El beso divino: «Donde el cielo y la tierra se abrazan»

«Fuiste propicio a tu tierra, oh Jehová; volviste la cautividad de Jacob. Perdonaste la iniquidad de tu pueblo; todos los pecados de ellos cubriste. SelahReprimiste todo tu enojo; te apartaste del ardor de tu ira. Restáuranos, oh Dios de nuestra salvación, y haz cesar tu ira de sobre nosotros. ¿Estarás enojado contra nosotros para siempre? ¿Extenderás tu ira de generación en generación? ¿No volverás a darnos vida, para que tu pueblo se regocije en ti?
Muéstranos, oh Jehová, tu misericordia, Y danos tu salvación. Escucharé lo que hablará Jehová Dios; porque hablará paz a su pueblo y a sus santos, para que no se vuelvan a la locura. Ciertamente cercana está su salvación a los que le temen, para que habite la gloria en nuestra tierra. La misericordia y la verdad se encontraron; la justicia y la paz se besaron. La verdad brotará de la tierra, y la justicia mirará desde los cielos. Jehová dará también el bien, y nuestra tierra dará su fruto. La justicia irá delante de él, y sus pasos nos pondrá por camino (Salmo 85:1-3).

El Salmo 85 es un hermoso canto de esperanza que conecta nuestra historia y el futuro. Nos invita a tener gratitud por lo vivido y a esperar con ansias lo que vendrá. El Salmo comienza con una declaración
contundente: Dios ha favorecido Su tierra y ha restaurado a Jacob de su cautiverio. Emplear el nombre Jacob es intencionado. Jacob, cuyo nombre significa ‘suplantador’ o ‘el que agarra el talón’, representa a un pueblo que luchó, fracasó y luchó con los hombres como con Dios. A pesar de todo, fue elegido, recibió un nuevo nombre y fue ransformado. Al referirse a la nación como Jacob, el Salmo nos recuerda de que la restauración de Dios es para todos los imperfectos. Su misericordia no es una recompensa por nuestra imperfección; es la [expresión] natural de Su inquebrantable fidelidad a Su pacto.

Cuando el Salmo declara que Dios “[volvió] la cautividad de Jacob” (v. 1), evoca una poderosa narrativa de exilio y regreso. Esta [perspectiva] histórica destaca cómo Israel, aunque dispersado por sus propias transgresiones, fue finalmente restaurado por la misericordia divina. [En este contexto], la tierra es más que una mera geografía; en el pensamiento hebreo, la tierra es el escenario visible de la promesa de Dios a Abraham y sus descendientes. Este era el lugar donde la vida cotidiana, la adoración, la justicia, el trabajo debían reflejar el carácter de Dios. El hecho de que Dios mostrara Su favor hacia la tierra significa que estaba dando a Su pueblo un nuevo comienzo y propósito.

Más adelante, el salmista continúa diciendo, “Perdonaste la iniquidad de tu pueblo; todos los pecados de ellos cubriste” (v. 2). Acto seguido, aparece la palabra selah. Aunque no podemos definirla con absoluta certeza, este vocablo parece ser una pausa musical, una invitación a detenerse y reflexionar. Es como un recordatorio de Dios, diciendo, “Detente aquí. No te apresures a esto”. El perdón de nuestros pecados es algo muy importante. La iniquidad cubierta no es algo trivial. Antes de traer una nueva lista de peticiones a Dios, el salmista nos invita a simplemente regocijarnos en la gran misericordia que ya hemos recibido.

Sin embargo, el tono cambia rápidamente. Tras recordar el perdón recibido, el salmista vuelve a clamar: “Restáuranos, oh Dios de nuestra salvación” (v. 3). Aquí vemos una gran verdad espiritual: volver a un lugar no es lo mismo que volver a Dios. Una nación puede recuperar su tierra y seguir espiritualmente seca. Un creyente puede estar de regreso en la iglesia y todavía sentir que le falta una renovación interior. La restauración física no garantiza un cambio en el corazón. Por eso el salmista suplica: “¿No volverás a darnos vida, para que tu pueblo se regocije en ti?” (v. 6).

Las colinas y los valles de Israel siguen siendo testigos de esta tensión entre la gratitud [del pasado] y el anhelo [por el futuro]. A lo largo de la región de Judea, especialmente cerca de Jerusalén, hay comunidades que viven en la encrucijada entre la memoria y la esperanza. Por ejemplo, para los empresarios de estas comunidades agrícolas, su trabajo trasciende el comercio; es una participación sagrada en la antigua promesa de Dios de que “Jehová dará también el bien, y nuestra tierra dará su fruto” (v. 12). El cultivo de viñedos u olivares en suelos rocosos es más que hacer agricultura; esto demuestra su profunda confianza de que Dios bendice su arduo trabajo. El trabajo diario es un testimonio vivo de la afirmación del salmista de que
la gracia de Dios se manifiesta de forma abundante
aquí en la tierra.

El versículo 10 contiene las palabras más impresionantes de las Escrituras: “La misericordia y la verdad se encontraron; la justicia y la paz se besaron”. Aquí, el salmista emplea un lenguaje poético para describir el carácter de Dios. La misericordia nos habla de Su compasión hacia los pecadores, mientras que la verdad resalta Su fidelidad y valores inquebrantables. Por su parte, la justicia exige rectitud y la paz anhela la reconciliación. En la sociedad moderna, estas cualidades a menudo entran en conflicto. Cuando
enfatizamos la verdad sin la misericordia, somos ásperos. Cuando enfatizamos la misericordia sin la verdad, caemos en la transigencia. Cuando priorizamos la justicia sin la paz, generamos miedo. Y cuando buscamos la paz sin la justicia, terminamos tolerando la injusticia.

Pero en Dios, estas virtudes no están en conflicto. Se encuentran y armonizan. Desde una perspectiva
cristiana, esto encuentra su máxima realización en Jesucristo. En la cruz, la verdad no desapareció: el
pecado fue reconocido y juzgado. La justicia no fue omitida, sino que se cumplió por completa. Al mismo
tiempo, la misericordia fluyó libremente y la paz se extendió a toda la humanidad. Aunque el salmista solo pudo vislumbrarlo, sus palabras anuncian una salvación en la que la justicia divina y la compasión
[infinita] se reconcilian eternamente.

Este encuentro entre la misericordia y la verdad no es solo algo teológico; tiene implicaciones prácticas. En el ámbito agrícola, el gobierno, la educación y el trabajo diario, la gente equilibra continuamente los principios y la compasión. [Por ejemplo], en el Israel moderno, los educadores que comparten la historia bíblica a las nuevas generaciones están ayudando a que la verdad “[brote] de la tierra” (v. 11). Del mismo modo, los juristas

y los líderes que luchan por la justicia también aspiran alcanzar un nivel de rectitud que refleje lo divino. Así que ya sea un maestro en Jerusalén, un pastor en Galilea o un profesional en Tel Aviv, todo aquel que busca la integridad en su campo está participando en la armonía que describe el Salmo 85. El avivamiento no se limita al santuario; llega a las aulas, las granjas, los tribunales y los mercados.

El Salmo concluye con una imagen maravillosa entre el cielo y la tierra: “Y la justicia mirará desde los cielos” (v. 11). Esta es una imagen poderosa. La verdad surge desde abajo como una semilla que echa raíces en el suelo de nuestra obediencia diaria, mientras que la justicia desciende como lluvia del cielo. Cuando estas dos fuerzas se unen —nuestro esfuerzo fiel y el favor divino — la sociedad florece. La cosecha es abundante, la justicia se fortalece y la paz se hace realidad.

Podemos ver destellos de esto cada vez que los pueblos se reconstruyen tras una crisis, cuando los
agricultores recuperan campos dañados, cuando los empresarios eligen la honestidad frente a la codicia y
cuando los vecinos se mantienen unidos en tiempos de conflicto. Estas acciones son señales de personas que temen a Dios y esperan que Su gloria more en la tierra. El Salmo 85 enseña que la salvación de Dios no se limita a una espiritualidad privada; Su obra restauradora alcanza la tierra, el trabajo y el legado. Él sana los corazones, pero también sana las relaciones y renueva el propósito.

La advertencia del Salmo es tan importante como la promesa: “Para que no se vuelvan a la locura” (v. 8).
Después del avivamiento, nos enfrentamos a una decisión: volver a los viejos hábitos o avanzar en
rectitud. Dios ofrece paz a Su pueblo, pero es nuestra responsabilidad recibirla y atesorarla. El salmista nos llama a una reflexión profunda: “Escucharé lo que hablará Jehová Dios” (v. 8). El avivamiento comienza
con corazones dispuestos a escuchar.

Hoy, el Salmo 85 nos brinda tanto consuelo como un desafío. Nos ofrece la reconfortante seguridad de que Dios restaura a las personas imperfectas. Así como redimió a Jacob, puede sacarnos del desierto
espiritual, el fracaso o el desánimo. Pero también nos desafía a buscar algo más que una estabilidad exterior. Estamos llamados a orar no solo por la prosperidad, sino por un verdadero despertar espiritual; no solo por la cosecha, sino por una vida de santidad. Cuando la misericordia y la verdad convergen en nuestros propios corazones, nos convertimos en instrumentos de paz. Cuando dejamos que la justicia guíe nuestro camino y escuchamos la voz de Dios, nuestras vidas privadas y profesionales comienzan a reflejar Su carácter. Y cuando hacemos una pausa, como el selah del salmo, para recordar Su perdón, la gratitud alimenta nuestra esperanza.

Vivamos, pues, agradecidos por lo que Dios ya hizo y expectantes por lo que hará. Pidamos con valentía un despertar espiritual. Confiemos en que nuestra fidelidad aquí en la tierra se encontrará con la bendición del cielo y que el Señor nos dará lo que es bueno, y nuestra tierra —dondequiera que Él nos haya colocado— producirá su fruto.

Oración:

Padre celestial, gracias por Tu misericordia que restauró a ‘Jacob’ que, aunque imperfecto fue elegido. Gracias por perdonar nuestros pecados e invitarnos a hacer una pausa y recordar Tu gracia. Te pedimos que nos revivas de nuevo. Que Tu misericordia y verdad reinen en nuestros corazones, y que Tu justicia y paz moldeen nuestras vidas.

Señor, ayúdanos a escuchar Tu voz y líbranos de caer en los mismos errores. Permite que Tu verdad se
refleje en nuestro trabajo y que Tu justicia descienda sobre nosotros desde los cielos. Que Tu gloria llene
nuestros hogares, nuestras comunidades y nuestra tierra.

Oramos en el nombre de Jesús. Amén.

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