Mensaje bienal del obispo principal | 103a Asamblea Internacional

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PALABRAS DE APERTURA

Hace dos años, me paré en esta plataforma y concluí mis palabras de bienvenida de mi primer discurso ante la Asamblea, invitando a mi esposa, Kelly, a acompañarme en este podio para orar. Recuerdo haber dicho que pronto Kelly y yo íbamos a celebrar cuarenta y cinco años de matrimonio.

Tuve la bendición de tenerla a mi lado por cuarenta y cinco años, cinco meses y un día.

En la mañana del 2 de febrero de 2025, Kelly exhaló su último aliento. Ausente del cuerpo, en ese mismo instante pasó a estar en la presencia del Señor. Me duele profundamente que ella no esté aquí conmigo hoy, pero estoy muy agradecido por mis hijos y nietos que me acompañan. Ellos son maravillosos.

Inclinemos nuestros rostros.

Padre, en esta mañana venimos ante Ti con corazones agradecidos. Señor, mi copa está llena y rebosando, y quiero alabarte, Jesús, por Tu bondad para con Tu pueblo. Me siento muy agradecida porque lograron venir. Espero que hayan sido renovados y revitalizados para regresar a sus regiones. Ahora, Señor, oro por mi esposo. Señor, yo vi las muchas horas, días y semanas de preparación. Él está listo, Señor, ahora úsalo. Habla a Tu pueblo esta mañana, Señor. Abre nuestros corazones y mentes, Señor, para escuchar Tu palabra. Y, Dios, te daremos toda la gloria. En el nombre de Jesús, amén.

Quiero honrar a nuestros siete presbíteros generales, junto con los dos recientemente elegidos para el Caribe, Eurasia y Oriente Medio. También al presbiterio internacional, a los pastores, a todos los obispos y ministros con credenciales, líderes, miembros, amigos e invitados.

Esta iglesia está llena de hombres y mujeres fieles que aman al Señor y le sirven fielmente. Tenemos a algunos de los jóvenes más maravillosos de la Iglesia de Dios de la Profecía en el planeta. Y en esta iglesia, tenemos niños excepcionales que están siendo formados para convertirse en campeones para Cristo. Colectivamente, somos la Iglesia de Dios de la Profecía.

A cada uno, les repito las palabras del apóstol Pablo:

«Doy gracias a mi Dios siempre que me acuerdo de vosotros, siempre en todas mis oraciones rogando con gozo por todos vosotros, por vuestra comunión en el evangelio, desde el primer día hasta ahora; estando persuadido de esto, que el que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Jesucristo». (Filipenses 1:3-6)

Sobre todas las cosas, doy honra a Aquel cuyo nombre es sobre todo nombre; Aquel que es el Alfa y la Omega, el principio y el fin; el mismo que dijo: “Antes de que Abraham fuese, YO SOY”; el que lleva escrito en Su manto el nombre de Rey de reyes y Señor de señores; Aquel que es el Rey de gloria. La Escritura pregunta: “¿Quién es este Rey de gloria?”, y responde: “Jehová el fuerte y valiente, Jehová el poderoso en batalla” (Salmo 24:8).

Levanta la cabeza, África. Levanta la cabeza, Asia. Levanta la cabeza, el Caribe. Levanta la cabeza, Centroamérica. Levanta la cabeza, Norteamérica. Levanta la cabeza, Sudamérica. Levanta la cabeza, Eurasia y Oriente Medio. Y el Rey de gloria entrará a esta Asamblea Internacional. Amén. Clamamos la presencia del Rey de gloria en este momento.

INTRODUCCIÓN

En los primeros años de este movimiento, el “culto de testimonios” era una parte importante de nuestras reuniones semanales. En ese entorno, surgió un testimonio muy conocido en la Iglesia de Dios de la Profecía. Quizás algunos de ustedes que tienen más edad, lo escuchen resonar en su mente ahora mismo.

“Doy gracias al Señor que soy salvo, santificado, lleno con el Espíritu Santo, miembro de la gran Iglesia de Dios, y estoy de camino al cielo. Oren por mí para que llegue hasta el final”.

Luego, algunos de los santos pasaban a compartir sus pruebas o tribulaciones más recientes, mientras que a la vez declaraban públicamente su fe y confianza en el Señor. Otros hablaban de alguna victoria en particular y se gloriaban en el Señor, diciendo: “Miren lo que ha hecho el Señor”. Estos solían ser momentos emotivos, marcados por lágrimas, risas, manos alzadas y gritos de alabanza —todo mezclado con cánticos que declaraban la bondad y fidelidad de Dios.

Los testimonios eran nuestra forma de proclamar que, pese a toda prueba, toda tribulación, toda enfermedad y toda adversidad, seguíamos firmes. Abrazamos enteramente las palabras de Juan en Apocalipsis 12:11, de que somos vencedores —más que vencedores— por medio de la sangre del Cordero y de la palabra del testimonio de ellos.

Los testimonios ocupan un lugar sagrado en la historia de nuestra iglesia, pero nunca deben guardarse en un estante como una reliquia del pasado. Hoy, en este mensaje, hago un llamado contundente a la iglesia para que recupere su testimonio.

Como un hilo que se entreteje en un pedazo de tela, el testimonio está entretejido en toda la narrativa de las Escrituras. Dios se revela a Sí mismo, opera de manera redentora y luego llama a Su pueblo a dar testimonio de lo que ha visto, oído y experimentado. Testificar significa convertirse en un testigo vivo de la realidad, el carácter, el poder y los propósitos de Dios.

Las Escrituras comienzan con Dios dando testimonio de Sí mismo, proclamando Su bondad, el orden, la belleza y el propósito de Su creación. Seis veces en la creación, Dios testificó, “Es bueno”. Luego, contempló todo lo que había hecho y declaró que era “bueno en gran manera”. Él es un Dios que testifica.

En el capítulo cinco del Evangelio de Juan, el testimonio del Padre (Juan 5:19), y el Espíritu Santo Padre da testimonio del Hijo (Juan 5:37), Jesús da da testimonio de Cristo (Juan 15:26). Por lo tanto, cuando testificamos, estamos participando en el testimonio continuo del Dios trino.

El testimonio en las Escrituras alcanza su máxima expresión en Jesucristo. Apocalipsis 1:5 lo describe como “el testigo fiel”.

Todo acerca de Su vida es un testimonio:

Su encarnación testifica del amor de Dios.

Sus milagros testifican que el reino de Dios ha llegado.

Su cruz testifica de la redención.

Su resurrección testifica de la victoria sobre la muerte, el pecado, el infierno y la tumba.

Este Jesús que testificó nos ha comisionado y equipado ahora a nosotros, Su iglesia, para unirnos a Él como testigos fieles. “Pero recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos…” (Hechos 1:8) “El Espíritu no fue dado solo para la edificación personal; fue dado para la proclamación misional: ‘Me seréis testigos’”. Ustedes darán testimonio de Mí.

Pentecostés empoderó a la iglesia para convertirse en un testimonio visible del Señor resucitado. La iglesia primitiva no poseía meramente una doctrina; poseía un testimonio. Impulsados por el poder de Pentecostés, los creyentes iban por doquier testificando de lo que habían visto, oído y experimentado.

El salmista declaró, “Generación a generación celebrará tus obras, y anunciará tus poderosos hechos… Del poder de tus hechos estupendos hablarán los hombres… y cantarán tu justicia” (Salmo 145:4-7). Por lo tanto, ha llegado el momento para que la iglesia —esta iglesia— encuentre su voz y testifique de lo que hemos visto, oído y experimentado.

Este mundo necesita escuchar el testimonio de aquellos que no se avergüenzan del evangelio de Jesucristo, porque sigue siendo el poder de Dios para salvación a todo aquel que cree (Romanos 1:16). Así que, no solo cuando hablemos entre nosotros, sino también en nuestras pláticas con nuestros vecinos y amigos. No conozco una mejor manera de iniciar una conversación que esta: “Déjeme hablarle de mi Jesús”. conversación que esta: “Déjeme hablarle de mi Jesús”.

SECCIÓN 1 – TESTIFIQUE CON UN CÁNTICO

Este mensaje estará dividido en tres secciones. La primera sección lleva como título “El testimonio del cántico”. El salmista declaró: “Las misericordias de Jehová cantaré perpetuamente; de generación en generación haré notoria tu fidelidad con mi boca” (Salmo 89:1).

En mi mensaje a la Asamblea de 2024, hice hincapié en el impactante momento de Hechos capítulo 2, cuando el Espíritu Santo irrumpió en el aposento alto como un viento recio que soplaba, y dije que tal vez la enseñanza más significativa de ese primer derramamiento no fue el don de lenguas, sino el don de oír; el hecho de que cada persona escuchó en su propia lengua las maravillas de Dios.

Esta fue, y continúa siendo, la misión de Pentecostés.

Reconciliar al mundo con Cristo por el poder del Espíritu Santo nos alinea con la misión pentecostal de llevar el testimonio de Cristo hasta los confines de la tierra, para que cada persona pueda oír en su propia lengua las maravillas de Dios.

La urgencia de esta misión impulsó la creación, en la pasada Asamblea, de la División de Comunicaciones Mundiales. Fue un paso de fe, con el propósito de amplificar el testimonio colectivo de la iglesia en todo el mundo. Antes de que terminara esa Asamblea, la visión ya ganaba un impulso poderoso.

Uno de nuestros obispos con credenciales se me acercó y me dijo que creía que su iglesia local estaría dispuesta a ayudar a financiar esta nueva iniciativa. Poco tiempo después, lo recibí en mi oficina en Cleveland. Había conducido desde Carolina del Sur para entregarme un cheque por la cantidad de $50,000 para apoyar a la recién establecida División de Comunicaciones Mundiales.

Quiero expresar mi sincero agradecimiento al obispo Ken Baker por captar la visión. Él se la llevó a casa, habló con el pastor, la junta de misiones y la iglesia. Pastor Gary Atkins y la Iglesia de Rock Hill, Carolina del Sur, gracias por responder con un rotundo “Sí” a esa visión.

Hoy, bajo el liderazgo del director ejecutivo, el obispo Dr. Shaun McKinley, la División de Comunicaciones Mundiales continúa expandiéndose rápidamente.

Lo que se está desarrollando no es el trabajo de una sola oficina, departamento o líder de ministerio. Es el esfuerzo conjunto de una iglesia global: líderes, pastores, voluntarios, profesionales creativos, comunicadores y creyentes de todo el mundo que han abrazado el llamado de expandir el testimonio de Jesucristo. Nuestro testimonio colectivo se hace cada vez más fuerte y está llegando más lejos que nunca. Hoy hay más personas escuchando sobre las maravillosas obras de Dios en sus respectivos idiomas, como nunca antes en la historia de nuestra iglesia.

Lleve su atención a la pantalla y testifiquemos de lo que ha hecho el Señor.

Desde los albores de nuestro movimiento, nuestros antepasados fueron impulsados por un llamado apasionado a compartir el evangelio. Ellos creían que el mensaje de Jesucristo era demasiado importante como para quedarse dentro de las paredes de una iglesia. Por lo tanto, aprovecharon todos los medios disponibles para llevar ese mensaje al mundo. Eran personas de fe, pero también tenían visión. Desde las páginas plegadas a mano de las primeras publicaciones hasta la voz incesante del Mensajero Ala Blanca, desde las películas proyectadas en salas oscuras hasta las transmisiones que cruzaron continentes, cada generación encontró nuevas formas de difundir la antigua historia. Con cada nueva herramienta y nueva generación, Dios abrió otra puerta. Lo que comenzó como tinta sobre papel se convirtió en voces a través de las ondas radiales, imágenes en pantallas y mensajes que han llegado más lejos de lo que nuestros pioneros habrían podido imaginar.

Y justo cuando pensábamos que la historia había llegado a su punto máximo, Dios nos llamó a avanzar hacia una nueva era.

Tal vez la enseñanza más significativa de aquel primer derramamiento no fue solamente el milagro de hablar, sino el milagro de oír, ya que cada hombre escuchó en su propia lengua las maravillas de Dios. Como un movimiento empoderado por el Espíritu, me regocijo cuando el viento recio que sopla da paso a la manifestación de hablar en otras lenguas. Sin embargo, mayor aún es el milagro de oír cuando comunicamos eficazmente las maravillas de Dios de tal forma que se escuchen y se entiendan cultural y lingüísticamente en todas las naciones del mundo.

Para cumplir la misión, reconciliando a esta generación con Cristo por el poder del Espíritu Santo, debemos abrazar la pasión que nuestro movimiento tuvo alguna vez de utilizar cada medio disponible para comunicar el mensaje del evangelio, de modo que todos puedan escucharlo en su propia lengua y en el contexto de su propia cultura. Nuestra visión para este día tan singular debe estar llena de anticipación por el futuro. La División de Comunicaciones Mundiales nos ayudará a dominar con fluidez los idiomas de hoy y del mañana, para que cada hombre, mujer, niño y niña escuche en su propia lengua, tal como sucedió en Hechos 2, las maravillas de Dios.

Desde nuestra última reunión, ese desafío ha sido aceptado en su totalidad y la visión continúa avanzando. La División de Comunicaciones Mundiales está ayudando a la iglesia a compartir las maravillas de Dios con las naciones. El sitio web de la iglesia ha sido completamente rediseñado; ahora está optimizado para dispositivos móviles, fácil de usar y está disponible en varios idiomas, incluidos inglés, español, francés y portugués. A través de la aplicación de la Biblia, los planes de lectura desarrollados por nuestro equipo han superado los 2 millones de finalizaciones, colocando la enseñanza bíblica directamente en las manos de personas de todo el mundo, tanto en inglés como en español. Se están transmitiendo nuevos pódcasts que difunden regularmente enseñanzas, testimonios y predicaciones a una audiencia global. Entre ellos, el pódcast Sound Doctrine [Doctrina sana] continúa compartiendo semanalmente mensajes ungidos de nuestra historia a miles de oyentes; a su vez, nuevas iniciativas como “En la misión” están difundiendo lo que Dios está haciendo actualmente en las naciones.

El panfleto Somos la Iglesia de Dios de la Profecía —una herramienta sencilla pero poderosa para la evangelización, orientación de nuevos miembros y programas de discipulado— está siendo traducido a todos los idiomas que habla nuestra familia a nivel global. Hemos completado la traducción a 27 idiomas desde la última Asamblea. Además, el Mensajero Ala Blanca, que antes llegaba a menos de 4,000 hogares y operaba con una pérdida anual de más de $100,000, es actualmente una publicación totalmente digital y gratuita que llega a más de 30,000 lectores en noventa naciones. Asimismo, se están realizando las capacitaciones Amplify (Amplificar) en distintos estados, regiones y naciones, equipando a las iglesias y ministerios locales para que puedan comunicarse eficazmente en el mundo digital y de los medios de comunicación de hoy en día. Por primera vez, contamos con recursos de marca visual que fortalecen la comunicación y la identidad de nuestra iglesia global. Además, una red creciente de enlaces de comunicaciones en todo el mundo sirve como puente para conectar la visión global con el ministerio local.

En la primavera de este año, se anunció el relanzamiento del sello discográfico Majestic Studio, creado para músicos, cantantes y compositores, al tiempo que reafirmamos el sonido único de la Iglesia de Dios de la Profecía. Actualmente contamos con nuestro propio canal de transmisión en vivo, disponible en plataformas como Apple TV, Google TV y Roku, el cual transmite enseñanzas y predicaciones poderosas con alcance global. También lanzamos nuestra aplicación móvil en múltiples idiomas, llena de contenido dinámico, noticias y material multimedia para conectar a las nuevas generaciones. Además, a través del proyecto de preservación del legado, se han digitalizado miles de horas de grabaciones históricas y miles de fotos, preservando nuestra historia para las futuras generaciones y disponible en línea para [trabajos de] investigación. Y seguimos trabajando con ímpetu en nuestro mayor reto de alcanzar los 139 idiomas que se hablan en nuestra iglesia.

Nuestro equipo de traducción se ha expandido. La variedad de idiomas que ofrecemos desde las oficinas internacionales pasó de solo cinco a 48 idiomas, ¡y sigue aumentando! En muy poco tiempo, miles de personas han accedido a los recursos disponibles a través de nuestras plataformas globales porque, cuando la iglesia habla con claridad, el mundo escucha. ¡Esto apenas comienza! Las herramientas pueden cambiar, pero la misión es la misma: reconciliar al mundo con Cristo, asegurándonos que cada hombre, mujer y generación escuche las maravillas de Dios. Hoy, nos preparamos para dar el siguiente gran paso.

¿Qué viene después?

La iglesia está aprendiendo a hablar el idioma de esta generación de forma dinámica y significativa. La comunicación jamás ha sido limitada únicamente a las palabras y las imágenes. Desde el Génesis de las Escrituras y la historia, el testimonio ha viajado en las alas de la música y el cántico.

Éxodo 15 narra un milagro extraordinario que ocurrió poco después de que los hijos de Israel salieran de Egipto. Mientras el ejército del faraón se acercaba por detrás, Dios abrió el mar Rojo que estaba frente a ellos. Grandes paredes de agua se quedaron inmóviles mientras el pueblo de Dios cruzaba a salvo por tierra firme. Y cuando el ejército del faraón los perseguía, las aguas se juntaron, se tragó a los carros, a los jinetes y a todo el ejército egipcio.

Al ver lo ocurrido, el pueblo de Dios no pudo contener su alegría y alivio. Entre cánticos, panderos y danzas, testificaron diciendo, “Entonces cantó Moisés y los hijos de Israel este cántico a Jehová, y dijeron: Cantaré yo a Jehová, porque se ha magnificado grandemente; ha echado y mi cántico, y ha sido mi salvación” en el mar al caballo y al jinete. Jehová es mi fortaleza . (Éxodo 15:1, 2)

Y el cántico continuó a través del capítulo 15 de Éxodo. El cántico de Moisés testificó que Dios salva; Dios lucha por Su pueblo; Dios derriba el poder de la esclavitud; y Dios reina eternamente.

En Jueces, capítulo 5, Débora y Barak cantaron su testimonio de liberación, y a través del cántico, su victoria fue grabada de forma permanente en la memoria de todo el pueblo.

David también testificó con cántico, diciendo, “Puso luego en mi boca cántico nuevo, alabanza a nuestro Dios. Verán esto muchos, y temerán, y confiarán en Jehová” (Salmo 40:3). Su cántico nuevo se convirtió en un testimonio evangelístico.

srael no solo cantó su testimonio, también cantó su teología. Por medio de salmos, cantaron sobre el arrepentimiento, el pacto, el señorío, el Mesías, la adoración. Cantaron sobre el sufrimiento, la esperanza, la resurrección y la redención venidera.

El testimonio a través del cántico continuó a lo largo del Nuevo Testamento:

María cantó su testimonio mientras llevó al Mesías en su vientre.

Los ángeles testificaron en el nacimiento de Cristo, cantando: “Gloria a Dios en las alturas”.

Jesús y Sus discípulos cantaron antes de que Él fuera a la cruz.

Pablo y Silas cantaron mientras estaban encarcelados en Filipos.

El libro de Apocalipsis hace eco de los cánticos de los redimidos.

Así que, a lo largo de la historia, la verdad del evangelio ha encontrado a menudo su lugar en los corazones y en las vidas a través del cántico. Dentro de nuestro propio movimiento, la música ha desempeñado un papel fundamental para forjar nuestra identidad y proclamar quiénes somos como pueblo de Dios.

En mis años de juventud, la iglesia se esforzaba intencionadamente por crear oportunidades para que los cantantes y músicos testificaran de las maravillas de Dios a través de los talentos que Él les había dado. Hubo un tiempo en que, teníamos nuestro propio estudio de grabación con la tecnología más avanzada del momento. Contábamos con nuestro propio sello discográfico: Majestic Records, e incluso teníamos nuestra propia red de distribución a través del Broadcast Record Club. ¿Cuántos de ustedes recibieron un disco por medio del Broadcast Record Club?

En los últimos años, ese sonido no ha sido tan prominente como antes, pero está regresando. Hay una nueva generación de músicos, cantantes, compositores y líderes de alabanza que han sido llamados a testificar. Tenemos un talento asombroso en esta iglesia.

Algunos quizás se estén preguntando si todavía hay una plataforma en la Iglesia de Dios de la Profecía para su voz, su creatividad, sus talentos y sus dones. ¡La respuesta es un rotundo “sí”! Hay un lugar para el talento ungido que honra a Dios en la Iglesia de Dios de la Profecía, y queremos ofrecer una plataforma para que testifiquen.

En vista del continuo crecimiento de la División de Comunicaciones Mundiales, estamos convencidos de que llegó el momento para lanzar un nuevo ministerio bajo su gran cobertura. Le hemos dado el nombre Departamento Internacional de Música.

Este departamento servirá a la iglesia global suministrando las herramientas necesarias para enriquecer la experiencia de adoración en todas las congregaciones, independientemente de su tamaño.

Ofrecerá espacios para el adiestramiento y el desarrollo integral.

Impulsará la conexión, el trabajo conjunto y el apoyo mutuo entre aquellos que sirven en el ministerio de la música alrededor del mundo.

Y brindará supervisión y dirección para el sello Majestic, permitiéndonos celebrar su regreso al tiempo que difundimos el sonido distintivo de la Iglesia de Dios de la Profecía.

Amén. Esto es más que música: Esto es testificar. Esto es testimonio.

Cuando el carcelero de Filipos escuchó a Pablo y a Silas cantar himnos a Dios a la medianoche, y sintió que la prisión bajo sus pies temblaba, dijo: “¿qué debo hacer para ser salvo?”.

Solo puedo imaginar cuántas personas en este auditorio se acercaron a Jesús por primera vez a través de un cántico. Cantantes y músicos: Dios puede usar sus voces. Él quiere usar sus talentos. Ustedes tienen un testimonio que puede ser usado por el poder del Espíritu Santo para reconciliar al mundo con Cristo.

Ahora, tal como sucedió cuando lanzamos la División de Comunicaciones Mundiales, esta iniciativa es otro paso de fe. De hecho, la persona que ha aceptado liderar este nuevo ministerio es el director de nuestro coro, Chad Lambert.

Él seguirá viviendo donde reside actualmente, y ha aceptado hacer esto sin recibir un salario. Pero estoy seguro de que, a medida que la visión se siga alineando con la misión, Dios continuará demostrando Su fidelidad.

Tal vez algunos de ustedes en este auditorio sientan el dulce impulso del Espíritu Santo para respaldar financieramente el lanzamiento de este nuevo ministerio. Les aseguro que, si sienten ese toque del Espíritu y responden, su generosidad será profundamente agradecida y administrada con la más alta integridad.

SECCIÓN 2 – HASTA LO ÚLTIMO DE LA TIERRA

El número 40 aparece a largo de las Escrituras, marcando momentos significativos de preparación, prueba, transición y propósito divino:

El Diluvio sobre la tierra duró cuarenta días y cuarenta noches (Génesis 7:12).

Moisés permaneció en el monte Sinaí por cuarenta días y cuarenta noches (Éxodo 34:28).

Israel exploró la tierra de Canaán durante cuarenta días (Números 13:25).

Goliat desafió al ejército de Israel durante cuarenta días (1 Samuel 17:16).

Nínive tuvo cuarenta días para arrepentirse (Jonás 3:4).

Jesús fue tentado en el desierto durante cuarenta días (Mateo 4:2).

Sin embargo, el período de cuarenta días más significativo en las Escrituras fue, tal vez, el tiempo transcurrido entre la resurrección de Cristo y Su ascensión.

Es impactante que [Jesús] dedicara Sus últimos cuarenta días casi en su totalidad a preparar la iglesia para testificar. Los discípulos enfrentaron esos días llenos de temor, confusión, desánimo y encerramiento. No obstante, salieron de allí convencidos, comisionados, investidos de poder y listos para dar su vida por el testimonio de Jesucristo.

Todo lo que Jesús hizo entre la resurrección y la ascensión fue diseñado para preparar a creyentes comunes a vivir vidas extraordinarias, proclamando un testimonio empoderado por el Espíritu.

Primero, Jesús les dio una comisión.

(De hecho, encontramos esta comisión reflejada en los cuatro Evangelios).

“Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones”. (Mateo 28:19)

“Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura”. (Marcos 16:15)

“…y que se predicase en su nombre el arrepentimiento y el perdón de pecados en todas las naciones, comenzando desde Jerusalén”. (Lucas 24:47)

“Entonces Jesús les dijo otra vez…como me envió el Padre, así también yo os envío”. (Juan 20:21)

Esa comisión nos ha sido entregada a nosotros.

Segundo, Jesús les dio una promesa.

En Hechos 1, les dijo: “…que esperasen la promesa del Padre… mas vosotros seréis bautizados con el Espíritu Santo dentro de no muchos días” (vv. 4 y 5).

Eso fue en Hechos capítulo uno.

También en Hechos 1, Jesús les dio una estrategia de misión.

“…pero recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos en Jerusalén, [aquí está la estrategia] en toda Judea, en Samaria, y hasta lo último de la tierra”. (Hechos 1:8)

Por último, Jesús los llenó de poder.

Y poco tiempo después de Su ascensión, Hechos 1 abrió paso a Hechos 2, momento en que un estruendo como de un viento recio que soplaba llenó toda la casa donde estaban sentados. Lenguas como de fuego se asentaron sobre cada uno de ellos, “Y fueron todos llenos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les daba que hablasen”.

Permítanme hacer una pausa, en este momento, para declarar que todavía creemos en el hablar en lenguas en la Iglesia de Dios de la Profecía. Somos un pueblo pentecostal. Escucho rumores por ahí de que tal vez las lenguas no son hacia donde debemos dirigirnos en el ministerio del siglo XXI, pero no nos alejemos de nuestras raíces ni de los fundamentos de la Palabra.

Poco después, tras el derramamiento del Espíritu, Pedro se puso de pie y testificó sobre la resurrección de Jesucristo, y alrededor de 3,000 almas fueron reconciliadas con Cristo por el poder del Espíritu Santo. Después, Pedro y Juan testificaron nuevamente con denuedo, y miles más creyeron.

Pero algo estaba sucediendo aquí. Desde Hechos 2 hasta el capítulo siete, el cristianismo, aunque se estaba expandiendo en número, seguía siendo, en su mayor parte, exclusivamente en Jerusalén.

Pero luego algo sucedió en Hechos 8. Apenas unos pocos años después de Pentecostés, los creyentes difundían su testimonio por toda Judea y Samaria, cumpliendo a la perfección la promesa de Jesús. Lucas señala explícitamente que “todos fueron esparcidos por las tierras de Judea y de Samaria, salvo los apóstoles” (Hechos 8:1). El liderazgo no era el que expandía el testimonio en aquel tiempo; los líderes permanecían aún concentrados en Jerusalén.

Eran los creyentes los que salían a difundir las buenas nuevas de salvación. Quiero que sepan que no se requiere de una credencial ministerial para testificar. Cada miembro de esta iglesia debe ser un portador del evangelio de Jesucristo

Los discípulos ya habían testificado en Jerusalén y habían llevado su testimonio a Judea y a Samaria. La tierra”. Los discípulos no concebían el mundo según única frontera que quedaba era “los confines de la los continentes y naciones; su entorno conocido estaba determinado mayormente por el imperio romano y sus amplias rutas comerciales.

En su máximo esplendor, el imperio romano cubría cerca de dos millones de millas cuadradas y albergaba a una población estimada de 60 a 70 millones de personas. Así que, el desafío era monumental. No obstante, anunciaron el evangelio por regiones donde nadie lo conocía. Fueron andando. Fueron a caballo. Fueron en barcos. No había aviones. No había automóviles, imprentas, radio, ni Internet. La iglesia del primer siglo no tenía edificios. Tampoco había estructura denominacional, seminarios, tecnología moderna, y contaba con muy pocos recursos. Sin embargo, lo hicieron. ¡Lo hicieron! Llevaron el testimonio de Jesucristo hasta los confines de la tierra en cumplimiento de Hechos 1:8.

Tanto las Escrituras como fuentes históricas fiables demuestran cuán lejos llegó ese testimonio en la era apostólico. El relato de los Hechos documenta la expansión del evangelio a través de Siria, Asia Menor, Grecia y, finalmente, hasta Roma.

Aproximadamente treinta años después de Pentecostés, Jerusalén había sido evangelizada y se habían plantado iglesias en Judea, Samaria, Asia, Grecia, Roma y Siria. En tan solo una generación, el evangelio pasó del aposento alto, donde se congregaban 120 almas, hacia los principales centros poblacionales más importantes del mundo conocido. Tanto así que, al final de su ministerio, Pablo escribió en Colosenses 1:23 que el evangelio ya se había predicado “a toda la creación”.

La iglesia era un testigo empoderado por el poder del Espíritu; su testimonio cruzó fronteras y alcanzó al mundo entero. Su misión comenzó en casa y luego se extendió hasta alcanzar cada frontera posible, permaneciendo como uno de los movimientos misioneros más extraordinarios de la historia humana. Como Pablo nos recuerda en 2 Corintios 5:19: “Dios andaba reconciliando al mundo consigo mismo”.

Hoy, mucho ha cambiado desde el primer siglo, pero la misión sigue siendo inalterable.

En muchos sentidos, nos encontramos en ese mismo fluir: se nos ha confiado el mismo evangelio, somos empoderados por el mismo Espíritu y comisionados a llevar el mismo testimonio hasta los confines de la tierra. El testimonio es misional. Testificamos para que las personas puedan reconciliarse con Cristo. Un sermón puede proclamar que Jesús salva, pero el testimonio demuestra, con la evidencia de una vida, que Él ha obrado salvación.

Por lo tanto, la pregunta ante nosotros hoy es: ¿Qué estamos haciendo con nuestra promesa, con nuestro poder, con nuestra comisión y con nuestro llamado?

Bueno, permítanme comenzar con algunas buenas noticias. Tengo una buena y una mala. Primero daremos la buena.

A lo largo de los años, nuestro movimiento ha adoptado de manera intencional un modelo misionero híbrido que consiste en honrar y apoyar a los hombres y mujeres que han sido llamados a servir transculturalmente, al tiempo que se levantan pastores locales y líderes nacionales dentro de sus propias naciones.

Hoy en día, la inmensa mayoría de los pastores y obispos nacionales de la Iglesia de Dios de la Profecía son líderes autóctonos o personas con raíces profundas en sus regiones. Ellos conocen el idioma. Entienden la cultura. Aman a la gente. Y están profundamente comprometidos con seguir testificando de las maravillosas obras de Dios en su propia Jerusalén.

Esto define a la Iglesia de Dios de la Profecía. No somos una iglesia norteamericana alcanzando al mundo, sino una iglesia global unidos en la misión de Dios.

Eso es innegable cada vez más en nuestras reuniones al ver las culturas y escuchar los idiomas. No somos una iglesia meramente regional del «Cinturón de la Biblia» del sur. Somos globales. Somos la familia de Dios en todo el mundo.

La ofrenda misionera ha sido parte de nuestro ADN desde el principio. Las actas de la Sexta Asamblea en 1911 registran que se leyó una carta enviada por un misionero de la iglesia en las islas Bahamas y se elevó una oración. Dichas actas hacen constar que, entre lágrimas y gemidos, se depositó una ofrenda de $21.05 sobre la Biblia abierta. No era mucho dinero, pero fue un testimonio poderoso.

Aquellos primeros creyentes vieron más allá de sus propias comunidades e invirtieron en llevar el evangelio a las naciones. Durante el siglo siguiente, ese compromiso ayudó a llevar el testimonio de Jesucristo por todo el mundo. De una ofrenda de $21.05 en 1911 a más de $25 millones en la última década, esta iglesia ha demostrado una y otra vez su total compromiso con la cosecha. Se han enviado misioneros.

Se han plantado iglesias.

Se han levantado y capacitado líderes.

Hemos dado generosamente a nuestros Compañeros en la Cosecha, orfanatos, La Mano que Ayuda y proyectos especiales alrededor del mundo.

Sé que mañana la hermana Cathy Payne estará reconociendo a algunas de nuestras iglesias misioneras, pero hoy quiero destacar a algunas por su excelente dádiva misionera. Esto es solo en los últimos dos años desde la última Asamblea. Todas las iglesias que voy a reconocer han dado más de $50,000 para misiones en los últimos dos años:

Breezewood – Fayetteville, Carolina del Norte $53,048.50

Keith Street – Cleveland, Tennessee $54,104.50

Restoration Fellowship – Murfreesboro, Tennessee $56,307.71

North Wilkesboro, Carolina del Norte $62,444.29

Lynn, Massachusetts – Noreste Hispana $80,502.00

Marion, Ohio $193,159.77

Esta última está muy cerca de mi corazón. La primera iglesia que Kelly y yo pastoreamos cuando comenzamos el ministerio pastoral fue una congregación muy pequeña en Marion, Ohio. En ese tiempo, tal vez apenas tenía unos 22 miembros, pero para nosotros era la iglesia más grande de toda la Iglesia de Dios de la Profecía. Esa iglesia todavía no se considera una iglesia grande, pero desde la última Asamblea, ¡esta iglesia en Marion, Ohio, ha donado casi $200.000 para misiones!

Juntos, hemos llevado el testimonio de Jesucristo a naciones, culturas, idiomas y comunidades a lo largo y ancho del mundo.

Por esto damos gracias. Pero hay un motivo de preocupación, y quiero que me escuchen con mucha atención.

Las tendencias actuales a nivel denominacional muestran un abandono de las misiones internacionales para priorizar el trabajo comunitario local. Según los datos del Estado de la Cristiandad Global del Seminario Teológico Gordon-Conwell, el 82 por ciento de todos los fondos dados a causas cristianas se utilizan ahora para ministerios dentro de las congregaciones locales, y el 12 por ciento se usa para la evangelización nacional, dejando solo un 6 por ciento para alcanzar los confines de la tierra.

Este dilema no es exclusivo de la Iglesia de Dios de la Profecía; se manifiesta de manera generalizada, pero nos está impactando. Ya comenzamos a notar ciertos cambios. Permítanme hablar con total franqueza, si me lo permiten.

De acuerdo con nuestros registros, y hago referencia solo a las iglesias de los Estados Unidos en este momento debido a que la mayoría de las ofrendas misioneras a través de los años han procedido de Norteamérica. Según nuestros archivos de las iglesias de EE.UU. desde la última Asamblea, únicamente el 21 por ciento de nuestras iglesias ha dado a Compañeros en la Cosecha, solo el 16 por ciento ha contribuido al Fondo Ayude a un Niño, y menos de la mitad de nuestras iglesias ha dado algo para las misiones generales.

Me preocupa que estemos perdiendo la visión amplia que antes llevó nuestro mensaje a todo el mundo. Nuestra visión colectiva está mostrando signos de miopía y solo nos enfocamos en lo inmediato y perdemos el horizonte.

Ahora, ruego que escuchen con atención. Lo entiendo perfectamente. El ministerio local es crucial. Ese es su Jerusalén. Con 28 años de ministerio pastoral, entiendo perfectamente la urgencia que generan las necesidades apremiantes de nuestras comunidades. Pero jamás debemos perder de vista a Judea, Samaria y hasta lo último de la tierra. Esta es la misión que nos encomendó nuestro Señor Jesucristo.

La miopía no solo está afectando el dar para misiones; también está afectando el envío de misioneros.

Los estudios actuales sobre el cristianismo global revelan realidades desalentadoras. La población mundial ya supera los ocho mil millones de personas. Aproximadamente 2.6 mil millones se identifican como cristianos. Escuchen atentamente: menos del 0.02 % de los cristianos responde al llamado de cruzar fronteras como misioneros de tiempo completo. Menos de dos centésimas del uno por ciento.

Ahora bien, muchos están realizando viajes misioneros a corto plazo. Se están canalizando esfuerzos humanitarios y oportunidades de ministerio intercultural, pero el compromiso de vidas consagradas al campo misionero es algo que no se está viendo. La mayoría de nosotros nunca ha tenido el privilegio de empacar una maleta, abordar un avión y llevar el evangelio más allá de nuestras propias fronteras.

Es cierto, el idioma puede ser desconocido, la comida es distinta, seguro que sí. Las costumbres de otras tierras nos sacan de nuestra comodidad, pero hay personas por todo el mundo que necesitan su sonrisa, sus palabras de ánimo, su servicio y escuchar su testimonio. Necesitan conocer la razón de la esperanza que habita en su vida. Necesitan saber que hay esperanza en este mundo, que Jesús los ama. Necesitan escuchar de su propia boca las maravillas de Dios.

Así que, durante los próximos dos años, voy a pedirle al Departamento Internacional de Misiones Mundiales que nos guíe en la renovación de nuestra visión global hasta alcanzar el último rincón de la tierra ―despertando una visión ferviente que impulse tanto el ofrendar como el envío de obreros.

Se le pedirá a Misiones Mundiales que asuma el liderazgo en un esfuerzo colaborativo con otros departamentos ministeriales para facilitar y coordinar oportunidades estratégicas de viajes misioneros a corto plazo por todo el mundo.

Pastor, imagine el impacto que tendría en su propia iglesia llevar a un grupo de sus líderes a uno de esos viajes.

Padre, imagínese ir con su hijo a un viaje misionero para compartir su testimonio.

Madre, imagínese llevar a su hija.

Jóvenes, imagínense lo que sería invertir una o dos semanas de su verano sirviendo en otro estado, región o país diferente.

Tomará unos meses poner los planes en marcha, pero cuando esté todo listo, no se demore. No lo dude. No lo deje para después. ¡Sea de los primeros en decir: “¡Yo iré! ¡Yo serviré! ¡Yo seré testigo! ¡Yo testificaré!”

Es necesario encender esa chispa una vez más y avivar la llama del dar y del ir. De algo estoy seguro: cuando usted empaque sus maletas, se suba a ese avión, vea con sus propios ojos lo que Dios está haciendo alrededor del mundo y vaya a compartir su testimonio, su vida cambiará para siempre.

SECCIÓN 3 – QUIERO CONTARLE DE MI JESÚS

Salmo 89:1: “…De generación en generación haré notoria tu fidelidad con mi boca”.

Mientras Dios guiaba a los hijos de Israel desde Egipto hacia la tierra prometida, actuó con la firme intención de asegurar Su testimonio para las generaciones venideras. Le ordenó a Moisés a levantar un tabernáculo. En medio del tabernáculo estaba el lugar santísimo, el cual estaba separado de todas las demás partes del santuario por un velo grueso. Nadie podía entrar en ese lugar sagrado excepto el sumo sacerdote, y solo lo podía hacer una vez al año, en el día de la Expiación.

Allí, Dios le habló a Moisés, diciendo, “Y de allí me declararé a ti, y hablaré contigo de sobre el propiciatorio, de entre los dos querubines…” (Éxodo 25:22).

Este era el lugar donde se unían el cielo la tierra. Y fue en ese lugar sagrado donde Dios decidió preservar el testimonio.

El arca del pacto, la cual también se conoce en las Escrituras como el arca del testimonio, estaba construida de madera de acacia. Medía dos codos y medio de largo, un codo y medio de ancho, y un codo y medio de alto. Estaba cubierta de oro puro por dentro y por fuera, y adornada con una cornisa de oro a su alrededor. Se colocaron anillos de oro en cada esquina, y varas de esa misma madera ―cubiertas de oro― se introdujeron a través de esos anillos para que el arca pudiera ser transportada sin ser tocada, porque ningún hombre podía tocarla y vivir.

Física y espiritualmente, todo giraba en torno al arca del testimonio. Este no era un mueble cualquiera. Dios le ordenó a Moisés que colocara el testimonio que Él le daría dentro de ella, ¡y qué testimonio increíble era!

Primero, estaban las tablas de piedra en las que Dios había escrito con Su propio dedo. Este era el testimonio del pacto de Dios. Testificaba quién era Dios y lo que Él requería.

Segundo, estaba una vasija de oro que contenía el maná. Este era el testimonio de la provisión divina. Cada mañana en el desierto, se le recordaba a Israel que su pan diario provenía directamente de la mano de Dios. Por Él vivían, se movían y existían.

Y, por último, estaba la vara de Aarón que floreció. Este era el testimonio del poder de Dios. Un trozo de madera seca cobró vida en Números 17. No solo cobró vida, sino que echó brotes, floreció y dio almendras maduras de la noche a la mañana, quedando como un testimonio de la soberanía y el poder de Dios.

El arca contenía Su Palabra, Su provisión y Su autoridad. Era el testimonio de la fidelidad de Dios para con Su pueblo.

En el desierto, Dios ordenó que se colocara este testimonio dentro del arca ―esa caja que fue construida. Pero bajo el nuevo pacto, Él ha depositado Su testimonio en el corazón de personas redimidas.

Ya no llevamos un arca; llevamos un testimonio.

No caminamos con una pieza de mobiliario; caminamos con el fuego del Espíritu Santo.

No damos testimonio de un objeto, sino de un Señor resucitado.

Pablo dijo: “Pero tenemos este tesoro en vasos de barro, para que la excelencia del poder sea de Dios, y no de nosotros” (2 Corintios 4:7).

Dios tomó aquello que estaba en el arca del testimonio y lo depositó en Su pueblo. Somos los portadores de Su testimonio. Tenemos Su Palabra escrita en nuestros corazones, Su provisión dando fruto en nuestras vidas y Su autoridad manifestada por el poder del Espíritu Santo.

Así que, testifique. Hombres, levanten su voz. ¡Testifiquen!

Mujeres, su voz es vital. ¡Así que testifiquen!

Ahora, ya que estamos hablando de portar el testimonio de Jesús, permítanme decir algo que es de suma importancia para esta iglesia. Conversaciones recientes en el mundo cristiano en general han levantado interrogantes sobre el lugar de la mujer en el ministerio. Nuestra convicción no ha cambiado. Desde nuestros primeros días, hemos creído que el ministerio no está restringido a un solo género. Dios prometió que derramaría Su Espíritu sobre toda carne: sus hijos y sus hijas.

Mucho antes de que fuera algo popular o polémico, este movimiento ya afirmaba los dones espirituales y el llamado de las mujeres para servir como predicadoras del evangelio, evangelistas, maestras, pastoras, plantadoras de iglesias, líderes de ministerio y misioneras. En esta iglesia, las mujeres que han sido llamadas por Dios y han completado su proceso de credencialización sirven a la par de sus colegas masculinos como ministras con credenciales del evangelio de Jesucristo.

Por más de un siglo, mujeres fieles han llevado el testimonio de Jesús. Mujeres como

Elva Howard, cuya visión formó a generaciones;

Palma Hutchinson, quien sirvió fielmente a la iglesia y llevó el evangelio con poder; y

Cathy Payne, quien dedicó décadas invirtiendo en las naciones, animando a los misioneros, fortaleciendo a líderes y proclamando a Cristo en más de cien naciones del mundo.

Honramos el legado de Sylvia Staten, Kathryn Creasy, Pattie K. Scotton, Verna Seager y de incontables mujeres más, cuyas huellas están por todo el reino de Dios.

Algunas de estas mujeres predicaron bajo enramadas. Algunas pastorearon congregaciones locales. Algunas enseñaron a los niños. Otras cruzaron océanos. Algunas lideraron departamentos ministeriales. Algunas discipularon a una persona a la vez. Diferentes asignaciones, pero el mismo Espíritu Santo.

Así que, hermanas, ¡no retrocedan!

Su testimonio nos recuerda que Dios jamás ha limitado la participación en Su obra a un solo género. A lo largo de las Escrituras y a través de la historia —la historia de nuestro movimiento—, Él ha escogido, llenado y enviado tanto a hombres como a mujeres a Su cosecha con un testimonio poderoso.

En la resurrección de Jesús, fueron María Magdalena y la otra María quienes escucharon primero el anuncio del Cristo resucitado, convirtiéndose en las primeras testigos comisionadas de la resurrección. Antes de que Pedro lo predicara, antes de que Juan lo escribiera, antes de que los apóstoles lo proclamaran a las naciones, estas mujeres llevaron el primer testimonio de que “¡Él había resucitado!”. Y cuando Pablo quería mandar su obra teológica más importante a Roma, eligió a Febe para confiarle esa carta sagrada, y probablemente ella también tuvo que explicársela a los creyentes.

Así que, mujeres, si Dios las llama, nosotros las bendecimos.

Si Él las unge, nosotros las afirmaremos.

Si Dios las envía, nosotros las respaldaremos.

Porque esta iglesia siempre ha creído que cada ministro lleno del Espíritu, sin importar su género, tiene un testimonio digno de ser proclamado.

Por lo tanto, les digo a todos

Lleven Su Palabra a un mundo confundido.

Lleven Su provisión a un mundo quebrantado.

Lleven Su autoridad a un mundo carente de poder.

Lleven Su fidelidad a una generación que necesita esperanza urgentemente.

Cuando Israel acampaba en el desierto, cada tribu encontraba su lugar alrededor del tabernáculo, y el tabernáculo mismo fue organizado alrededor del arca del testimonio. Así que, el testimonio estaba en el centro de todo.

Cuando Israel marchaba, el testimonio dirigía el camino.

Cuando cruzaron el río Jordán, el testimonio iba delante de ellos.

Cuando Jericó cayó, el testimonio lideró la procesión alrededor de la ciudad.

Todo seguía centrado en el testimonio.

La iglesia debe mantener el testimonio de Dios en el centro de su vida y misión.

Debemos proclamar Su Palabra.

Debemos testificar de Su provisión.

Debemos avanzar Su reino con Su autoridad.

Así que, “Díganlo los redimidos de Jehová…” (Salmo 107:2).

Declárelo.

Compártalo.

Proclámelo.

No necesita un llamado especial para testificar.

No necesita un título teológico para testificar.

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