Por casi tres décadas el presbítero general de Eurasia y el Oriente Medio —y más de cuatro décadas de servicio misionero antes y durante esa asignación—, el obispo Clayton Endecott ha ayudado a moldear una de las regiones ministeriales más compleja y culturalmente diversa de la Iglesia de Dios de la Profecía. Su influencia es visible en las iglesias plantadas, los líderes desarrollados, las naciones alcanzadas, los diálogos teológicos y las generaciones de creyentes equipados para llevar el evangelio a lugares que suelen ser difíciles y en ocasiones peligrosos. Al concluir este capítulo de su liderazgo, la iglesia hace una pausa no solo para reconocer sus años de servicio, sino [también] honrar una vida rendida consistentemente a los propósitos de Dios.
En el centro de esta historia ha estado su fiel compañera y esposa, Wanda. Juntos han enfrentado cada temporada del ministerio, sirviendo hombro a hombro en el ministerio pastoral, la obra misionera y el liderazgo internacional. Un año después de graduarse del Colegio Tomlinson, Clayton y Wanda se casaron y entraron en el ministerio pastoral. Ellos comenzaron sirviendo en Joliet, Illinois, luego ministraron en California antes de pasar seis años fructíferos pastoreando en Pekin, Illinois, donde nacieron sus primeros dos hijos. Durante esos años Clayton fue ordenado como obispo y comenzó a servir como supervisor de distrito; más Dios les tenía preparado algo mucho más grande.
En 1983, con sus dos hijos pequeños y lo que iba a ser un compromiso de dos años, los Endecott se mudaron a Langen, Alemania para pastorear una congregación compuesta mayormente de familias militares norteamericanas. Poco se imaginaron ellos que aquello que comenzó como una asignación temporera se convertiría en un llamado de toda la vida.
En lugar de permanecer en la comodidad de un ministerio de habla inglesa, Clayton y Wanda se sumergieron en la cultura alemana. Aprendieron el lenguaje, construyeron relaciones dentro de la comunidad y alcanzaron a jóvenes a través del evangelismo al aire libre y un ministerio cristiano de café conocido como Teestube. De esas primeras relaciones creció algo extraordinario.
En 1989 nació una congregación de habla alemana en el departamento de los Endecott. De esos humildes comienzos surgió un movimiento boyante. Como resultado de ese simple acto de obediencia, hoy en día existen múltiples iglesias floreciendo, hay otras iglesias más plantadas y numerosas obras misioneras que son su legado espiritual. Muchos de los pastores y líderes actuales fueron una vez adolescentes discipulados por la paciente inversión de Clayton y Wanda en la vida de jóvenes, reflejando su convicción de algo para toda la vida: el futuro de la iglesia se construye mediante el desarrollo de líderes en lugar de solamente establecer congregaciones.
Su compromiso al desarrollo de líderes no solo moldeó Alemania sino a toda una región. Los creyentes jóvenes se convirtieron en discípulos maduros. Los discípulos se convirtieron en ministros. Los ministros se convirtieron en plantadores de iglesias. Los plantadores de iglesias se convirtieron en supervisores nacionales. Por medio de esa multiplicación de líderes firmes, el reino continuó expandiéndose en maneras que ningún ministerio lo hubiese podido lograr haciéndolo solos.
En 1993 el obispo Endecott fue nombrado supervisor de Alemania, Bélgica, los Países Bajos y Finlandia. Eventualmente sus responsabilidades se expandieron a Hungría, Rumania, Georgia, Azerbaiyán, la República Checa, Chipre, Grecia, Italia, Ucrania, Israel y otras naciones en la región. Entonces, en 1998, cuando la Iglesia de Dios de la Profecía adoptó su modelo de pluralidad para el liderazgo internacional, fue seleccionado como uno de los primeros presbíteros generales de la denominación para servir en la vasta región de Europa, la Comunidad de Estados Independientes y el Oriente Medio.
Pocas asignaciones ministeriales han requerido navegar entre una diversidad que sea tan grande. Dentro de esta área de comunidades antiguas cristianas y nuevas congregaciones plantadas, hay democracias y naciones florecientes que experimentan el conflicto, docenas de idiomas, un sinnúmero de culturas y una extraordinaria variedad de realidades políticas y religiosas. Hay ministerios que florecen públicamente, mientras que otros avanzan silenciosa y sabiamente. El pastorado en semejante región requiere más allá de destrezas administrativas; requiere discernimiento, paciencia, humildad cultural, profundidad teológica y firme dependencia en el Espíritu Santo.
Quienes han servido junto al obispo Endecott han visto consistentemente esas cualidades reflejadas en su liderazgo. Él ha sido conocido por ser un buen escucha antes de convertirse en un líder decisivo, uno que valora las voces locales mientras mantiene una amplia visión global y que se acerca a las situaciones complicadas con sabiduría antes de llegar a conclusiones rápidas.
Su preparación para semejante liderazgo refleja una combinación inusual de la experiencia pastoral y búsqueda académica. Luego de obtener sus títulos en Filosofía y Psicología, comenzó sus estudios graduados en la Universidad de Illinois antes que el llamado de Dios redirigiera su vida a Europa. En Alemana, continuó estudiando Lenguajes Bíblicos y Teología en la Universidad Goethe, y más adelante hizo sus estudios doctorales en Teología Pentecostal Constructiva a través de la Universidad Bangor en Gales. Sus intereses académicos nunca estuvieron separados de su ministerio; al contrario, fortalecieron su habilidad de servir a la iglesia con consideración mientras se dedicaba a la escolaridad teológica y el ministerio práctico.
Adicionalmente, esta credibilidad teológica le abrió puertas más allá de los límites denominacionales. El obispo Endecott sirvió en diálogos pentecostales- católicos iniciados por el Vaticano y participó en diferentes comités alemanes e internacionales dedicados a fomentar la comprensión entre los creyentes pentecostales, carismáticos y evangélicos. También sirvió en la junta del Seminario Teológico Europeo en Alemania, invirtiendo en la educación teológica de futuras generaciones de ministros.
Sin embargo, quienes lo conocen más de cerca testificarían de sus conversaciones personales que son de logros impresionantes. Ellos recuerdan las palabras de ánimo que les ofreció en el momento preciso, las preguntas que los desafió a crecer y de pastores que creyeron en él antes de reconocer por completo el llamado de Dios en sus propias vidas.
Esto es muy bien ilustrado en un testimonio que ocurrió en el Oriente Medio. Un joven líder recuerda cuando las oportunidades de recibir educación teológica parecían imposibles. “El hermano Clayton y su familia vieron en mí lo que yo mismo no podía ver”. Esa inversión no solamente cambió el futuro de un hombre sino que fortaleció el ministerio de una comunidad entera durante temporadas de conflicto e incertidumbre. Historias como éstas se han repetido a lo largo de la región, revelando uno de los dones más grandes del obispo Endecott: reconocer el llamado de Dios en otros y ayudarlos a desarrollarlo.
Durante estas décadas de ministerio, Wanda ha compartido fielmente en la obra, ya sea adaptándose a nuevas culturas, abriendo las puertas de su hogar, apoyando en iniciativas del ministerio o animando a pastores y familias de la región. Ella ha sido una compañera firme cuya fidelidad silenciosa ha complementado el liderazgo de su esposo. Juntos han sido un modelo de la vida devota al llamado de Dios.
Igualmente su familia se convirtió en parte de este testimonio. La familia que comenzó con dos hijos pequeños cuando llegó a Alemania, eventualmente creció a una familia de cuatro hijos; todos ellos están actualmente casados y sirviendo a las iglesias en toda Alemania y Europa. Hoy en día la familia ha crecido y tiene nietos que continúan el legado de fe y servicio, proporcionando un recordatorio más de que el ministerio se extiende del liderazgo público a las vidas de futuras generaciones.
Al considerar los años, las estadísticas solo revelan una parte de la historia. Bajo su liderazgo las iglesias se han multiplicado, nuevas naciones han sido alcanzadas, líderes han sido entrenados e iglesias se han expandido en la región. Sin embargo, los números por sí solos no reflejan la influencia espiritual. Ellos no cuentan de esos diálogos que ocurren en altas horas de la noche con pastores desanimados, oraciones hechas en las habitaciones de hospitales o sentados a las mesas de conferencias, el valor que requiere ministrar a los ministros en medio de turbulencias y guerras, o los innumerables actos en silencio en fidelidad que raramente aparece en los reportes pero que son totalmente conocidos por Dios.
A medida que el obispo Endecott transiciona fuera de su rol como presbítero general, las iglesias en Eurasia y el Oriente Medio son un testimonio vivo de lo que Dios puede hacer por medio de gente ordinaria que simplemente acepta Su llamado. Su liderazgo ha apuntado consistente la gente hacia Cristo, invirtiendo en líderes emergentes y fortaleciendo la misión de la iglesia en uno de los campos del mundo más desafiante para el ministerio.
El versículo que le ha guiado ha sido Josué 24:15: “pero yo y mi casa serviremos a Jehová”. Estas palabras no han sido meramente citadas en su ministerio; las han vivido en continentes, culturas y generaciones. Los futuros pastores predicarán en iglesias que los Endecott ayudaron a establecer. Los futuros misioneros servirán en naciones que ellos ayudaron a alcanzar. Los futuros líderes discipularán a otros porque hubo alguien que reconoció primero el llamado de Dios en sus vidas y luego tomó el tiempo para invertir en ellos. Este es el legado permanente del obispo Clayton Endecott —un legado medido no solamente en base a sus años de servicio, sino por las vidas transformadas, iglesias fortalecidas y generaciones preparadas para avanzar con el evangelio. Por su ejemplo, la Iglesia de Dios de la Profecía le ofrece su agradecimiento más profundo.
Gracias, obispo Clayton Endecott por servir fielmente a Cristo, Su iglesia y las naciones. Su vida nos recuerda que los ministerios más duraderos no se basan en el reconocimiento, sino en la obediencia firme al llamado de Dios.