“Cuando vio Simón que por la imposición de las manos de los apóstoles se daba el Espíritu Santo, les ofreció dinero, diciendo: Dadme también a mí este poder, para que cualquiera a quien yo impusiere las manos reciba el Espíritu Santo”. (Hechos 8:18, 19)
Simón nos revela una realidad impactante. Más allá de su pecado, que conocemos muy bien, nos llama la atención su ambición. Era un hombre que dominaba a toda una ciudad con sus señales y prodigios. Lucas dice que el pueblo de Samaria, desde el más pequeño hasta el más grande, lo llamaban, “Este es el gran poder de Dios” (Hechos 8:10). Simón no era ningún principiante en las cosas ocultas. Se había dedicado al estudio de la magia y dominaba a las multitudes, pero también tenía la capacidad de reconocer el poder de Dios.
Cuando Felipe llegó a Samaria para predicar el reino de Dios, Simón fue testigo de algo que nunca había visto. Lucas dice que quedó “atónito”. Este es el mismo término que emplea para describir a quienes presenciaron cómo Jesús echaba fuera demonios. Los milagros que hacía Felipe no eran trucos, eran verdaderos. Eran el resultado de una vida llena del Espíritu Santo, no trucos teatrales. Simón —a pesar de su propia fama— quedó cautivado por lo que sus ojos veían.
[Dice la Biblia] que seguía a Felipe a todas partes. Cuando Pedro y Juan llegaron de Jerusalén e impusieron las manos sobre los nuevos creyentes, Simón vio la manifestación del Espíritu Santo sobre hombres y mujeres samaritanos, y perdió el control. Inmediatamente echó mano a su dinero, y quería comprar el don.
Durante siglos, la iglesia ha debatido cuáles en realidad fueron las verdaderas motivaciones de Simón. Sin embargo, en lugar de precipitarnos a juzgar, veamos qué nos revela su ambición sobre el estado de nuestra propia cultura eclesiástica.
Testimonio que no depende de una plataforma
Vivimos tiempos saturados de ruido religioso. Estamos enfocados en la difusión de programas, creación de plataformas sociales, diseño de logotipos para avivamientos y el desarrollo de estrategias de crecimiento espiritual. Aunque no hay nada de malo con esto, la realidad es que nada puede suplantar la publicidad verdadera del Espíritu. En otras palabras, tener una vida tan llena de la presencia de Dios que impulse a la gente a acercarse y decirnos: “quiero lo que tiene».
Felipe no organizó una campaña en Samaria. Por el contrario, llegó allí como un refugiado que escapaba de la persecución (Hechos 8:3, 4). Tampoco era un evangelista oficial por nombramiento; primero había “servido a las mesas”, y luego se convirtió en un instrumento para predicar el evangelio. Hechos 8:6 dice: “Y la gente, unánime, escuchaba atentamente las cosas que decía Felipe, oyendo y viendo las señales que hacía”. Estas señales no eran meros trucos, sino el reflejo de un hombre que vivía inmerso en el Espíritu de Dios que el cielo mismo se hacía palpable en cada una de sus acciones.
Simón no escuchó un testimonio sobre el Espíritu Santo. Él lo presenció.
Simón nunca había escuchado un testimonio sobre el Espíritu Santo. Lo presenció de primera mano. Sus ojos vieron cómo los espíritus inmundos salían de los cuerpos gritando, vio a los paralíticos levantarse y a los cojos caminar. Pero más adelante —y este es el énfasis del texto— vio el poder del Espíritu fluir por la imposición de manos comunes. Fue algo inaudito; una realidad que ni todo el dinero del mundo, ni todos sus años de ocultismo, habrían podido comprar o replicar. Una presencia real y vivificante descendió sobre aquellas personas. Era una manifestación tan genuina que resultaba imposible de falsificar, particularmente para un experto como Simón, que había dedicado su vida a los entresijos de las ciencias ocultas.
Ese es el verdadero poder del testimonio lleno del Espíritu. No es solo cuestión de palabras, aunque son importantes. Felipe predicaba a Cristo, [pero lleno del Espíritu]. Lo que realmente sacudió a Simón fue la fuerza indiscutible que acompañaba al mensaje. Las palabras de Felipe despertaron una sed que nada más había podido saciar.
Lo que Samaria vio
Los pioneros del pentecostalismo entendieron esta verdad desde el principio. El avivamiento de la Calle Azusa (en 1906) no se levantó sobre sermones refinados. Más bien, fue el fruto de una comunidad tan saturada del Espíritu que incluso la gente común que pasaba por la calle era impulsada a entrar, atraídas por una atmósfera que nunca habían experimentado. Aquellos que entraban para burlarse, terminaban quebrantados en llanto y hablando en lenguas desconocidas. Los periodistas que llegaban para escribir reportajes sobre el movimiento, a menudo se marchaban habiendo sido ellos mismos influenciados [por la presencia divina].
El mensaje central de Hechos 8 nos recuerda que la iglesia debe ser la evidencia viva del Espíritu, no solo su portavoz. Cuando los creyentes viven una verdadera unidad, guida por el Espíritu, y derriban barreras culturales tal y como hicieron Felipe, Pedro y Juan (judíos y samaritanos), el mundo observador es impulsado a acercarse, imitar y anhelar lo que nosotros poseemos.
El don que tenemos no está a la venta. Como dijo Pedro en Hechos 8:20, el don de Dios no es una mercancía. No se puede comprar mediante técnicas ni transacciones. Se recibe mediante la gracia cuando nos entregamos completamente al señorío de Jesucristo, y esa rendición absoluta es el testimonio más poderoso que podemos ofrecer al mundo.
Unidos para reconciliar: la dimensión samaritana
No podemos ignorar el peso geográfico de Samaria, una región definida por cicatrices ancestrales. Los judíos y los samaritanos compartían un linaje común, pero su enemistad precedía la misión de Felipe. Normalmente, un judío devoto evitaba pisar el suelo de Samaria; pero el Espíritu dirigió a un hombre lleno de Su poder en medio de esta enemistad, y desató un avivamiento que rompió las barreras tradicionales.
Cuando Pedro y Juan fueron a orar por los creyentes samaritanos, rompieron siglos de enemistad religiosa. Impusieron manos judías sobre hombros samaritanos, y el Espíritu Santo se derramó sobre todos por igual: el mismo Espíritu, el mismo don, una sola iglesia.
Este poder unificador del Espíritu no ha cambiado, y sigue siendo tan vital hoy como lo fue en Hechos 8. Aunque el mundo sigue dividido, y muchas iglesias a menudo siguen segregadas por raza, clase y cultura, el legado pentecostal —la historia de Azusa, donde creyentes negros, blancos y latinoamericanos se arrodillaron juntos— nos recuerda que el fuego de Dios no hace acepción de personas. Cuando el Espíritu desciende, llega la reconciliación. Él trae unidad. Él levanta en la iglesia una comunidad tan unida que la gente de afuera no puede evitar detenerse y preguntar: “¿Qué está sucediendo allí?”
El fuego de Dios traspasa barreras. Donde desciende el Espíritu, hay reconciliación.
Testifique con su vida
A medida que se acerca el domingo de Pentecostés, la iglesia es llamada a recordar sus raíces, no como mera nostalgia, sino como una celebración de renovación. Los dones del Espíritu no son cosas del pasado, están vivos. Él sigue sanando. La profecía sigue aumentando nuestra fe. El don de hablar en lenguas sigue siendo una señal de que la obra del Espíritu continúa. La plantación de nuevas iglesias también continúa dondequiera que hombres y mujeres llenos del Espíritu esparcen la semilla en tierras inexploradas.
Pero el reto de Samaria va más allá [de la teología] ―“¿Cree usted en los dones?” También plantea esta pregunta importante: “¿Es [mi fe] tan real que un hombre como Simón, quien lo había visto todo, dejaría todo por seguirme, deseando comprar lo que tengo?
Esa realidad no nace del servicio, sino de nuestra entrega. Se nutre en lo secreto, en esos momentos a solas. Crece cada día cuando nos rendimos totalmente a la voluntad del Espíritu Santo a través de la oración, la lectura de Su Palabra y en las decisiones diarias que nadie ve. Ese crecimiento espiritual penetra las comunidades que nos rodean, las familias en crisis y las Samarias que nos dijeron que debíamos evitar. El testimonio se propaga como el fuego, provocando que las personas que nunca han escuchado el mensaje sientan sed de la realidad que emana de nuestras vidas.
The church does not need a louder voice. The church needs a deeper fire. When we have that fire, we won’t need to persuade the world. We will only need to show up, and the Simons of our generation will come running.
Durante este mes, busque la profundidad del Espíritu, y no una mejor oratoria. Ore para que se derrame el fuego [divino], no prefabricado [a través de programas], sino porque usted vive en Su presencia. Luego busque su Samaria —el vecindario, un compañero de trabajo, un familiar alejado— y deje que su vida hable más fuerte que cualquier plataforma podrá jamás: hacer que alguien se acerque y le
pregunte: “¿Qué es eso que tienes?”