Con corazones abiertos: Proclamar la Palabra de Dios con compasión

“No puedes decir el nombre de Jesús”. Esas palabras han quedado grabadas en mi memoria durante más de dos décadas. Yo era un joven profesional, recién contratado por una gran agencia sin fines de lucro en el área metropolitana de Chattanooga, Tennessee. Mi supervisor era de la fe bahá’í y mis compañeros representaban una amplia gama de creencias, incluyendo católicos, judíos e incluso varios ateos. Yo era simplemente un miembro más del equipo, no el más experimentado, ni el más extrovertido y, desde luego, tampoco el que ocupaba un puesto de autoridad. Cuando la agencia se preparaba para un importante evento comunitario de recaudación de fondos, me invitaron inesperadamente a pronunciar la invocación en este evento.

Justo antes de subir al estrado, mi supervisora me llevó discretamente a un lado. “No puedes decir el nombre de Jesús”.

Su tono era educado, sereno, pero la instrucción me pesó mucho en el corazón. Recuerdo que me quedé detrás del escenario luchando internamente: ¿Debo orar en silencio? ¿Debo ofrecer algo generalizado y vago? ¿Debo proteger mi puesto y obedecer?

Ese momento me presionó de una manera que aún no puedo explicar del todo. No me consideraba una persona abiertamente audaz, ni entonces ni ahora. Pero mientras caminaba hacia el micrófono, oré por valor, no para desafiar a la autoridad ni para avergonzar a nadie, sino simplemente para honrar a Aquel que me había redimido.

Ofrecí la oración que la agencia esperaba: una oración de gratitud por la generosidad, bendición para la misión y esperanza para aquellos a quienes servíamos. Pero cuando terminé, algo surgió dentro de mí que sabía que no provenía de la confianza humana. Me oí decir: “Pido todo esto en el nombre de Aquel que me salvó, Jesucristo. Amén”.

No estaba tratando de ser conflictivo, ni me fui con un sentimiento de rebeldía. Lo que sentí fue paz. Era una convicción nacida de la gratitud. El silencio, en ese momento, habría negado a Aquel que me había dado tanto.

Ese momento todavía me moldea cuando pienso en lo que significa compartir la Palabra de Dios con compasión. Audacia no es gritar. No es antagonismo. No es ganar una discusión. Es simplemente negarse a ocultar a Aquel que ha transformado tu vida. Como muchos de nosotros cantábamos de niños: “¡Esta pequeña luz, yo la haré brillar!”.

Pienso en esa experiencia cada vez que leo Hechos 4 y veo a Pedro y Juan ante el concilio. Su situación era mucho más seria que la mía. Se enfrentaban al poder legal, a la autoridad religiosa y a graves consecuencias. Sin embargo, a ellos también se les decía, en esencia: “No pueden decir el nombre de Jesús”. Su historia ofrece una poderosa base teológica para nuestra oración: “Señor, abre nuestros corazones y nuestras bocas para declarar tu verdad con compasión”.

En los capítulos anteriores a este enfrentamiento, Pedro y Juan ya habían demostrado cómo es el ministerio. En Hechos 3, al acercarse al templo, se encontraron con un hombre que era cojo de nacimiento. En lugar de apartarse, lo vieron de verdad. Pedro le habló, le ofreció algo más que la plata y el oro y, en el nombre de Jesús, lo levantó y lo puso en pie. El hombre fue sanado, y el milagro provocó asombro entre toda la gente. Ese acto de compasión creó una oportunidad para la proclamación, y Pedro aprovechó el momento para dar testimonio de Jesús, Su muerte, resurrección y perdón.

Pero la compasión y la proclamación juntas a menudo provocan oposición. En Hechos 4, los líderes religiosos arrestan a Pedro y Juan, molestos por el mensaje que predican. Los llevan ante el concilio y los interrogan sobre el poder y el nombre por el que predican y actúan. Mientras Pedro responde, lleno del Espíritu Santo, el concilio nota algo extraordinario. Estos hombres son personas comunes y sin educación, pero hablan con claridad y valentía. La única explicación que los líderes pueden encontrar es que Pedro y Juan “habían estado con Jesús”.

El Espíritu debe abrir primero el corazón

Esa observación apunta a la primera verdad que debemos recuperar si queremos hablar la Palabra de Dios con compasión: el Espíritu debe abrir primero el corazón. Antes de que Pedro se presentara ante el concilio, Dios había realizado una profunda obra en él. Se trataba del mismo Pedro que, solo unas semanas antes, había negado incluso conocer a Jesús. Sabía lo que significaba fracasar, tener miedo, retroceder ante la presión. Sin embargo, el Cristo resucitado lo restauró, y en Pentecostés, Pedro fue lleno del Espíritu Santo. Su vergüenza fue reemplazada por la gracia de Dios. Su miedo fue reemplazado por la audacia nacida del Espíritu. Su corazón había cambiado mucho antes que sus palabras.

Cada vez que hablamos de Cristo, en realidad estamos hablando de lo que Él ya ha hecho en nosotros. Las Escrituras nos recuerdan que de la abundancia del corazón habla la boca. Si nuestros corazones están endurecidos, nuestras palabras sonarán duras. Si nuestros corazones son indiferentes, nuestro testimonio será silencioso. Pero cuando el Espíritu Santo ablanda nuestros corazones al amor de Dios, a la perdición de la humanidad y a la bondad del evangelio, nuestras bocas comienzan a abrirse. La proclamación compasiva del evangelio no es una técnica, sino más bien un desbordamiento de un corazón transformado.

La compasión debe ir acompañada de una convicción valiente

Cuando el concilio ordenó a Pedro y Juan que no hablaran ni enseñaran en el nombre de Jesús, los apóstoles se encontraron en un conflicto directo entre las órdenes humanas y su llamado divino. Su respuesta fue respetuosa pero firme. Dijeron que la obediencia a Dios debía tener prioridad sobre la obediencia a las personas, y declararon que no podían evitar hablar de lo que habían visto y oído.

Es interesante notar lo que no hicieron. No insultaron al concilio. No recurrieron a los insultos. No lanzaron piedras verbales. En cambio, dieron testimonio; testificaron. Su valentía no provenía del deseo de ganar una discusión, sino de la lealtad a Cristo y del amor por aquellos que lo necesitaban. Jesús había modelado este tipo de convicción compasiva a lo largo de Su ministerio. Miró a las multitudes con compasión, incluso cuando las llamó al arrepentimiento. Amó al joven rico, incluso cuando le dijo una dura verdad que él no estaba preparado para aceptar. Lloró por Jerusalén, incluso mientras advertía del juicio.

En nuestra época, a menudo sentimos la presión de elegir entre la amabilidad y la convicción. Por un lado, nuestra cultura a veces ofrece una especie de “amabilidad” que evita mencionar el nombre de Jesús para que todos se sientan cómodos. Por otro lado, algunas expresiones de fe enfatizan la verdad sin tener en cuenta el tono o la ternura. El evangelio no nos permite conformarnos con ninguna de estas distorsiones. Hablar en nombre de Jesús es hablar con sinceridad y amor. No podemos amar verdaderamente a las personas sin decirles la verdad sobre Cristo, y no podemos representar verdaderamente a Cristo si nuestras palabras carecen de compasión.

La oración precede a la proclamación

Después de que Pedro y Juan fueran amenazados y liberados, regresaron a la comunidad de creyentes y les contaron lo que había sucedido. La respuesta inmediata de la iglesia no fue organizar una campaña, emitir un comunicado o retirarse por miedo. Levantaron sus voces juntos en oración. Cuando podrían haber pedido protección o un camino más fácil, en cambio le pidieron a Dios que les concediera audacia para hablar Su Palabra. Oraron para que Él extendiera Su mano para sanar y realizar señales y prodigios en el nombre de Jesús.

Dios respondió a esa oración. El lugar donde estaban reunidos se estremeció, todos se llenaron del Espíritu Santo y salieron a proclamar la Palabra de Dios con valentía. La oración no eliminó la oposición, pero sí eliminó el dominio del miedo. No garantizó que todos aceptaran su mensaje, pero garantizó que lo proclamaran con valentía.

Si anhelamos ver corazones y bocas abiertas en nuestras iglesias hoy en día, debemos comenzar en el mismo lugar, con la oración. Oramos para que Dios renueve en nosotros la sensibilidad hacia los perdidos, para que no seamos insensibles a las necesidades espirituales que nos rodean. Le pedimos al Espíritu Santo que elimine el miedo y la apatía que nos mantienen en silencio en los momentos en que se debe pronunciar el nombre de Jesús. Lo invitamos a obrar especialmente en la vida de los líderes de la próxima generación, para que aprendan a llevar el evangelio con ternura y valentía.

Recuerdo aquella noche en Chattanooga y reconozco que la audacia que mostré no provenía de mí. Fue la obra del Espíritu en mi corazón lo que me dio la paz para pronunciar el nombre de Jesús en un entorno en el que no era bienvenido. Del mismo modo, la audacia de Pedro y Juan no eran rasgos de su personalidad. Era una señal de que habían estado con Jesús y habían sido llenos de Su Espíritu.

Este mes, mientras oramos: “Señor, abre nuestros corazones y nuestras bocas para declarar Tu verdad con compasión”, no estamos simplemente pidiendo más valentía. Le estamos pidiendo a Dios que nos transforme desde dentro. Le pedimos que abra nuestros corazones para que veamos a las personas como Él las ve, que moldee nuestras convicciones para que no podamos ocultar a Aquel que nos ha salvado, y que nos lleve a una oración más profunda para que nuestro testimonio sea llevado por Su poder y presencia.

Que aquellos que nos escuchan hablar, ya sea en púlpitos o en aulas, en lugares de trabajo o en nuestros propios hogares, puedan decir de nosotros lo que el concilio dijo de Pedro y Juan: “Han estado con Jesús”. Y que esa realidad abra tanto nuestros corazones como nuestras bocas para pronunciar Su nombre con compasión y convicción.

La versión anglófona de este artículo ha sido perfeccionada utilizando herramientas de inteligencia artificial (ChatGPT, OpenAI; Grammarly) para la gramática, el formato y el estilo; la teología y el contenido reflejan la perspectiva del autor.

Share the Post: