Durante la noche de apertura de nuestra Asamblea Internacional tuvimos el Desfile de las Naciones entrando —bandera tras bandera representando nación tras nación— un tapiz vivo de la iglesia global. Cada paso transmitía una historia. Cada bandera representaba vidas, idiomas y tierras tocadas por el evangelio —una declaración visible de que el reino de Dios no está limitado a un solo lugar, pueblo o cultura.
Antes de que se predicara el primer sermón, ya éramos testigos de algo profundo.
Semanas después de esa reunión nos encontramos viviendo lo que yo llamo el resplandor.
En el mundo natural, el resplandor es la luz que se queda después de la puesta del sol. Ella da un sentido de tranquilidad en el cielo, se expande hasta el horizonte y nos recuerda de que algo radiante acaba de ocurrir. Aunque su fuente ya no sea visible, su efecto permanece.
En la Escritura encontramos un cuadro poderoso de este tipo de resplandor.
La Biblia nos dice que cuando Moisés descendía del monte Sinaí después de estar en la presencia de Dios, su rostro resplandecía con la gloria del Señor (Éxodo 34:29-35). El aspecto radiante fue tan evidente que el pueblo temía acercársele. Moisés cubría su rostro con un velo —no porque la gloria estuviera ausente, sino porque estaba presente.
Eso es el resplandor —la evidencia visible de haber estado en la presencia de Dios.
Moisés no inventó ese resplandor. No se esforzó para tenerlo ni tampoco lo actuó. Esto fue el resultado natural de tener un encuentro con el Señor. Y aunque el tiempo pasó, el resplandor de ese encuentro permaneció con él.
De manera similar, lo que nosotros vivimos en la Asamblea no está limitado a esos días del calendario. La presencia de Dios entre nosotros dejó huella —un resplandor espiritual que aún continúa.
La noche de apertura [inició] con el Desfile de las Naciones, dando pie a esta realidad. Al ver cada nación [representada] que desfiló, recordamos que somos parte de algo mucho más grande que nosotros. Esa percepción —esa claridad que permanece— es parte del resplandor. Es la realización de que somos un pueblo formado por el Espíritu y conectado a otros globalmente, y que lo que Dios está haciendo en una región está conectado con lo que Él está haciendo en otra.
Durante la Asamblea hubo momentos poderosos —adoración que nos elevó, predicación que nos conmovió, oración que nos marcó. Sin embargo, con frecuencia, es durante los días siguientes que esos momentos comienzan a cobrar significado. Lo que vivimos corporativamente ahora nos llama a una expresión personal. Esa es la obra del resplandor.
Al igual que sucedió con Moisés, quizá no siempre estamos del todo percatados de este resplandor, pero otros lo pueden ver. Debe haber algo diferente cuando regresamos —algo en nuestra perspectiva y postura—. Esto no se debe a nuestro intento en preservar un evento, sino a que hemos sido moldeados por un encuentro.
La edición de septiembre del Mensajero Ala Blanca mostrará con palabras e imágenes lo que experimentamos en la Asamblea: momentos de unidad, reverencia, gozo y un mover divino. Pero el verdadero resplandor no está limitado a unas páginas de la revista. Este va dentro de las vidas de los presentes en aquel lugar.
La pregunta que enfrentamos no es si la Asamblea es importante.
La pregunta es si tenemos ese resplandor.
Si el rostro resplandeciente de Moisés era el resultado de estar con Dios, entonces seguramente nuestras vidas también reflejan algo de Su presencia —no de una manera que atraiga la atención de otros hacia nosotros, sino de una manera que irrefutablemente apunte hacia Dios.
[Aunque] no podemos permanecer en la montaña, no podemos perder lo que sucedió allí.
Eso lo llevamos con nosotros en el liderazgo.
Lo llevamos a nuestras iglesias.
Lo llevamos en nuestro testimonio delante del mundo.
Avanzamos hacia adelante —no tratando de recrear el momento, sino siendo mayordomos fieles de lo que permanece. Y si hacemos esto, el resplandor no se desvanecerá en los recuerdos. [Sino que] al igual que sucedió con el rostro de Moisés, continuará resplandeciendo, dando testimonio de que hemos estado con el Señor.
(Nota: La versión anglófona de este artículo fue editada por ChatGPT para su estructura, gramática y claridad.)