El sentido de pertenencia

Cuando me pidieron escribir este artículo, sentí un aprecio inmediato por mi esposa y mi mejor amiga. Indudablemente, sin su fe genuina, su amor inquebrantable y amistad leal, que han saturado nuestra relación de confianza y compañerismo, nunca habríamos podido cumplir el ministerio y ayudar a los demás. Aunque tengo más de cuarenta años trabajando como consejero matrimonial y participado en múltiples sesiones prematrimoniales, considero que el tiempo que he invertido aconsejando a los matrimonios es lo que me ha llevado a distinguir un aspecto que muchos nunca llegan a descubrir o cultivar en su relación. El libro Love Life for Every Married Couple, escrito por Ed Wheat, médico y terapeuta matrimonial, y Gloria Oaks contiene unas palabras poderosas. En uno de los capítulos, Wheat comparte la maravillosa verdad que él y su esposa Gaye aprendieron acerca del matrimonio:

“Podrías decir que lo que surgió entre nosotros fue un sentimiento de pertenencia. Decidimos desde el principio que seríamos los dos contra el mundo —dos personas en uno solo. Así que, pasara lo que pasara, o por mucho que chocáramos en privado, nos mantuvimos unidos. Éramos como hermanos en el recreo: podíamos pelearnos entre nosotros, pero ¡pobre del extraño que intentara meterse, porque tendría que vernos las caras a los dos! Cuando uno de los dos estaba mal, el otro estaba ahí para consolarlo. Nos acostumbramos a confiar el uno en el otro mientras se abría el camino en el mundo profesional. Nos tratamos con toda la ternura que dos jóvenes impacientes podían tener —e incluso más. Pronto descubrimos algo maravilloso: estábamos hechos el uno para el otro. Pasamos a ser prioridad absoluta el uno para el otro, y así sería para siempre”.[1]

Por supuesto, Dios debe ser supremo en la vida de cualquier persona, y especialmente en el matrimonio; pero desde una perspectiva humana y cotidiana, la importancia del principio amoroso de pertenencia debe ser priorizado por encima de las decisiones profesionales, el romanticismo, la satisfacción sexual, la interacción social, la planificación financiera, la vida eclesiástica y la procreación. Desde Génesis 2:18, el Creador abordó el tema de la soledad entregándole a los seres humanos una dicha maravillosa llamada el sentido o regalo de pertenencia. Como consejero matrimonial, y a través de mi propia experiencia conyugal, he observado que este es un elemento que ha tenido influencia continua para traer alegría y vida abundante a una pareja comprometida. En el célebre pasaje de 1 Corintios 7, titulado por algunos como los “principios del matrimonio”, Pablo hace una poderosa observación en el versículo tres, diciendo: “…el marido cumpla con la mujer el deber conyugal (eunoia[2]), y asimismo la mujer con el marido”. Algunas versiones de la Biblia definen el término ‘eunoia’ como “necesidades sexuales”, otras versiones utilizan el término “benevolencia”, y otras utilizan palabras que enfatizan el deber, la amabilidad o la buena voluntad. Aunque todas estas palabras contienen algo de verdad, el significado más completo se encuentra en el vocablo griego ‘storgos’, que se emplea en referencia a las relaciones íntimas. Esto implica adoptar una perspectiva más realista sobre las relaciones, mejor caracterizada por el compañerismo que proviene de tener un sentido de pertenencia. Pablo se refiere a este storgos (referido en su forma adjetiva filostorgos[3]) en Romanos 12:10, y 3 como astorgos (donde se utiliza de forma negativa en referencia a las uniones entre personas del mismo sexo) en Romanos 1:31 y 2 Timoteo 3:3. Este sentido de pertenencia que el Creador le otorgó a la humanidad a través del matrimonio entre un hombre y una mujer, es indudablemente más fuerte que cualquier otra emoción o actividad que dos personas puedan compartir juntas.

Esto es más que simplemente estar juntos, lo cual puede estropearse o malinterpretarse, como pasa en muchas parejas actualmente. Es más que una felicidad egoísta. A continuación, les relato algunas experiencias que hemos vivido en nuestro matrimonio: [Antes que nada, quiero decirles] que cariñosamente siempre he llamado a mi esposa Jude. [Nos alegra saber] que pronto vamos a celebrar nuestros 55 años de casados, llenos de gratitud y de recuerdos de los momentos en que ese sentido de pertenencia ha sido vital en nuestra relación. Con gran gozo recordamos los momentos que vivimos juntos el nacimiento de nuestras dos hijas, que siguen trayéndonos tanta felicidad; y también el aborto espontáneo que sufrimos entre esos dos nacimientos —un momento que realmente nos trajo sentimientos de miedo, pérdida y dolor. Asimismo, recordamos las veces que tuvimos que salir de lugares que amábamos en nuestro ministerio, para comenzar en otro lugar con nuevas amistades. Experimentamos la salida del hogar de nuestras hijas amadas para contraer matrimonio y formar sus propias familias, pero también nos gozamos porque esa triste separación nos trajo la bendición de cinco nietos. De igual manera, vivimos juntos el dolor que sufrí en mi espalda lesionada, así como la repentina muerte de nuestros dos padres con solo un mes de diferencia, y más tarde, el fallecimiento de nuestras madres, mi hermano y hermana mayores, y también la cirugía de rodilla que experimentó Jude, y la pandemia de Covid que por poco acaba con nosotros. Y como si fuera poco, mi esposa experimentó la muerte a 32,000 pies de altura en un avión, ¡pero el Señor le devolvió la vida veinte minutos después! Sin embargo, en medio de todas estas vivencias, tuvimos la bendición de recibir en nuestra familia a dos hermosas mujeres cristianas que contrajeron matrimonio con dos de nuestros nietos. Y en los últimos dos años, hemos celebrado el nacimiento de dos bisnietos. Este 31 de agosto, realizaremos otra transición en nuestra labor ministerial, un trabajo que nos ha llevado por 45 estados y 48 países. Me siento verdaderamente bendecido de poder gozar de este sentido de pertenencia junto a mi amada esposa.

Un área que muchos cristianos descuidan en su relación con su esposo o esposa es la capacidad de validar a su cónyuge. Si hay algo que obstaculiza el sentido de pertenencia de una persona, es la falta de validación genuina. La validación del cónyuge hace que la otra persona se sienta favorablemente estimada. El deseo humano de validación tiene su origen en la propia personalidad de nuestro Creador. El Padre afirmó explícitamente, en dos ocasiones durante la vida y ministerio de Cristo, el

Los datos indican que, en la mayoría de las evaluaciones de personalidad realizadas a parejas casadas, la validación del cónyuge figura como una de las tres necesidades fundamentales tanto para el esposo como para la esposa. Dado que la validación y el sentido de pertenencia se encuentran intrínsecamente entrelazados, se requiere que las parejas se enfoquen en ellos a lo largo de toda la unión matrimonial. Personalmente, creo que este es el secreto de un matrimonio feliz. Hace varios años, mientras realizaba una sesión de terapia a [una pareja], la esposa dijo unas palabras bastante alarmantes: “Amo a mi esposo, pero nunca me ha gustado”. Al verle los ojos al esposo, supe de inmediato que esto no era nada nuevo, ni una confesión novedosa por parte de ella. Desde entonces, en casi cada sesión de terapia comienzo preguntando a cada uno de los cónyuges: “¿Te gusta tu esposo (o esposa)?” Las respuestas, ya sean rápidas, reacias o cuidadosamente evasivas, siempre han revelado si existe o no un sentido de pertenencia en la relación de la pareja. David Ferguson, en su libro Never Alone, dice lo siguiente:

Satisfacer la necesidad de validación debe enfocarse más en el valor intrínseco de tu cónyuge como creación de Dios que en lo que él o ella ha logrado. La validación no resalta los logros ni el cómo. La validación genuina destaca el carácter y la intención detrás de sus cualidades, es decir, su perseverancia, creatividad, integridad, persistencia. Demostrar amor a través de la validación necesita que realmente uno conozca a su cónyuge.

He leído varios testimonios de parejas que valoran el sentido de pertenencia, y quisiera compartirles uno de ellos:

En la quietud de su cocina, Elena observaba cómo Marcus, con sus hombros relajados como nunca lo había visto en el mundo exterior, revolvía una olla de sopa. Por años, ella buscaba esa sensación de “hogar” en otros lugares, pero siempre se sentía como algo pasajero. Pero fueron esas cosas sencillas y no preparadas —la manera en que él se movió para darle espacio junto a la estufa, o cómo se sentaban juntos durante veinte minutos en silencio sin sentirse incómodos— lo que hizo que desapareciera el desasosiego finalmente. Ella se dio cuenta de que el sentido de pertenencia no residía en un nombre compartido ni en una casa propia, sino en la paz de mostrarse tal cual era y seguir perteneciendo. Cuando Marcus la miró con ternura y le ofreció probar la sopa, Elena supo que ya no estaba de paso en la vida de alguien. Ella era el cimiento de la vida de Marcus, y él era el suyo.[4]

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[1] Ed Wheat y Gloria Okes Perkins, Love Life for Every Married Couple, (Grand Rapids, MI: Zondervan Publishing House, 1980), 97.

[2] Spiros Zodhiates, ed., Hebrew-Greek Key Word Study Bible (Chattanooga, TN: AMG International Inc, 2008), s.v. “eunoia,” 2178.

[3] Zodhiates, Key Word Study Bible, s.v. “philostorgos,” 2305.

[4] Brittney Powell, “The Story of Us,” Lemon8, Lifestyle Community, 4 de septiembre de 2023, https://www.lemon8-app.com/brittneypowell/7220260331451908614?region=us.

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