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Hay temporadas en la vida que, al mirarlas en retrospectiva, parecen sacadas de una película. Años completos envueltos en un aroma, una habitación, una melodía o un silencio. Un capítulo marcado por el dolor. Otro por risas que brotaron tan fácil que no apreciamos en su momento. Y otro marcado por amistades que creíamos inseparables, hasta que los años, calladamente, nos mostraron lo contrario. Así a veces transcurre la vida: el amor y la pérdida llegan juntos, en un momento hay gozo y al siguiente hay dolor, y la gente va y viene como las olas que no podemos contener. Sin embargo, en cada temporada, Dios siempre ha estado presente. Si usted no lo ve, simplemente sea paciente. Confíe en las palabras de alguien que ya lo vivió: aun en la noche más oscura, el sol sigue brillando.

Creo que lo que más me inquieta de envejecer no es la realidad de que la vida cambie, sino la rapidez con la que lo hace. Un día ruegas [a Dios] por algo con una fe segura, y al siguiente, lloras la pérdida de aquello que creías que duraría para siempre. Las relaciones se transforman; hay personas que parten y otras que llegan. Hay sueños que mueren calladamente, mientras que una esperanza imprevista brota en rincones donde ya no buscábamos más. [Al final,] el corazón se convierte en un lugar de tumbas y jardines que existen lado a lado.

Con los años, he dejado de ver la fe como una búsqueda de respuestas perfectas, y más como una memoria de lo que [Dios] ha hecho. Es recordar quién era Dios cuando la noche parecía no tener fin. Es recordar Su bondad cuando la vida se torna difícil. Es recordar que Su carácter no cambia con nuestras circunstancias. Es recordar… (complete la oración con su historia personal).

Hace poco escuché este cántico, que tocó mi corazón. El estribillo dice:

Por eso te alabaré en la montaña

Y te alabaré cuando el monte esté en mi camino

Tú eres la cumbre donde están mis pies

Así te alabaré en los valles igualmente

No eres menos Dios dentro de las sombras

No eres menos fiel si la noche me extravía

Tú eres el cielo donde está mi corazón

En la cima y en el dolor eres igual.

(Highlands [Cántico de ascensión], Benjamín W. Hastings y Joel Houston, 2019)

Hay algo en este estribillo que quebranta mi espíritu. Me quebranta porque hay cánticos que oímos de manera casual, pero hay otros que irrumpen como viejos amigos, que desentierran recuerdos de nuestra vida que pensamos habíamos olvidado. Todo lo vivido se junta en un instante sagrado. De repente, nos encontramos cara a cara con la persona que éramos años atrás: cansado, esperanzado, afligido, en proceso de restauración, intentando encontrar respuestas. Llegan a la mente las oraciones que hicimos en secreto, las lágrimas que secamos antes de regresar al trabajo, las noches en que le suplicamos a Dios que nos diera una respuesta. Tal vez la explicación nunca llegó, pero siempre estuvo allí.

Ese es el milagro en el que medito una y otra vez ―no que cada petición haya sido contestada conforme a mis deseos; ni que cada desierto haya cobrado sentido con el tiempo― sino que Dios permaneció fiel a Sus promesas a través de todas las temporadas de mi vida. Cuando le somos fiel, insensibles, malcriados, errantes y cuando Su bondad nos vuelve a cautivar.

Sería maravilloso que nuestras iglesias reconocieran que la teología no es más que un concepto hasta que el sufrimiento la convierte en algo personal. Antes del dolor, se habla de Dios como si fuera una idea. Después del dolor, bien lo reconocemos como nuestro refugio o nos alejamos por completo de la fe. El dolor tiene algo que reduce la fe a su esencia más pura. Sin fingimientos y sin palabras rebuscadas; solo con la dolorosa pregunta: “¿Eres suficiente para que pueda sobrevivir?” De alguna manera, como una paz silenciosa, entendemos que Él es suficiente.

No siempre llega a través de milagros espectaculares. A veces la victoria es tener las fuerzas para bajarnos de la cama por la mañana. En otras, nos habla a través de un mensaje de texto que un amigo nos manda justo cuando lo necesitamos. Otras veces, a través del silencio de ese amigo que se alejó para siempre, o a través del milagro oculto de sobrevivir un día más, o por medio de un himno que suena en el momento exacto para recordarnos que el cielo siempre llega a la tierra.

La vida es profundamente compleja. Maravillosamente caótica y terriblemente intensa. En una temporada, añoramos quién solíamos ser antes y en otra, nos sentimos profundamente agradecidos por haber podido superarla. La verdadera sabiduría consiste en aprender a honrar ambas temporadas de la vida. La cima nos enseña a ser agradecidos, mientras que el valle nos exige confianza. Cada una revela el carácter de Dios a su manera.

Creo que por eso las Escrituras repiten la historia. Israel construyó altares no porque Dios los necesitara, sino porque la gente olvida con facilidad. Olvidamos Su fidelidad, Su intervención y Su cuidado. Nos olvidamos de que el Dios que estuvo con nosotros en el desierto y no nos dejará en el próximo. Pero [Dios usa pequeños detalles] como una melodía, un recuerdo, para refrescar nuestra memoria. De repente, el alma recuerda y [Él] nos devuelve la esperanza. Él siempre estuvo allí, está aquí y seguirá estando presente.

“En la cima y en el dolor [Dios no cambia]”.

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