Recuerdos del campamento

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Recuerdos del campamento

Debbie Freeman | Cleveland, Tennessee

 

[La experiencia de] ir al campamento Lowman en Leesville, Virginia fue lo que moldeó la persona que soy. Como campista y [después] trabajadora, vi a un sinnúmero de jóvenes encontrar y aceptar su llamado al ministerio durante el campamento. Luego de comenzar a enseñar en el sistema escolar público, continué trabajando durante los veranos en los campamentos. Recuerdo trabajar en la cocina con un hombre que manejaba un camión de basura. Él tenía seis semanas de vacaciones al año y pasaba la mitad de ellas trabajando en los campamentos de jóvenes. Estando en el campamento de jóvenes, todos éramos como familia. No importaba la vocación que teníamos ni de dónde proveníamos. Lo que importaba es que estábamos allí para ayudar a los jóvenes a encontrar a Jesús y crecer en su relación con Él.

Recuerdo en una ocasión que entré a la capilla para orar. Nuestro artista del estado había creado un cartelón hecho con material de poliestireno que iba puesto en la tarima. Me imaginé a personas provenientes de todas partes del mundo con color de piel tan variados como sus vestimentas. Cuando levanté mi vista, fue como si todas esas personas hubiesen cobrado vida. Sentí como si el Señor me hubiera dado un llamado misionero. En 1992 pude ir en un viaje misionero a Grecia y Bulgaria. Regresé a casa con otra perspectiva y cambiada. Con el tiempo, dediqué 16 años de mi vida enseñando en el área metro de Atlanta. Mis estudiantes eran de diferentes países, y por un tiempo, ellos fueron mi campo misionero. Mi esposo y yo tuvimos un hijo durante ese tiempo. Él también era mi campo misionero.

Hace cuatro años atrás recibí una sorpresa. El Señor abrió una oportunidad para yo servir como la registradora del Seminario Espíritu y Vida. Mi familia de la iglesia se ha expandido fuera de los Estados Unidos a África, Canadá, Centroamérica, Sudamérica, Europa, el Caribe y Asia. Gracias a Google Traductor, puedo comunicarme diariamente en español y francés con mi familia de la iglesia. Espero pronto poderme comunicar en coreano y chino. Dios suele comenzar a ordenar nuestros pasos cuando siendo jóvenes Lo buscamos en los campamentos juveniles, y Él continúa guiando nuestros pasos por el resto de nuestras vidas. ¡Qué regalo es el campamento de jóvenes para la iglesia!

 

Gratos recuerdos de los campamentos de jóvenes

Janice Miller | Gallatin, Tennessee

 

Uno de los privilegios más grandes de mi infancia fue observar a los directores y líderes de campamentos en acción —verlos coordinar los programas, organizar el personal, preparar las instalaciones, cotizar las necesidades de alimentos y suministros y crear experiencias significativas para los cientos de campistas. Aprendí a apreciar los sacrificios que los directores y voluntarios hacían para invertir en los jóvenes. También aprendí que ninguna tarea es insignificante cuando contribuye a la obra de Dios. Me sentí sumamente emocionada cuando pude ayudar a organizar los refrigerios en el lugar de concesiones; y soñaba con el día en que tuviera edad suficiente para pararme en la ventana, tomar las órdenes y repartir entre los campistas sus golosinas favoritas. Al mirar en retrospectiva, entiendo que los campamentos hacían algo que iba más allá de los recuerdos creados; Dios estaba plantando semillas de fe y preparándome para las responsabilidades que tendría más adelante en la vida.

Mis pensamientos suelen regresar a los campamentos hermosos y pacíficos de Tennessee, Alabama, Carolina del Sur y Kentucky —lugares donde se formaron amistades de por vida y los fundamentos espirituales fueron fortalecidos. Recientemente miraba los recuerdos de la década de los ‘60 en el campamento Hickory Hills de Madison, Tennessee. Antes del tiempo de los “selfies” y las publicaciones en los medios sociales nos tomábamos una foto anual en el campamento. Era normal ver a las señoritas con rulos en el pelo para lucir mejor su cabello durante el culto de por la noche. El único problema era que la foto oficial del campamento se tomaba durante el día. Hoy en día, dentro de cajas de zapatos y álbumes de fotos en todo el estado de Tennessee hay registros permanentes de nuestra generación que parecía como si se estuviese preparando para participar en un comercial de fijador para el cabello. Esos son recuerdos que ninguna cantidad de dinero puede comprar.

 

Campamento de jóvenes

Evelyn Bathe | Cleveland, Tennessee

 

¡Los campamentos de jóvenes son sorprendentes! El agradecimiento que siento en mí no da abasto a describir cómo me siento sobre mis experiencias obtenidas a través de los campamentos de jóvenes de la iglesia. Mi amor profundo por la Palabra de Dios despertó con el maestro Billy Murray en los campamentos de jóvenes de Carolina del Norte. ¿Cómo olvidar el momento en que fui bautizada con el Espíritu Santo en uno de los cultos por la noche? ¡Incluso, todavía puedo sentir lo mismo que sentí en aquel ambiente cuando se desató Su gran poder! Todavía tengo las amistades que formé en los campamentos, incluso, a esta fecha siguen siendo relaciones que fortalecen, dan crecimiento y ministran a mi vida. Muchos de los miembros del personal que dieron de su tiempo se convirtieron en mis mentores espirituales y yo me sentí genuinamente amada y aceptada por ellos. Además, haber conocido a mi futuro esposo en uno de los campamentos fue uno de los beneficios y de las bendiciones más grandes en mi vida. Juntos hemos trabajado en campamentos de jóvenes, los hemos dirigido y seguimos llenos de pasión por este ministerio de la iglesia por los jóvenes. Desde los baños fríos con una manguera hecha regadera que detrás de la caseta hasta la captura de un murciélago en la cabaña de señoritas, a los servicios al aire libre junto a la fogata donde profundicé mi dedicación a Dios y el mentoreo de otras señoritas en su caminar con Cristo, siento que estos recuerdos llenan mi corazón de ese calor acogedor gracias a la pasión de una mujer piadosa y visionaria: Elva Howard. Ella nunca soltó el sueño que el Señor le había dado. ¡Amamos el ministerio de campamento de jóvenes y por siempre estaremos endeudados con ella por su disposición de seguir el sueño que Dios le confió!

 

Donde todo cambió

Scott Gillum | Cleveland, Tennessee

 

Los campamentos de jóvenes tienen una manera de llegar al corazón de los jóvenes en el preciso momento en que abren sus corazones para ser moldeados. En ese lugar sagrado —lejos de la rutina, los ruidos y las presiones por las expectaciones— los jóvenes descubren quiénes son, cuáles son sus creencias y cuán profundamente Dios los busca. Las amistades se forman rápidamente, la adoración se siente viva y el Espíritu Santo habla con una claridad imprevista. Constantemente los campamentos se convierten en un punto de cambio: un lugar donde despiertan los llamados, las heridas son sanadas y la fe se torna en algo personal en lugar de heredado.

Es en el campamento donde muchos de los jóvenes sienten por primera vez que Dios no es una idea, sino una presencia viva. Los ritmos de gracia y adoración, el poder de Su presencia, las predicaciones y los momentos en quietud se entretejen a la vida del campamento, creando una atmósfera donde el corazón puede finalmente respirar. Lejos de los ruidos del hogar y la escuela, los jóvenes comienzan a sentir el leve halón del Espíritu que los llama a algo más profundo.

El momento de cambio en mi vida ocurrió cuando tenía doce años. Durante esa semana en el campamento de jóvenes en California, mi vida tomó otra trayectoria. Estando rodeado de otros que buscaban a Dios, sentí el inconfundible halón para rendirme completamente a Cristo. Fui bautizado en agua y supe que quería ser miembro de mi iglesia local. Sin embargo, Dios estaba haciendo mucho más. Durante esos días sentí un mover que en aquel momento no podía identificarlo por nombre en mi lenguaje: el llamado al ministerio, un empujoncito santo, una certidumbre silenciosa de que Dios me estaba preparando en una senda que le daría forma al resto de mi vida —mi “jornada de un mejor camino”. El campamento se convirtió en un lugar donde nació mi caminar íntimo con Jesús y mi llamado de toda la vida.

Los campamentos despiertan propósito en el corazón de los jóvenes —algunos son llamados al ministerio, otros a las misiones, otros sencillamente a vivir valientemente en Cristo. El ambiente lleno del Espíritu da lugar a Dios hablar con convicción y claridad. Y más allá de los momentos espirituales, también se forman amistades que duran por años, sirviendo como ancla para los jóvenes que tienen conversaciones hasta altas horas de la noche, momentos en el altar y desafíos en equipo.

El verdadero impacto de los campamentos de jóvenes es visible en los años después del campamento, cuando los jóvenes regresan a sus hogares con una confianza renovada, una fe más sólida y un claro sentido del llamado de Dios. Para muchos, esto se convierte en el momento en que miran en retrospectiva y dice, “Allí fue donde todo cambió”.

Ciertamente mi vida cambió para siempre cuando Jesús se manifestó en el campamento de jóvenes en California. ¡Ese es mi testimonio!

 

Recuerdos de los campamentos

Chad Lambert | Newport News, Virginia

 

Al recordar mis recuerdos más vívidos de los campamentos, mi mente siempre se inclina hacia la belleza y autenticidad de la adoración. Ese sentido de la presencia de Dios entre los campistas, estar frente al altar con las manos y voces elevadas al Señor me movían en maneras que yo no podía entender completamente en aquel tiempo. Sencillamente sabía que era algo especial.

Mi familia se mudó de Ohio a Virginia cuando yo tenía ocho años. Al comenzar a asistir a los campamentos en mi nuevo estado, encontré muchas personas, nuevos escenarios y hasta nuevos himnos. En el tipo de campamento que yo asistía, siempre había un tiempo por las tardes dedicado al aprendizaje de nueva música. Esta sesión de música era dirigida por Debbie Freeman —o como ella era conocida en aquel tiempo, Debbie Shewbridge. Ella se dedicaba a enseñar el significado detrás de la letra, las nuevas melodías y asegurar que los campistas no cantaran por rutina, sino con el corazón.

Con el pasar del tiempo, Debbie me animó a tocar piano durante estas sesiones mientras ella cantaba y enseñaba. Ella tomó tiempo para trabajar conmigo individualmente durante los recesos entre las actividades, asegurando que yo pudiera apoyar su tiempo de enseñanzas adecuadamente. Su confianza en mi habilidad inexperta tuvo un impacto profundo en mí, y al mirar en retrospectiva puedo ver su fe en el plan de Dios para mi vida antes de yo mismo verlo.

Por siempre estaré agradecido por el ministerio de campamento de Debbie Freeman quien tomó de su tiempo fuera de su trabajo y familia para influenciar mi vida. Qué el Señor nos siga llamando a ser mentores y desarrollar la generación que vendrá y llevará este evangelio más allá de lo que podemos imaginar.

 

Recuerdos de los campamentos de jóvenes de Oregón

Katherine Osborn | Kilgore, Texas

 

Yo soy una de esas personas que fue salva durante su adolescencia, pero no tuve la oportunidad de ir a un campamento de verano hasta que cumplí 17 años. (El primer año fue porque estaba recientemente salva, y mis padres no sabían nada acerca de esa “iglesia” que yo había descubierto. El segundo año yo estuve “atada” a una cama de hospital por casi un mes después de un serio accidente automovilístico.) De modo que mi primera experiencia de campamento la tuve a mis 17 años, y esta tuvo un impacto significativo en mi vida.

Las instalaciones del campamento de jóvenes de Oregón, durante el tiempo que yo asistí, era un lugar hermoso y rústico cerca de las cataratas Silver Creek. Nuestros directores del campamento, Ed y Karen McKenzie planificaban un evento especial que nos llevaba por una caminata entre árboles, arroyos y colinas alrededor del lugar del campamento. (Lamentablemente, no recuerdo si esta caminata nos llevó hasta las cataratas, pero el terreno era hermoso.) Sí requería cruzar varios puentes de madera en el camino. Al hacerlo, “quemábamos los puentes” como una manera simbólica de representar los pecados, hábitos, heridas y amarguras del pasado que formaron parte de nuestra “antigua vida”. Ese evento se quedó conmigo por años. En tiempos de desánimo y luchas, recordaba que la antigua vida había pasado, que no había dónde regresar y que lo que necesitaba era seguir adelante.

El segundo evento, probablemente en el verano siguiente, tuvo que ver más con un servicio de dedicación al aire libre. De lo que puedo recordar, había unas velas organizadas en forma de una cruz grande en una colina. Los campistas fueron dirigidos a diferentes secciones de la cruz, conforme al llamado a particular de algún área en el ministerio. Mi llamado me llevó al pie de la cruz. Mientras oraba con muchos otros campistas, recuerdo que el Espíritu descendió sobre mí, transportándome ante la presencia de Jesús. La gente a mi alrededor parecía no existir mientras yo sentí estar a los pies de Jesús, literalmente. El encuentro fue real. Yo sabía que pertenecía a Jesús —había sido llamada y escogida por Él— y Él tenía un plan para mi vida. Eso sucedió hace 50 años atrás. He tropezado unas pocas veces (quizá más que unas pocas) en el camino, pero la seguridad de pertenecerle a Él ha permanecido.

 

Recuerdos de los campamentos

Lindsey Schreiber | Lebanon, Tennessee

 

Hace algunos años atrás que estaba sirviendo como líder de cabaña en un campamento. Entre los campistas llegó una jovencita de 15 años que estaba vestida como y presentándose como un varón y pidiendo que los demás usaran los pronombres masculinos cuando le hablaran o se refirieran a ella. En mi mente deseé que la campista nunca me pidiera directamente que usara esos pronombres. Recuerdo preguntarme el porqué.

Como era de esperarse, hubo momentos tensos en torno a esta joven durante el campamento. En una de las reuniones de grupos pequeños hubo alguien que la llamó por su nombre de nacimiento —su nombre femenil. Ella reaccionó furiosa: “¡Ese nombre para mí está muerto!” El salón se puso silencioso.

Ella se mantuvo a la defensiva y airada, pero yo sentí que algo más profundo estaba sucediendo. En varias ocasiones durante la semana, el Espíritu Santo ponía en mi mente la imagen de un cielo lleno de nubes que se separaban cada vez que yo las miraba.

Una noche, durante el “llamado a adorar”, hablaron sobre la historia de Lázaro. Recuerdo preguntarme porqué ese relato bíblico en particular resaltó. No consideré conscientemente que el pensamiento estuviera fuera de lugar, pero ciertamente sentí algo en mi corazón.

Al concluir ese servicio, la campista tomó la mano de otra líder de cabaña y comenzaron a caminar hacia el altar. Esa líder me buscó entre la gente, y sin decir palabra alguna, me dejó saber [con la mirada] que quería que yo fuera con ellas. Escuché al Señor decirme, “Esta es tu oportunidad”, y nuevamente vi la “visión” de las nubes separándose. Convencida de que todo esto era de parte del Señor, le dije directamente (suspirando o en mi mente), “Señor, yo quiero hablar con ella, no con el espíritu que la está angustiando”. No recuerdo haber dicho algo semejante al Señor anteriormente.

Cuando llegamos al altar, comencé a hacerle preguntas: “¿Escuchaste esta noche la historia de Jesús levantando a Lázaro de la muerte? ¿Crees que eso te decía algo a ti?” Ella asintió y procedí. “El otro día decías que tu nombre está muerto. [Pero hoy] el Señor te llama por tu nombre. ¡Él te está llamando de regreso a la vida!

Hubo un gran sentido de avance cuando ella expresó un deseo que aparentemente había sido sepultado bajo años de confusión: “Quiero regresarle a mi mamá su hija”. Hicimos una oración poderosa y sincera para consagrar su vida a Jesús. Inmediatamente le pregunté por su nombre y cómo deseaba que la identificásemos. Ella me dio su nombre de nacimiento y pronombres femeninos.

Luego del culto, ella quiso contactar a su mamá. Quería testificarle con alegría que le había entregado su vida a Cristo. La madre pidió hablar conmigo. Ella quería saber si yo creía que había sinceridad en su entrega al Señor. Le dije que yo estaba absolutamente segura de ello. La mamá me compartió que ella creía que la confusión de la hija se debía a una agresión sexual; algo que había afectado profundamente su sentido de identidad. Mi corazón se quebrantó por esta jovencita. Pero a la vez me regocijé porque sabía que Dios había iniciado una jornada de sanidad aquella noche.

Más tarde, la adolescente me compartió que llevaba tres años vistiéndose como varón, pero que siempre supo que eso no era lo que ella era verdaderamente. La familia había asistido previamente a una iglesia de donde la identidad transgénero era aceptada y reforzada. Aun cuando se cambiaron a una iglesia más tradicional, nadie le habló directamente a la joven sobre su confusión ni la animaron a buscar respuestas en el Señor. Yo sé que en ocasiones la gente no sabe qué hacer. Pero también sé que el Señor orquestó aquella semana en el campamento para tener un encuentro con ella donde se encontraba.

La jovencita pidió ser bautizada. Mientras estábamos en el agua, tuve el tremendo y gran privilegio de decir con gozo, “Bautizo a esta, mi hermana, en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”. Mi hermana. Me alegro porque Dios nos conoce, nos llama por nombre y nos hace una nueva persona.

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