No hay nada imposible para Dios

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Lo que inició como una simple visita a urgencias se transformó en una travesía angustiosa entre una cirugía de emergencia, sepsis, diálisis, cuidados intensivos y, en última instancia, un milagro que SOLO Dios podía hacer. Creíamos que nuestro padre se había intoxicado con la comida.

Como cualquier otra familia, esperábamos recibir medicamentos, líquidos y quizás una noche de reposo antes de retomar nuestra rutina. Sin embargo, los doctores detectaron que una vesícula biliar en estado crítico había provocado una sepsis. En pocas horas, nuestra realidad cambió de un contratiempo a una crisis. Las palabras del cirujano todavía hacen eco en mi mente: “Si no operamos, su padre no amanecerá con vida”.

Mientras el equipo médico se alistaba, surgió una advertencia inesperada. El anestesiólogo le insistió a mi madre que no siguiéramos adelante, seguro de que la operación sería su fin. De repente, nos encontramos entre dos decisiones imposibles: una operación que podía ser fatal, o no operar, lo cual significaba una muerte segura. Nuestra atmósfera se inundó de incertidumbre, pero también se llenó de oración.

En medio de la confusión y la urgencia médica, la paz se apoderó de nuestra familia. No era negación ni un optimismo ciego. Era paz. El tipo de paz que SOLO Dios puede dar cuando las circunstancias no ofrecen ninguna. Juntos, oramos y tomamos la decisión de seguir adelante. La operación le salvó la vida, pero la batalla estaba lejos de terminar.

La sepsis se había propagado por el organismo de mi padre como un asesino experto. Sus riñones dejaron de funcionar y fue necesario someterlo a diálisis de urgencia. De pronto, nuestra familia se encontró en una sala desconocida, rodeada de aparatos, alarmas, lenguaje médico y largas noches que parecían no tener fin. Esos quince días en cuidados intensivos fueron como atravesar una tormenta fuera de control.

A veces, la esperanza se sentía distante, fuera de nuestro alcance, aunque jamás desapareció del todo. Minuto a minuto, los informes variaban. En un momento había una mejoría; pero al siguiente un revés. En dos ocasiones, el personal médico nos llamó porque pensaban que el desenlace era inminente. Las lágrimas rodaban por nuestras mejillas mientras los médicos nos preparaban para el adiós. Pero aun allí, rodeados de monitores, informes sombríos y probabilidades en contra, algo más fuerte nos sostenía: nuestra fe. No una fe ruidosa ni aparente; sino una confianza tranquila y segura de que Dios todavía tenía la última palabra.

Durante esos largos días y noches, el coro “Abres camino” se convirtió en nuestro himno lema. [Con el corazón] nos aferramos a su letra:

Milagroso, abres camino, cumples promesas

Luz en tinieblas

Mi Dios, así eres Tú.

Cuando el miedo buscaba abrumarnos, esa letra nos recordaba que, aunque no veíamos a Dios actuar, Él estaba obrando.

La estrofa “Aquí estás, te vemos mover” se convirtió en un salvavidas para nuestra familia.

Con frecuencia, los hospitales son lugares donde las familias reciben diagnósticos devastadores. Los expedientes médicos, los números, las imágenes médicas y las estadísticas cuentan una realidad. Sin embargo, durante esos largos días, mantuvimos la fe en que el cielo estaba escribiendo una historia distinta. Clamamos en medio de nuestro cansancio. Creímos cuando no había motivos visibles para hacerlo. Y, poco a poco, la situación empezó a dar un giro.

El hombre que había estado al borde de la muerte empezó a mejorar. El paciente que corrió el riesgo de sufrir un paro cardíaco fue trasladado finalmente de cuidados intensivos a rehabilitación. Día tras día, mi padre se esforzaba por recuperar fuerzas y movilidad. Las pequeñas victorias, como sentarse, pararse y dar unos pasos, se convirtieron en motivos de celebración. Luego, llegó el momento que una vez pensamos que jamás llegaría: él volvió a entrar en su casa. Sin duda, creímos que este era el milagro; pero Dios aún no había terminado de escribir la historia.

Al principio, el nefrólogo se mostró respetuoso con nuestra fe. Sin embargo, a medida que pasaban las semanas, nos dimos cuenta de que se limitaba a compartir nuestra esperanza mientras anticipaba el inevitable desenlace médico. “Señor Brooks, tendrá que someterse a diálisis durante el resto de su vida”. Esas palabras golpearon fuertemente nuestros corazones.

Tres veces a la semana, la diálisis drenaba las escasas fuerzas que le quedaban a mi padre. Las largas horas conectado a los aparatos significaba perder energía, libertad y dignidad. Así pasaron los meses de agosto, septiembre y octubre. Luego noviembre, diciembre y enero. Algunas citas mostraban pequeñas mejoras que celebrábamos brevemente. Pero otras terminaban con lágrimas en el estacionamiento y con oraciones en voz baja en el camino de regreso a casa. A veces, la esperanza pendía de un hilo casi invisible, pero seguíamos creyendo.

En todo el mundo se levantaron oraciones. Diversas congregaciones mencionaban el nombre de mi padre en sus altares. Amigos y familiares organizaron cadenas de intercesión. Semana tras semana, se difundía la petición de oración. No estábamos luchando solos; un ejército de creyentes cubría a mi padre en oración constante, día y noche.

Llegó enero, comenzó un nuevo año y números estables. Pero, incluso entonces, cuando preguntamos por la posibilidad de dejar la diálisis y retirar el catéter del pecho, el médico nos miró con lástima, como si la fe fuese una necedad. No obstante, en febrero, mi padre salió de la clínica del cirujano sin el catéter de diálisis. Lloramos nuevamente, pero esta vez eran lágrimas de gozo. Ese pequeño destello de esperanza nos sostuvo mucho más de lo que el miedo habría logrado. No solo habíamos clamado por un milagro; declaramos vida antes de ver la prueba. Creíamos que Dios era capaz de hacer lo que la medicina no podía explicar.

Durante los tres años siguientes, mi padre vivió sin diálisis, catéter, tratamientos tres veces por semana, ni sesiones de cuatro a seis horas conectado a una máquina. ¡Dios había obrado un milagro! Este testimonio de ninguna manera va en contra de los médicos, las enfermeras ni la diálisis. De hecho, estamos profundamente agradecidos a todos los profesionales médicos que cuidaron de mi padre durante los momentos más oscuros de nuestras vidas. Para muchas personas, la diálisis es parte del proceso de sanación y la provisión de Dios. Pero nuestra experiencia —la vida sin diálisis— fue la historia que Dios decidió escribir para nuestra familia.

Damos toda la gloria a Dios por cada milagro que ha obrado a lo largo de todo este camino. Desde el quirófano hasta la unidad de cuidados intensivos, desde la rehabilitación hasta la recuperación de los riñones, Su mano nos ha guiado en cada paso del camino. No importa cuán imposible parezca la situación, nunca deje de creer lo que Dios ha prometido. Ya sea que el milagro parezca grande o pequeño, o que la respuesta llegue en días, meses o años, Dios sigue obrando milagros hoy en día. Ninguna circunstancia es demasiado difícil. Ningún diagnóstico es definitivo. Ninguna situación está fuera de su alcance. ¡Hasta el día de hoy, seguimos dándole a Dios TODA la gloria porque nada es imposible para Él (Lucas 1:37)!

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