Hay momentos en la vida que dejan una huella tan profunda en el espíritu que ni el tiempo puede borrar. Para mí, nuestra Asamblea Internacional (antes llamada Asamblea General) es uno de esos momentos sagrados. Hasta donde recuerdo, nunca he faltado a una desde que era niño. Puedo decir sin dudarlo que las imágenes, los sonidos y la obra poderosa del Espíritu Santo están grabados para siempre en mi corazón.
Aún tengo grabado en mi mente los grandes coros elevando sus voces en una alabanza poderosa y unificada; la famosa Bahamas Brass Band llenando el ambiente con un eco triunfal; la predicación ungida que parecía conectar la tierra con el cielo; y, sobre todo, aquellos momentos imposibles de planificar o fabricar, cuando el Espíritu de Dios empezaba a moverse como una gran ola.
He presenciado esto en múltiples ocasiones. Viene a mi mente “la ola” que se hace en los estadios de fútbol cuando una grada se pone de pie, luego la siguiente y otra más, hasta que de pronto el estadio entero se une al movimiento. Pero este [mover] no es el entusiasmo de un partido. Este es el poder de Pentecostés. Comienza en un área —con manos en alto y voces unidas— y se extiende por toda la congregación hasta que miles de personas se ponen en pie, adoran, lloran y se gozan en un mismo espíritu.
Jesús dijo: “Porque donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (Mateo 18:20). Si esa promesa se cumple con dos o tres, ¡imagine lo que sucede cuando miles se reúnen en un mismo sentir!
Más que un simple acontecimiento, la Asamblea es un encuentro divino. Venimos de todos los rincones del mundo, con distintas culturas, trasfondos y lenguas; sin embargo, somos una sola familia en Cristo. Juan vislumbró esto en el Apocalipsis: “…una gran multitud… de todas naciones y tribus y pueblos y lenguas…clamaban a gran voz, diciendo: La salvación pertenece a nuestro Dios” (Apocalipsis 7:9, 10).
Cada Asamblea es un anticipo de esa realidad celestial.
Sin duda, se siente como una reunión familiar. Nos reunimos para tratar asuntos, adorar, escuchar la Palabra, recibir instrucción, inspiración, visión y confraternizar. Pero, sobre todo, venimos a testificar de [Él].
“Creí, por lo cual hablé” (2 Corintios 4:13). La iglesia siempre ha sido una comunidad que testifica. La Asamblea misma es un testimonio global de lo que Dios está haciendo a través de Su iglesia. Detrás de cada apretón de manos hay una historia. Cada himno es un testimonio y cada sermón exclama: “¡Mirad lo que ha hecho el Señor!”
“Y ellos le han vencido por medio de la sangre del Cordero y de la palabra del testimonio de ellos” (Apocalipsis 12:11). Nunca subestime el poder de su testimonio. Cuando nos reunimos, no solo informamos, ¡proclamamos nuestra victoria!
¡Así que vea esto como su momento de preparación!
Al igual que un equipo se reúne antes de un gran partido —lleno de energía, armonía y con metas claras— nos disponemos a reunirnos en el Rosen Shingle Creek en Orlando, Florida, del 15 al 19 de julio de 2026. Se respira un ambiente de expectación. Una santa expectativa y una profunda sensación de que Dios está por realizar algo poderoso en medio de Su pueblo.
A lo largo de las Escrituras leemos que cuando el pueblo de Dios se reunía, hacía más que simplemente congregarse: ellos recordaban, se regocijaban y renovaban su compromiso con el Señor. “Generación a generación celebrará tus obras, y anunciará tus poderosos hechos” (Salmo 145:4). Eso es exactamente lo que ocurre en la Asamblea.
Recordamos lo que Dios ha hecho.
Nos regocijamos en lo que Dios está haciendo.
Y renovamos nuestro compromiso con lo que Dios está a punto de hacer.
A medida que se aproxima nuestra Asamblea, les exhorto a venir preparados para testificar. Vengan llenos de expectación. Vengan con un corazón unido en un mismo sentir. Despójense de todo aquello que cause división y abracen el Espíritu que nos une. Pablo dice: “solícitos en guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz; un cuerpo, y un Espíritu…” (Efesios 4:3, 4).
Este es nuestro momento.
Este es nuestro momento.
Que canten los coros. Que se predique la Palabra. Que el Espíritu se mueva una vez más como un viento recio (Hechos 2:2).
¡Y que la voz de la iglesia se eleve y testifique!
Nos vemos en la Asamblea. Vengan preparados.
¡Testifiquemos!
Nota: La versión anglófona de este artículo fue editada por ChatGPT para dar mayor estructura gramatical y claridad.