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Mi experiencia

Muchos imaginarían que alguien criado en una iglesia pentecostal conocería muy bien qué es el domingo de Pentecostés. Pero en mi caso, no fue así. No fue hasta hace trece años que descubrí por casualidad el calendario litúrgico. Siempre había escuchado a amigos hablar acerca del Adviento y la Cuaresma; sin embargo, cuando indagaba, me decían que no era una práctica nuestra, que solamente celebrábamos la Navidad y la Pascua. Nunca me dieron razón ni explicación alguna, pero tampoco sentí en ese momento la necesidad de saberlo. Me sentía satisfecha celebrando la Navidad y la Pascua. Con el tiempo, descubrí que la Cuaresma es un tiempo de ayuno, así que me sentí aliviada de que no formara parte de nuestra tradición. ¡Habría sido agotador ayunar tanto, justo después de la iniciativa de los “21 días de oración y ayuno” de la IDP!

En 2013, salí de mi iglesia local para dirigir un nuevo grupo, lo cual me dio la oportunidad de crecer y conectar con personas de diferentes trasfondos cristianos. A través de esas conversaciones, comprendí que el Espíritu Santo me estaba guiando a conocer mi propia fe y a preguntar a los demás acerca de sus experiencias personales. Creo que la fe puede ser enseñada, pero solo a través de la apertura al Espíritu Santo [la persona] puede conocer la verdad. Esa fue mi experiencia.

Para muchos en las iglesias litúrgicas, el calendario eclesiástico ha sido una forma sencilla de compartir la fe cristiana año tras año. Pero para mí, no tuvo nada de simple. Fue un proceso de aprendizaje inmenso. Yo tenía muchísimas preguntas y también prejuicios. Realmente me preguntaba si esto siquiera valía la pena, pero el Espíritu Santo seguía despertando mi curiosidad. Así fue como comencé a aprender sobre el Adviento y le enseñé a la congregación [su importancia]. Luego, les enseñé sobre el domingo de Pentecostés y la Cuaresma. ¡Me sorprendió saber que el color para el domingo de Pentecostés era el rojo! Con mucha alegría, nos vestimos de rojo y decoramos la iglesia con globos del mismo color. ¡Sentía que debía compensar todo el tiempo que había perdido! Fue un momento maravilloso: pentecostales celebrando, finalmente, el día de Pentecostés.

Aunque fue una gran experiencia, no podía evitar sentirme ignorante y un poco decepcionada. Pues, ¿cómo era posible que alguien que se había criado en una iglesia pentecostal desconociera el domingo de Pentecostés? Hechos capítulo 2 registra el evento de Pentecostés, y es el origen de nuestras raíces y el corazón de nuestra celebración como pentecostales. Seguía teniendo preguntas, pero los prejuicios que antes dirigía a quienes entendían el calendario eclesiástico, ahora los proyectaba sobre mi propia gente. Quisiera decir que entendí todo pronto, pero la realidad fue distinta. Comencé a luchar con Dios sobre muchos asuntos que mis dudas habían sacado a la luz. Pero esta lucha no era con mi familia o la crianza que tuve, ni con los hermanos de la iglesia o el liderazgo. Era una invitación de Dios para dialogar directamente con Él; estaba confiada en que Él saldría victorioso. ¡Y así fue!

Hoy no juzgo a quienes deciden o no celebrar el domingo de Pentecostés. Comprendo que muchos no marcan una fecha en específico porque para ellos cada día es Pentecostés. Sin embargo, escribir este artículo para el Mensajero Ala Blanca me ha enseñado más cosas sobre la Iglesia de Dios de la Profecía que no sabía. ¡Nosotros sí lo celebramos! ¿Siempre ha sido así? No lo sé, ni tampoco importa. Lo importante es que creemos en el poder, la persona y la misión del Espíritu Santo. Cuando nos unimos bajo un mismo propósito, el Espíritu de Dios se mueve poderosamente.

Pasaje bíblico

“Cuando llegó el día de Pentecostés, estaban todos unánimes juntos. Y de repente vino del cielo un estruendo como de un viento recio que soplaba, el cual llenó toda la casa donde estaban sentados; y se les aparecieron lenguas repartidas, como de fuego, asentándose sobre cada uno de ellos. Y fueron todos llenos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les daba que hablasen” (Hechos 2:1-4)

“Cuando llegó el día de Pentecostés…”

Para mí, esta frase significa que había llegado el momento. Igual que un ave sabe instintivamente cuándo sacar a sus polluelos del nido, porque sabe que dejarlos ahí más tiempo podría ponerlos en grave peligro.Para los discípulos, era el momento de volar. Tenían sus alas. Lo único que necesitaban era el sonido de un viento recio y poderoso.

“Estaban todos unánimes juntos…”

Tristemente hoy en día, cuando el pueblo se congrega para adorar, orar o participar de la Eucaristía, la unidad de propósito suele estar ausente. Esta realidad ocurrió también en la última cena; la reunión fue marcada por el caos. Jesús les dijo a Sus discípulos que sería traicionado por uno de los Suyos. [Tras Sus palabras], angustiosamente comenzaron a preguntarse quién de ellos cometería tal acto (Lucas 22:23). También hubo una disputa entre ellos sobre quién sería el más grande (Lucas 22:24). Jesús le dijo a edro que lo negaría, mas éste no le creyó (Lucas 22:31-34). Todos estaban en un mismo lugar, pero no estaban plenamente unidos en propósito. La prueba fue cuando Jesús fue arrestado y todos se dispersaron. Incluso después de la crucifixión, los discípulos se reunían a puerta cerrada porque tenían miedo (Juan 20:19).

Tras la resurrección, un sentido compartido de propósito comenzó a apoderarse de ellos. Sus reuniones giraban en torno a un único y asombroso relato: habían visto a Jesús. María Magdalena y la otra María corrieron a decirles que la tumba estaba vacía y que Jesús había resucitado (Mateo 28:8). Del mismo modo, los caminantes de Emaús se dieron prisa para dar la noticia de que el Señor en verdad había resucitado (Lucas 24:34). Así ocurre cuando compartimos buenas noticias unos con otros.

“Y de repente…”

El período entre la Pascua y Pentecostés se conoce como “tiempo pascual”. Durante estos días, suelo invitar a las personas a estar atentas a los milagros de Dios: esas maravillas silenciosas que ocurren a nuestro alrededor. Tengo la costumbre de colgar un pequeño cristal en una ventana por la que entre la luz del sol o del retrovisor de mi auto. Siempre veo como la luz incide sobre él, se refracta y rápidamente comienza a dispersar pequeños arcoíris por todas partes. Esta llegada repentina y espontánea de arcoíris nunca deja de llenarme de asombro.

Me imagino que la intencionalidad de los discípulos al reunirse en un mismo sentir y en un mismo lugar fue toda una experiencia. Vieron a Jesús resucitado y compartieron Sus historias. Vieron al Jesús resucitado ascender al cielo. Ahora estaban juntos; no estaban dispersos ni había caos. “[Le] adorar[on], volvieron a Jerusalén con gran gozo; y estaban siempre en el templo, alabando y bendiciendo a Dios” (Lucas 24:52, 53).

Conclusión

Me maravillo cómo Dios se manifiesta en los momentos más sencillos de la vida. A pesar de sentirme lejos y con la mente aturdida, un pequeño cambio me devuelve la claridad y renueva la presencia de Dios. Esto es un milagro. Reconocer la fe que he heredado es un milagro. Luchar con Dios es un milagro. Ser sensible al Espíritu Santo es un milagro. Maravillarme es un milagro. Sentir asombro y quedarme sin palabras cuando se revela la gloria de Dios es un milagro. Ser testigo de cómo la creación alaba y adora a Dios es un milagro.

Ya sea que celebremos Pentecostés cada día o solo como parte del calendario litúrgico de la iglesia, ¡Dios se manifestará!

De forma inesperada.

De repente.Suddenly.

Como el sonido de un viento recio.

Como un fuego ardiente.

En otras lenguas.

Y somos testigos.

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