“Por tanto, dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán una sola carne”. – Génesis 2:24
El matrimonio significa unirse y convertirse en una sola carne. Otra traducción de este versículo utiliza la frase como “allegarse”. En el hebreo original se usó la palabra dāḇaq (דָּבַק).
Esta palabra en hebreo, dāḇaq significa aferrarse, agarrarse, adherirse, unirse o hasta pegar con pegamento, reflejando un enlace permanente. Esta palabra aparece más de cincuenta veces en
las Escrituras. Un ejemplo de ello se encuentra en Deuteronomio 10:20, cuando Dios estaba renovando el pacto con Israel luego de que las primeras tabletas [de los Diez mandamientos] se
rompieron. Dios llama a Su pueblo a seguirlo —a temerle, servirle y jurar por Su nombre— en lugar de seguir los ídolos hechos por hombres. De modo similar, encontramos que en Josué 23:8, Josué les recuerda a los israelitas que sigan al Señor y permanezcan leales a Él.
Seguir [a Dios] describe una lealtad íntima —una dependencia total en Su poder y gracia.
De manera que, Dāḇaq, abarca todo esto: aferrarse, aguantarse, ser leal, pelear por, esforzarse, amar, cuidar, priorizar, edificar un fundamento, prometer, vincularse, ofrecerse a sí mismo enteramente y no estar avergonzado.
Desde el principio, la intención de Dios fue que el hombre y la mujer estuvieran juntos. Leemos que Adán y Evan disfrutaban la compañía mutua, trabajaban juntos y cuidaban el jardín del Edén —todo lo que Dios les había confiado. El matrimonio es un diseño de Dios; es un don que refleja Su naturaleza de vivir en comunidad. Es un compañerismo unido que se mantiene junto a pesar de las circunstancias o los desafíos.
Mi esposo y yo nos casamos en febrero de 2008. Yo tenía 22 años, y él apenas había cumplido 21 la semana antes de nuestra boda. Éramos jóvenes, sin experiencia, llenos de esperanza y emoción, y estábamos ansiosos de comenzar la vida juntos. Los pasados 18 años han sido los más hermosos —y los más desafiantes— de nuestras vidas.
Como llevamos 18 años aferrados uno del otro, ahora somos los padres orgullosos de tres hijos hermosos. Servimos en nuestra iglesia local en Langen, Alemania, donde mi esposo sirve como uno de los ancianos. Hemos servido juntos como pastores de jóvenes por muchos años y seguimos siendo directores del campamento. En nuestros corazones tenemos a las naciones presentes, y nos honra servir como coordinadores de jóvenes para Eurasia y el Oriente Medio. Cada dos años, ayudamos a Kirk Rising (director del Ministerio Internacional de Jóvenes) con la dirección de la conferencia Conectados diseñada para los jóvenes europeos. Mi esposo trabaja a tiempo completo como director de una compañía de mercadotecnia, y yo trabajo a tiempo parcial para una aerolínea.
Juntos hemos reído, llorado, peleado, argumentado, pasado por duelo, celebrado, amado, cuidado, ignorado, irritado uno al otro, aguantado y permanecido leales.
El testimonio de nuestro matrimonio es este: decidimos mantenernos unidos.
Nos casamos jóvenes, descubrimos nuestras carreras y dedicamos nuestro tiempo, finanzas y oraciones al ministerio. Siempre hemos sido ministros a tiempo completo, aunque no fuésemos pastores. Nuestro matrimonio es un reflejo de nuestra pasión por el Señor y por los perdidos. Eso es lo que más amo —que servimos juntos y permitimos que el Espíritu Santo nos dirija por entre medio de las diferentes temporadas. Es un gozo servir como pareja casada. En una ocasión, mi abuela le dijo a mi madre que ella tomaría dos de las decisiones más importantes de su vida. La primera sería decir sí a Jesús. La segunda sería decidir a quién le diría sí en matrimonio. Ambas decisiones moldearon toda su vida.
Yo le dije que sí a Jesús. Y le dije que sí a mi esposo.Y con gusto seguiré diciendo que sí a ambos, hasta que termine la carrera.
Al igual que todo matrimonio, hemos experimentado altas y bajas. Durante los primeros meses de nuestro matrimonio, apenas nos alcanzaba el dinero para comprar provisiones. Nuestros padres nos alimentaban y permitían que laváramos nuestras ropas en sus casas porque no podíamos comprar una lavadora. Juntos aprendimos a ser mayordomos de lo poco que teníamos y cómo encontrar favor [con otros] en nuestros trabajos. Diezmar se convirtió en una prioridad —incluso cuando teníamos poquito— y fuimos testigos de lo fiel que Dios es. Nunca nos faltó nada.
Nuestra mayor lucha fue la infertilidad. El dolor de anhelar tener hijos —clamar al Señor mientras Le servíamos fielmente, ver a nuestros amigos y familiares comenzar sus propias familias, cargando con sus bebés en brazos, mientras nos preguntábamos si alguna vez besaríamos a los nuestros— nos rompía el corazón. Sufrimos abortos naturales, años de espera, muchas visitas médicas y oraciones desesperadas por sanidad.
En medio de todo, Dios permaneció fiel, incluso cuando nos sentíamos débiles.
Al mantenernos unidos, nos aferramos al Señor —y Él nos bendijo con tres hijos maravillosos. Ellos son nuestro testimonio más grande, y cada día le damos gracias a Dios por ellos.
El matrimonio es una vida compartida —descubrir juntos nuevos lugares, enfrentar alegrías y tristezas uno al lado del otro, dormirse juntos y despertar para enfrentar cada día como el primero. Es tener a alguien que nos sostiene, desafía y cuida.
Mi esposo suele bromear diciendo que él “me salvo” —porque yo sabía que quería casarme con él al momento que entendí que necesitaba estar más llena del Espíritu para caminar a su lado. Él me animó a acercarme más a Jesús. Realmente él ha sido lo mejor que me ha sucedido, después que dije sí a Cristo.
“Mejores son dos que uno… cordón de tres dobleces no se rompe pronto” (Eclesiastés 4:9, 12).
Dado a que mi esposo y yo nos hemos mantenido unidos, Dios ha permanecido como centro de nuestro cordón. [Aunque] estamos entretejidos [en una relación de] esposo y esposa, cada cual se mantiene aferrado al Señor, individualmente. Sin la dirección del Espíritu Santo, no somos suficientemente fuertes. Para mantenernos unidos, debemos primero aferrarnos a Dios.
Yo creo que los matrimonios deben convertirse en la mayor prioridad de nuestros ministerios e iglesias. Los matrimonios saludables y llenos del Espíritu producen familias saludables y llenas del Espíritu; y las familias saludables y llenas del Espíritu levantan iglesias y generaciones saludables y llenas del Espíritu.
Nuestros ministerios y trabajos no pueden consumir todo nuestro amor, gozo, paz, paciencia, bondad, benignidad, fe, mansedumbre y templanza. Debemos primero aferrarnos a Jesús personalmente, luego a nuestros matrimonios y familias. De esa corriente, ministramos.
Mi matrimonio no es perfecto. Yo no soy una esposa o madre perfecta. Pero bajo la convicción del Espíritu estoy determinada a hacer las cosas mejor —amar con mayor profundidad, perdonar con mayor rapidez, cultivar la paz y crecer en bondad, mansedumbre y templanza.
En mis estudios recientes en el Seminario Espíritu y Vida, fui profundamente inspirada por el libro escrito por el Dr. Michael Hernández, titulado Shalom in the Pentecostal Family (Shalom en la familia pentecostal). El Dr. Hernández escribe que la condición de las familias afecta la condición de la iglesia. Y yo añadiría que la condición de los matrimonios afecta las familias, y las familias afectan a la iglesia.
Entonces, pregunto,
- ¿Cuál es la condición de su matrimonio?
- ¿Cuál es la condición de su familia?
- ¿Cuál es la formación que está recibiendo su iglesia?
- ¿Cómo puede el Espíritu Santo fortalecer a su hogar en este día?
En Joel 2:28, 29 está la promesa del derramamiento del Espíritu Santo sobre toda la humanidad —jóvenes y ancianos, varones y mujeres. El derramamiento es para matrimonios y niños. La primera Asamblea en 1906, animó a las familias a practicar la adoración diaria juntos —a arrodillarse en oración como familia. Yo creo que nuestros matrimonios necesitan más gracia y perdón, menos resentimiento y más compasión, amor y guianza del Espíritu Santo.
¿No cree que sería hermoso si la Iglesia de Dios de la Profecía fuera conocida por tener matrimonios y familias saludables y llenos del Espíritu?
Yo y mi casa, nos aferraremos al Espíritu Santo y el uno al otro.