Enséñanos a orar

Cuando los discípulos se acercaron a Jesús pidiendo, “Señor, enséñanos a orar”, no fue porque eran novatos en la oración. Eran hombres judíos familiarizados con la oración, los salmos y los ritmos sagrados. Su petición era quizás más una admisión de santa insatisfacción que pedir una nueva “fórmula de oración”. Había algo en la forma que Jesús oraba que revelaba una dimensión que ellos aún no habían experimentado.

Cuando oramos diciendo, “Señor, enséñanos a orar”, confesamos que nosotros también necesitamos cambiar. Reconocemos que nuestros patrones actuales de oración, por muy sinceros que sean, pueden necesitar profundizarse, refinarse o renovarse si queremos participar más plenamente en la misión redentora de Dios de reconciliar al mundo con Él. Esta sencilla petición indica una disposición para el crecimiento espiritual.

El experto en liderazgo John C. Maxwell identifica cuatro razones principales por las cuales las personas cambian:

  1. Pasan por momentos de sufrimiento tan fuertes que los obliga a cambiar.
  2. Experimentan cosas que los inspira a cambiar.
  3. Aprenden lo suficiente como para querer cambiar.
  4. Reciben lo suficiente como para poder cambiar.

Estas cuatro dinámicas ofrecen un marco útil al considerar lo que significa para la iglesia hoy en día decir: “Enséñanos a orar”.

1. Pasamos por momentos de sufrimiento tan fuertes que nos obligan a cambiar.

Mi experiencia personal me dice que el dolor suele ser el catalizador que me lleva a arrodillarme. En épocas de prueba, incertidumbre o pérdida, las capas superficiales de nuestra vida de oración se desvanecen. Oramos de manera diferente cuando sufrimos; nuestra desesperación se convierte en una puerta hacia una dependencia más profunda.

El mundo en el que vivimos está marcado por el sufrimiento, la injusticia y la oscuridad espiritual. Nuestras propias congregaciones llevan heridas: familias rotas, hijos pródigos, pastores cansados y el peso de una cultura que se aleja rápidamente de Dios. Estas realidades deberían dolernos lo suficiente como para volver a la oración con una urgencia renovada. El dolor se convierte en una invitación a orar más allá de la rutina y buscar una conexión profunda con Dios.

2. Experimentamos cosas que nos inspiran a cambiar.

Los discípulos vieron a Jesús orar. Escucharon Su tono de voz, notaron Su intimidad con el Padre y observaron la autoridad que fluía de Su comunión con el Padre. Ver esto inspiró un cambio en ellos.

Creo que Dios está dando a Su iglesia nuevas visiones de lo que la oración puede lograr, no solo en las Escrituras, sino a través de testimonios modernos de avivamiento, sanidad y avances sobrenaturales. Cuando vemos lo que puede ser la oración, no podemos seguir satisfechos con lo que la oración ha sido.

3. Aprendemos lo suficiente como para querer cambiar.

“Enséñanos a orar” es la declaración de un deseo. El hambre espiritual crece a medida que descubrimos lo que Jesús quiere que la oración logre en nosotros y a través de nosotros. Aprendemos que la oración no es persuadir a Dios para que se una a nuestra agenda, sino alinearnos con la Suya.

Aprendemos que la oración es relacional antes que funcional. Nos moldea, nos corrige, nos fortalece y nos posiciona para ser utilizados por Dios.

A medida que aprendemos las posibilidades de la intercesión impulsada por el Espíritu, comenzamos a desear una vida de oración más profunda. El conocimiento despierta el deseo, y el deseo alimenta la transformación en la forma en que oramos.

4. Recibimos lo suficiente para poder cambiar.

Por último, Dios mismo nos capacita para orar. El Espíritu Santo intercede por nosotros con gemidos demasiado profundos para expresarlos con palabras. Él fortalece nuestra debilidad, aumenta nuestra capacidad y da poder a nuestro testimonio.

Cuando la iglesia recibe una nueva unción, la oración se convierte en un gozo, no en una carga; en un deleite, no en un deber. Podemos orar eficazmente porque el Espíritu nos da poder para orar con el mismo Jesús, que “vive para siempre, a fin de interceder” por nosotros (Hebreos 7:25).

Si alguna vez hubo un momento en que la Iglesia de Dios de la Profecía debe hacer eco de la petición de los discípulos, es ahora. Necesitamos que el Señor nos enseñe a orar de nuevo, personal, colectiva, ferviente y globalmente. Nuestra misión de reconciliar al mundo con Cristo por medio del poder del Espíritu Santo no puede lograrse solo con la fuerza humana. La cosecha es demasiado grande, la oposición demasiado fuerte y el llamado demasiado sagrado.

Que el Señor escuche nuestro clamor unido: “Enséñanos a orar”.

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