El poder de la oración que prevalece

Como fue publicado en el libro El último gran conflicto [1]

Por cuanto es nuestro deseo y propósito que este libro aliente e inspire obtener la victoria en este último gran conflicto, sentimos que esta obra no estaría completa sin un capítulo sobre la oración.

La oración que prevalece implica y contiene todas las obras, así como la semilla contiene el tronco, las raíces, las ramas, las flores y el fruto del árbol.

The history of piety is the history of prayer. All piety and successful Christian work begins, continues, and ends with prayer. From the offering of Abel’s acceptable sacrifice down to the present moment, all blessings of grace have been bestowed in answer to the triple intercessions of the Son of God, the Holy Spirit and believing souls.

El ángel dijo a Jacob (Génesis 32:28): “No se dirá más tu nombre Jacob, sino Israel: porque has luchado con Dios y con los hombres, y has vencido”. Si podemos prevalecer por medio del esfuerzo de la oración, tanto con Dios como con los hombres, ¿acaso habrá alguna otra cosa que podamos hacer en la vida que tenga la misma importancia y poder que la oración? En el día de Pentecostés, estando el predicador y toda la iglesia llenos de fe, del Espíritu Santo y de poder —en respuesta a la oración de fe—, un sermón resultó en la conversión de tres mil almas. Tres mil sermones hoy, sin el poder que viene en respuesta a la oración, jamás habrán de salvar a un solo pecador. Mientras más iglesias y sermones carezcan de la oración que trae la investidura del poder, peor nos irá, pues tienen sabor a muerte. Bien lo ha dicho alguien: “Si hubiera hoy una religión que tuviera la doctrina y todas las ordenanzas del Nuevo Testamento y que, sin embargo, carezca del bautismo del Espíritu Santo, tal religión no sería cristiana”.

A causa de lo que está en juego, y del poder que Dios ha puesto a la disposición del que ora, la escena más interesante de este mundo es la de un hombre en el acto de orar. Los ángeles de Dios lo miran con asombro, y el Señor de los ángeles se inclina desde Su trono sublime y exclama: “¡Mirad, está orando!”.

Dios ha revelado la necesidad de la oración y su casi ilimitado poder. “Pedid, y se os dará”. “Y todo lo que pidiereis al Padre en mi nombre, lo haré”. La oración está íntimamente relacionada con la salvación del hombre, y sin ella no podemos ser salvos.

¡Cuánto depende de la oración en la experiencia cristiana y en la labor cristiana! Sin la oración para que el poder del Espíritu Santo confirme la verdad predicada, la Palabra sería solamente texto muerto. “Porque la letra mata, mas el espíritu vivifica”. Con razón existen tantas iglesias formales que están muertas. La unción es lo que marca la diferencia para el predicador.

How did Fletcher and Finney get this unction? By praying without ceasing, by pleading, wrestling, and prevailing at a throne of grace. All great soul winners have conquered on their knees. Without prevailing prayer the meetings become as cold as death, and the churches will dwindle and become extinct. What is wanting in so many instances, is the power of the Holy Ghost to move and act in answer to the effectual, fervent prayer of the saints of God.

El Espíritu de Dios es el gran agente, el cual es la fuente de toda vitalidad y poder en cada culto. Su vida y poder son dados en respuesta a la oración de fe, y jamás de otra manera. ¿Cómo obtuvo la iglesia primitiva tan grande poder? ¿Qué hubieran podido hacer los creyentes sin tal poder? ¿Qué lograron hacer con el mismo? ¿Qué podremos hacer nosotros sin el mismo? Un escritor dice lo siguiente con respecto al santo Bramwell: “La mayor parte de su éxito en el ministerio se debe a su diligencia y sus oraciones”.

A medida que avanzamos, vemos que la oración es el gran medio para obtener las fuerzas y la sabiduría para nuestro trabajo al servicio del Señor. A medida que comprendamos este tema, veremos cada vez más que la oración intercesora es el trabajo más importante y más difícil que el cristiano tiene que hacer. “Y busqué entre ellos hombre que hiciese vallado y que se pusiese en la brecha delante de mí a favor de la tierra, para que yo no la destruyese; y no lo hallé. Por tanto derramé sobre ellos mi ira; con el ardor de mi ira los consumí; hice volver el camino de ellos sobre su propia cabeza, dice Jehová el Señor”, (Ezequiel 22:30, 31). ¡Cuán grande responsabilidad conlleva la posición que ocupamos! La necesidad de esta hora consiste en ponernos al portillo a través de la oración intercesora por la salvación de las almas, y apartar de ellos la ira de Dios.

La oración que prevalece nos lleva a una santa e íntima cercanía con Dios. Es el único camino a Dios, y el único medio para tener comunión con Él. Prevalecer con Dios es el secreto para prevalecer con los hombres, y debe precederlo. Aquello que pudiéramos lograr con los hombres depende de lo que gestionemos con Dios en el trono de la gracia. Podemos orar, cantar y predicar hasta la saciedad, pero a menos que prevalezcamos en oración, todo será en vano. Orar es algo muy distinto a prevalecer en oración.

Esaú fue derrotado mientras Jacob luchaba hasta rayar el alba. Las bocas de los leones fueron cerradas mientras Daniel oró de rodillas. Elías oró, “y no llovió sobre la tierra en tres años y seis meses”. [Luego] oró otra vez, “Y aconteció, estando en esto, que los cielos se oscurecieron con nubes y viento, y hubo una gran lluvia”. Cuando los israelitas hicieron y adoraron el becerro de oro, Dios decidió destruirlos, y dijo a Moisés: “Dijo más Jehová a Moisés: Yo he visto a este pueblo, que por cierto es pueblo de dura cerviz: Ahora pues, déjame que se encienda mi ira en ellos, y los consuma: y de ti yo haré una nación grande. Entonces Moisés oró en presencia de Jehová su Dios, y dijo: Oh Jehová, ¿por qué se encenderá tu furor contra tu pueblo, que tú sacaste de la tierra de Egipto con gran poder, y con mano fuerte? […] Vuélvete del ardor de tu ira, y arrepiéntete de este mal contra tu pueblo. […] Entonces Jehová se arrepintió del mal que dijo que había de hacer a su pueblo”. De no haber sido por la oración de Moisés, Dios hubiera aniquilado a la nación entera en vez de cortar solamente a unos pocos miles de entre los idólatras. Aunque parezca extraño, la vida de una nación dependió de la oración de fe hecha por Moisés.

¡Oh cuán, maravilloso poder de la oración fiel!

Las manos de Dios se cierran o se abren,

deja que Moisés gima en el Espíritu;

mientras Moisés o Elías oran.

Y Dios dirá: ‘Déjame [obrar]

ahora.

Cuando Amán procuró exterminar a los judíos en todo el territorio [del rey] Asuero a causa del insulto que recibió de manos de Mardoqueo el judío, y cuando el rey decretó que se le diera muerte a todos los judíos, Mardoqueo informó a la reina Ester de la conspiración sangrienta. La reina entonces mandó a Mardoqueo diciendo: “Ve, y reúne a todos los judíos que se hallan en Susa, y ayunad por mí, y no comáis ni bebáis en tres días, noche ni día: yo también con mis doncellas ayunaré igualmente, y entonces entraré a ver al rey, aunque no sea conforme a la ley; y si perezco, que perezca”.

Cuando los judíos hubieron ayunado y orado por tres días y tres noches, Dios les contestó y los libró del mal, y destruyó a su enemigo. Aquel que ora con fe cuenta con la ayuda del Dios Todopoderoso, de todas las huestes celestiales, y de cada ley del universo por el bien de Su causa.

Aunque parezca extraño, la salvación eterna de los perdidos depende del pueblo de Dios que ora ante el trono de la gracia. En respuesta a la oración que prevalece, el poder es dado para llevar a los perdidos a aceptar a Cristo. Pedro fue librado de la cárcel mientras la iglesia en Jerusalén estaba de rodillas. El poder del Espíritu Santo, concedido en respuesta a la oración de fe, hizo que la verdad anunciada por Pedro, en el día de Pentecostés, resultase en la convicción y conversión de tres mil almas. Sin este poder, la multitud hubiera permanecido sin cambio alguno, excepto que tal vez se hubiera airado, y le hubieran dado muerte a Pedro. La oración de fe trajo un poder que controló a la turba y venció a lo invencible.

El poder de Dios cayó mientras Pablo y Silas oraban y cantaban himnos a Dios; y ese poder hizo que la tierra temblara, que los pecadores temblaran, y que se abriera la puerta de la prisión y de los corazones de los pecadores. El poder que hizo estas cosas hace muchos siglos puede hacer lo mismo hoy. Este poder nos es dado en respuesta a la oración de fe.

La mujer sirofenicia, cuya hija estaba endemoniada, suplicó con corazón maternal: “Señor, Hijo de David, ten misericordia de mí… Señor socórreme”. Y Cristo respondió: “Oh mujer, grande es tu fe; hágase contigo como quieres”. Y su hija fue sana desde aquella hora. Lo más importante que aquella madre debía hacer era creer —prevalecer.

Lo más importante que nosotros debemos hacer en estos días es creer – tener una fe grande en Dios–; y esto es el resultado de la excelente oración.

La sentencia de muerte contra “María la Sanguinaria” fue firmada en el cielo mientras Juan Knox oraba de rodillas diciendo: “Dame a Escocia o me muero”. Cuando aquella malvada reina dijo: “Más le temo a las oraciones de Juan Knox que a todos los ejércitos de Europa”, dio el mejor tributo al poder de la oración que se pueda encontrar en las páginas de la historia. El emperador de Alemania decretó la tolerancia religiosa en todo su territorio mientras Martín Lutero y algunos de sus ayudantes estaban de rodillas, cuando Lutero exclamó: “¡La liberación ha llegado! ¡La liberación ha llegado!”.

Sin las operaciones vivificantes y redarguyentes del Espíritu Santo, el pecador no habrá de venir a Dios, ni tampoco puede. Estas operaciones del Espíritu Santo están condicionadas a la fe de los hijos de Dios. A medida que los santos prevalecen con Dios por el poder redarguyente del Espíritu Santo sobre los pecadores, la responsabilidad por la salvación de los pecadores es transferida de los cristianos hacia los pecadores. La responsabilidad es transferida enteramente a los pecadores tan sólo cuando los cristianos hayan puesto lo mejor de ellos. ¡Cuán grande, pues, y cuán hermosa es la responsabilidad de los cristianos! ¡Cuán importante, pues, es el tema de la oración en este tiempo del último gran conflicto!

Por cuanto somos sacerdotes, debemos entrar en el lugar santísimo de la presencia de Dios por medio de la oración, y recibir “toda la plenitud de Dios”, y rogar por la salvación de los demás, y luego salir al pueblo para bendecirlo. Cristo pasó una noche entera orando en el monte, a fin de que pudiera regresar al día siguiente “en virtud del Espíritu”, y con grandes bendiciones para el pueblo.

¡Cuán maravilloso es el poder que la iglesia puede ejercer ante el trono de la gracia para rogar “al Señor de la mies, que envíe obreros a su mies”, a fin de llevar “este evangelio del reino en todo el mundo, para testimonio” en esta generación! La siega de la cosecha depende de la oración. ¡Cuán solemne es este pensamiento! ¡Cuán abrumador es el sentido de responsabilidad que emociona el alma de aquel que comprende el poder de la oración y que se compadece de una raza perdida que está en sumo peligro, y con Aquel que dio “Su vida en rescate por muchos” mientras alza sus ojos y ve que “¡los campos ya están blancos para la siega!”

Ningún otro tema tiene la misma importancia que la oración. Mediante la oración recibimos la vida de Dios y nos revestimos de Su carácter. Llegamos a ser como aquellos con quienes tenemos comunión continua y amorosa.

“Seremos semejantes a él, porque le veremos tal como él es”. Ahora lo contemplamos a Él en el espejo del Evangelio, y somos “… transformados de gloria en gloria en la misma semejanza, como por el Espíritu del Señor”. “Y entre tanto que oraba, la apariencia de su rostro se hizo otra, y su vestido blanco y resplandeciente”. Y la apariencia de nuestros rostros será transformada a medida que nos acercamos a Dios en oración.

Por lo tanto, ¡ore por amor a Cristo! ¡Ore por la salvación de los perdidos! ¡Ore por su propio bienestar presente y gloria futura! Porque ahora mientras nos encontremos en este último gran conflicto, pues solamente mediante la oración se obtendrá la victoria y se dará fin al conflicto y Jesús reinará supremamente. ¡Ore, ore, y ore!

[1] A.J. Tomlinson, “La oración que prevalece”, en El último gran conflicto, Serie sobre el patrimonio del movimiento de la Iglesia de Dios (Cleveland, Tennessee: Casa de publicaciones Ala Blanca, 2011), pp. 125-130.

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