promesa de morar en la presencia de Dios es una realidad que hoy podemos experimentar. A través de la resurrección tenemos acceso a aquello que David anheló toda su vida:
“Una cosa he demandado a Jehová, esta buscaré;
que esté yo en la casa de Jehová todos los días de mi vida,
para contemplar la hermosura de Jehová, y para inquirir en su templo”. (Salmo 27:4)
Aunque esta vida puede verse ensombrecida por “aflicciones ligeras y momentáneas” (2 Corintios 4:17) y nuestro camino por el desierto nos impulse a quejarnos, [recordemos] que el poder de la resurrección nos ofrece una vida nueva aquí en esta tierra manchada por la muerte. Nosotros, los hijos de Dios, llevamos el agua viva en nuestro interior, y nos da nueva vida en nuestro caminar.
Vivimos en la tensión del “ya, pero todavía no”. Luchamos con la realidad de la vida y la muerte, las bendiciones y las maldiciones, el vislumbrar de la tierra prometida pero aún en medio de la aridez del desierto que nos rodea. El apóstol Pablo quien conoció el sufrimiento más de cerca de lo que la mayoría de nosotros jamás enfrentaremos, comprendió este misterio. El compendio de sus cartas da testimonio de esta verdad: la vida resucitada es la presencia de Cristo que nos renueva, aun cuando el hombre exterior se debilita (2 Corintios 4:16). Así que, ya fuera la vida o la muerte, sus palabras resuenan como un himno, diciendo, “a fin de conocerle, y el poder de su resurrección, y la participación de sus padecimientos, llegando a ser semejante a él en su muerte” (Filipenses 3:10).
Este es el mensaje de las Escrituras: el testimonio de Cristo y Su obra consumada a través de Su vida, muerte y resurrección. La maldición del pecado ha sido derribada. Aunque aún peregrinamos por este mundo, ya no estamos atados a sus cadenas. Nuestro corazón desborda en una alabanza incesable. Como hicieron David y Pablo, unimos nuestras voces [al coro] de aquellos que proclaman:
No existe culpa ni temor;
Es el poder de Cristo en mí.
Desde el nacer hasta el morir,
Cristo dirige mi existir.
(Sheila Romero, “Solo en Jesús” 2013.)