Instruyendo en la verdad para la misión

“Ejercítate para la piedad; porque el ejercicio corporal para poco es provechoso, pero la piedad para todo
aprovecha, pues tiene promesa de esta vida presente, y de la venidera”.
(1 Timoteo 4:7, 8)

Tanto las juntas profesionales como la mayoría de
las empresas requieren algún tipo de capacitación
formal de todo aquel que solicita empleo. Hay
varias razones, pero las más importantes son
la seguridad, la eficiencia y la productividad.
Ninguna empresa contratará personas poco
calificadas. Así que, si las empresas seculares
valoran la capacitación, ¿por qué algunos tienen
la idea de que se puede servir en el ministerio sin
formación previa?

Debo decir que no se necesita un título o un
diploma para servir en el ministerio. Sin embargo,
si Dios nos ha llamado al ministerio, es importante
capacitarse para la misión por delante. La realidad
es que no podemos cumplir la misión que Cristo
le encomendó a Su iglesia si carecemos de la
capacitación adecuada. Por eso, es imperativo
que nos ejercitemos en la piedad. Ahora bien,
la verdadera piedad no se trata de parecer
espiritual, tener una conexión especial con Dios o
incluso conocer bien las Escrituras. Ejercitarse en
la piedad significa que “somos transformados de
gloria en gloria en la misma imagen, como por el
Espíritu del Señor” (2 Corintios 3:18).

¿Cómo nos preparamos para la piedad?

En primer lugar, no debemos perder el enfoque
en la verdad de la Palabra de Dios
. Del mismo
modo que un profesional médico se dedica a su
especialidad, el ministro necesita enfocarse en su
área de estudio y práctica: la Palabra de Dios. Si
alguien acude a usted buscando ayuda espiritual y
guía para su alma, ¿qué le daría? La Biblia dice que,
al anochecer, después de que Jesús ministrara a
la multitud, los discípulos se acercaron y le dijeron que los despidiera para que fueran a comprar
comida. Mas Jesús les dijo: “No tienen necesidad
de irse; dadles vosotros de comer” (Mateo 14:16).

No basta con ofrecer simples consejos o palabras
de ánimo; nuestras palabras, pensamientos y
opiniones carecen de autoridad y sustancia si
no están arraigadas en Cristo. Eso fue lo que
precisamente le dijo el apóstol Pablo a Timoteo
cuando le aconsejó que ignorara “las fábulas
profanas y de viejas. [Y se ejercitara] para la
piedad” (1 Timoteo 4:7).

Al parecer, la urgencia de Pablo era que en ese
momento había falsos maestros que enseñaban
doctrinas humanas que no se encontraban en
las Escrituras o que ya no tenían lugar bajo la
gracia de Cristo. En 1 Timoteo 4:1, Pablo calificó a
estos supuestos ‘maestros’ como apóstatas “de
la fe, [influenciados por] espíritus engañadores
y…doctrinas de demonios”. Que Dios nos ayude
a mantenernos anclados en Su verdad, porque
como dice Juan 8:32, es el poder de la verdad de
Dios la que trae libertad.

En segundo lugar, debemos mejorar
continuamente nuestra forma de comunicar la
Palabra de Dios
. Al igual que los médicos deben
completar una residencia para practicar lo que han
aprendido bajo supervisión directa, los ministros
necesitan mentores y la guía del Espíritu Santo
para asegurar la integridad de la Palabra de Dios.
Pablo ejerció este rol con Timoteo, guiándolo en
la aplicación práctica de lo que había aprendido
y exhortándolo a evitar la tentación de predicar
lo que la gente quería oír. Claramente le dijo:
“Porque vendrá tiempo cuando no sufrirán la sana
doctrina, sino que teniendo comezón de oír, se
amontonarán maestros conforme a sus propias
concupiscencias, y apartarán de la verdad el oído
y se volverán a las fábulas” (2 Timoteo 4:3, 4).

Nuestras iglesias no pueden sustituir el evangelio
por trivialidades, elocuencia, pensamientos
inspiradores o discursos que solo buscan generar
sentimientos positivos. Una iglesia que deja de
predicar el evangelio de Cristo pierde su poder,
existencia, propósito y misión. ¡Que el Señor nos
perdone por las veces que nos hemos desviado
de la verdad absoluta de Su Palabra! El evangelio
de Cristo no necesita nuestra elocuencia, carisma
o explicaciones. La misión que Cristo nos dio es
simplemente que “prediques la palabra; que instes a tiempo y fuera de tiempo; redarguye, reprende,
exhorta con toda paciencia y doctrina” (2 Timoteo
4:2). ¡Que Dios nos ayude a predicar Su verdad,
toda la verdad y nada más que la verdad!

En tercer lugar, debemos nutrirnos de la verdad
de la Palabra de Dios
. Así como los profesionales
médicos asisten a la facultad de medicina
para aprender a practicarla correctamente, los
ministros deben nutrirse de la Palabra que utilizan
para alimentar a los demás. Bien lo dice el dicho:
“No podemos dar lo que no tenemos”, y esto se
aplica perfectamente al cuidado del alma.

La Palabra de Dios imparte vida. Jesús lo dijo
así: “Yo soy la vid, vosotros los pámpanos; el que
permanece en mí, y yo en él, este lleva mucho
fruto; porque separados de mí nada podéis hacer”
(Juan 15:5).

La Palabra de Dios es el combustible que nutre
nuestras almas; solo cuando permanecemos
conectados a Su verdad es que podemos dar fruto
en abundancia. Un ministerio que no se nutre de
la Palabra de Dios, carece de vida. Permita que la
Palabra de Dios revitalice primero su propia alma,
porque solo así podrá impartir vida a los demás.

La Palabra de Dios es nuestra guía. El salmista lo
dijo de esta manera: “Lámpara es a mis pies tu
palabra, y lumbrera a mi camino” (Salmo 119:105).
La Palabra de Dios nos enseña cómo llegar a ser
como Cristo. Ella nos guía por el camino correcto,
el camino de la justicia, y nos da el poder para
conducir a otros por ese camino. ¡Permita que la
Palabra de Dios sea su guía!

La Palabra de Dios santifica. En Juan 17:17, Jesús
le rogó al Padre, diciendo: “Santifícalos en tu
verdad; tu palabra es verdad”. La Palabra de Dios
es un agente de transformación. No podemos
seguir siendo los mismos cuando las Escrituras
revelan nuestro estado caído lejos de Cristo.
Esta convicción nos impulsa a ser más como Él.
¡Permita que la Palabra de Dios santifique su vida!

Pablo animó a Timoteo, diciendo: “Si esto enseñas
a los hermanos, serás buen ministro de Jesucristo,
nutrido con las palabras de la fe y de la buena
doctrina que has seguido” (1 Timoteo 4:6). ¡Le insto a capacitarse en la verdad para cumplir la
misión! Si siente el llamado de Dios en su vida, no
se conforme con solo asistir a los servicios para
recibir el mensaje del Señor. No se conforme con
abrir la aplicación de la Biblia y leer los versículos
del día. No dependa de la fuerza espiritual de
otros para avivar su fe.

¡Instrúyase en la verdad para la misión! ¡Hay
mucho trabajo que hacer! Los perdidos tienen sed
de escuchar la verdad, y nosotros debemos estar
preparados con esa verdad para satisfacer su
necesidad. Si las profesiones seculares invierten
tiempo para capacitarse para su misión aquí en
la tierra, ¿cómo no vamos a esforzarnos nosotros
para una misión cuyo impacto no termina en esta
vida terrenal, sino que trasciende a la eternidad?

Si se siente inspirado por el Espíritu para unirse
al Seminario Espíritu y Vida, le animo a llenar
la solicitud hoy mismo. Si Dios ha puesto en
su corazón el deseo de obtener un título de
posgrado, no se demore más; visite amdcogop.org
para obtener información. Si Dios le está llamando
a prepararse para el ministerio, ¡haga lo que sea
necesario para prepararse! ¡Instrúyase
en la verdad para la misión!

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