¡Testifica, Iglesia! Una iglesia, un Espíritu: unificados para reconciliar

Tamaño del texto
Escuchar

Hay algo poderoso en el testimonio. No son meras palabras, sino una prueba tangible; una experiencia real. Es la expresión visible de lo que Dios hace en lo secreto. Cuando la iglesia testifica, no solo habla de Cristo; también lo revela al mundo.

Me viene a la mente una estrofa del conocido himno “Habladme más de Cristo”:

Quiero que habléis de aquel grande amor

Que en el Calvario Dios nos mostró;

Quiero que habléis del buen Salvador,

¡Habladme más de Cristo!

Esta estrofa resume la esencia de la vida redimida. Nuestro testimonio nace de una experiencia real. Somos fruto del cambio. Hemos sido libertados y sanados. Estamos completos en Él. No obstante, por muy poderosos que sean nuestros testimonios individuales, la iglesia ha sido llamada a proclamar un testimonio más grande: la unidad [de los creyentes].

En Juan 17 tenemos el privilegio de leer las palabras [sagradas] de la llamada “Oración sacerdotal de Jesús”. En la víspera de ir a la cruz, Jesús oró no solo por Sus discípulos, sino por todos los que creerían a través de Su mensaje, incluyéndonos a nosotros. ¿Y cuál era el peso de Su oración?

“Para que todos sean uno…para que el mundo crea que tú me enviaste”. (Juan 17:21)

Jesús establece una relación directa entre la validez de nuestro testimonio y la realidad de nuestra unidad. En otras palabras, si queremos que el mundo crea, primero la iglesia debe vivir en unidad. Esta unidad no es el resultado de nuestro propio esfuerzo humano.

Las Escrituras dicen que la unidad es primero un don de Dios, antes de que se convierta en nuestro deber. En Efesios 4:3, Pablo dice que debemos ser “solícitos en guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz”. Tome en cuenta el lenguaje empleado en la expresión: la unidad del Espíritu. Esta no es una unidad hecha por el hombre. Es la unidad que otorga el Espíritu.

El Espíritu Santo no produce división, sino unidad. [Más adelante], Pablo continúa diciendo: “un cuerpo, y un Espíritu…un Señor, una fe, un bautismo” (Efesios 4:4, 5). La unidad forma parte de la esencia misma de nuestra naturaleza como el pueblo de Dios.

Sin embargo, aunque la unidad es un don, también es algo que debemos cuidar. [Es importante] que los creyentes con diligencia preserven la unidad en la iglesia.

Es en esta parte donde nuestro testimonio sea hace visible ante el mundo.

La iglesia no ha sido llamada a simplemente predicar sermones sobre la unidad. Sam Clements, otrora obispo principal, dijo muy claramente que con frecuencia predicamos unidad, pero por otro lado practicamos división. Es urgente que pasemos del discurso a la práctica. Cuando anteponemos el amor a nuestras preferencias, la reconciliación a la división, la humildad al orgullo y la cooperación a la competencia, abrimos una ventana para que el mundo vea el reino de Dios. Cuando la iglesia vive en unidad, se convierte en un testimonio vivo de que algo sobrenatural está ocurriendo.

Este testimonio tiene un propósito: que el mundo crea…y sea reconciliado con Él.

Nuestra unidad es misional.

No hemos sido llamados a la unidad para sentirnos cómodos, sino por una misión [grande]. Dios nos confió el ministerio de la reconciliación (2 Corintios 5:18, 19). Somos embajadores de Cristo, llevando Su mensaje al mundo para que sea reconciliado con Él.

Pero más que predicarlo, el mensaje de la reconciliación cobra vida cuando es visible a los ojos del mundo.

Una iglesia dividida no puede anunciar eficazmente un evangelio reconciliador; pero una iglesia unida —una sola iglesia, llena de un solo Espíritu— se convierte en un poderoso testimonio de que la reconciliación no solo es posible, sino que es real.

Pero pregunto: ¿Cuál es nuestro testimonio?

¿Puede ver el mundo nuestra unidad? ¿Puede distinguir a un pueblo que, aunque con sus diferencias de raza, cultura y opinión, permanece unido por un vínculo más grande llamado el Espíritu del Dios viviente?

Testifiquemos, no solo con nuestras palabras, sino con nuestras vidas. Seamos ejemplo de la unidad por la que Jesús oró, la que proviene del Espíritu y que es indispensable para la misión que [Cristo] nos entregó.

Mientras nos aferramos a este llamado, que nuestra voz colectiva se levante con una fe renovada para testificar,

testificar,

testificar,

de lo que el Señor ha hecho…

Nota: La versión anglófona de este artículo fue editada por ChatGPT para dar mayor estructura gramatical y claridad.

Autor

Compartir esta publicación: