Tamaño del texto
Escuchar

El 16 de mayo de 1995, mi vida dio un giro en un abrir y cerrar de ojos. Mi esposo y yo compartíamos una cena en la casa de nuestro pastor, charlando y riéndonos como en tantas otras ocasiones. Parecía una tarde como cualquier otra. Sin embargo, de un momento a otro, me dio un terrible dolor de cabeza. La intensidad del dolor fue tan repentina que ni siquiera pude terminar de cenar. Me fui al salón de estar y comencé a llorar, tratando de descifrar qué me había ocasionado el dolor. Mi esposo se preocupó y me preguntó si debíamos ir a urgencias, a lo cual le dije que “sí”. Esa decisión marcó el comienzo de un camino que desafiaría mi fe, mi salud y mi propia voluntad de sobrevivir.

Tras llegar a la sala de emergencias, los médicos rápidamente se dieron cuenta de que algo andaba muy mal. Pronto, fui trasladada a un hospital de Pittsburgh para recibir cuidado especializado. Los médicos descubrieron la ruptura de un aneurisma cerebral. La hemorragia provocó una parálisis en mi costado izquierdo, colocándome en un estado sumamente crítico. El diagnóstico médico que recibió mi esposo fue desgarrador: le dijeron que la probabilidad de que caminara de nuevo era casi nula y que existía el riesgo de que nunca más reconociera a las personas. Esas palabras podrían haber acabado con nuestra fe, pero Dios tenía otros planes.

Mientras estaba postrada en la cama del hospital, incapaz de valerme por mí misma, personas de todas partes comenzaron a orar. Familiares, amigos, hermanos de la congregación e incluso personas que nunca había conocido clamaron el nombre de Jesús por un milagro de sanidad. [Sin duda], aunque tuvimos momentos en los que el temor y la incertidumbre nos rodearon, la oración nos sostuvo de manera poderosa.

Estuve internada en el hospital de Pittsburgh por un mes completo. En ese lapso, se presentó una nueva y severa complicación al contraer una peligrosa bacteria en el hospital; los doctores advirtieron que podía costarme la vida en cuestión de horas o días. El panorama se complicó todavía más, porque muchos centros de rehabilitación rechazaron mi ingreso a causa de la infección. Finalmente, un centro en la ciudad de Erie accedió a admitirme

Por los próximos tres meses, debido a la bacteria, viví en aislamiento. Gran parte de ese tiempo permanecí sola, confinada en mi propia habitación. Cualquiera que entrara tenía que usar bata, guantes y mascarilla. Fueron días de mucha soledad, llenos de momentos en los que me sentía separada del mundo que me rodeaba. Pero, aun allí, Dios nunca me abandonó. Su presencia se hizo real de formas que no puedo describir por completo. Él me dio las fuerzas que necesitaba para cada día, aun cuando el progreso parecía dolorosamente lento

Finalmente, pude regresar a casa, aunque la lucha aún no terminaba. Hubo un tiempo en el que tuve que ingerir treinta y cuatro pastillas diarias. El diagnóstico médico indicaba que requeriría anticonvulsivos por un mínimo de dos años. Sin embargo, la mano de Dios continuó restaurando mi cuerpo y, antes de cumplir el primer año, dejé por completo todos los medicamentos.

La recuperación no sucedió de un día para otro; pero cada pequeño paso era una victoria. Aproximadamente dos años después de aquella tarde, por fin pude dar mis primeros pasos con la ayuda de un bastón. Hoy, ando tomada de la mano de mi esposo, lo cual hace que este camino sea mucho más llevadero y grato. A lo largo de todo el proceso, él ha permanecido fielmente a mi lado.

Aunque sigo orando y creyendo por una restauración completa de todo aquello que el enemigo intentó robarme, sigo profundamente agradecida por todo lo que Dios ha hecho hasta aquí. A lo largo de este camino, muchas personas me han brindado su aliento, han orado conmigo y me animan a nunca darme por vencida.

Mucho tiempo atrás, vino a mi corazón un pensamiento sencillo pero profundo: nunca menosprecies el poder de la llaga sanadora de Jesús. Esta gran verdad me ha ayudado a vencer algunos de los momentos más difíciles de mi vida. Le doy gracias a Dios por cada día que me ha permitido vivir. Le doy gracias por Su intervención cuando la ciencia médica me daba pocas esperanzas, por darme aliento en mis momentos de flaqueza y por demostrar que Su gracia y poder superan cualquier diagnóstico. Mi camino no ha sido fácil, pero me ha demostrado que Dios es fiel en cada paso.

Autor

Compartir esta publicación: