Un domingo tranquilo por la tarde, me acosté en la cama con mi canina de 17 kilos, color negro, llamada Mayflower.
Mientras la abrazaba, la acaricié, y le pasé la mano sobre su cabeza suave y peluda, y le dije que era una buena chica. Ella escuchó cada palabra que le decía:
“Eres una buena perrita. Eres de mamá. Te quiero”.
Sus ojos me seguían mirando fijamente mientras quería que le siguiera hablando. A ella le gusta que le digan “¡Eres una buena chica!”.
[Al ver esto] me sonreí y casi exploto en una carcajada al recordar las travesuras que había hecho esa misma mañana. Había masticado unos pedazos de servilleta que estaban en una mesita. Unos días atrás, cuando regresé a casa, encontré mi lapicero favorito hecho pedazos. Luego, unas semanas después, hizo fiesta con mis pastillas
para la garganta con xilitol, lo que la llevó al veterinario y terminamos pagando una factura de 200 dólares.
La verdad es que ella no es tan buena que se diga; es una perrita consentida.
Tiene defectos de carácter. Ella intimida al canino mayor, que pesa 36 kilos, llamado Remi que fácilmente la podría poner en su lugar, pero no lo hace porque es bien portado. Mayflower roba comida, ladra mucho, mendiga todo el tiempo, es testaruda y no siempre hace caso de lo que se le dice.
Sin embargo, mientras estaba allí en mis brazos, todas esas acusaciones se desvanecieron.
It’s funny just how quickly I forget her imperfections and begin showering her with words she so loves to hear:
“¡Eres una buena chica, eres mi pequeña!”
De repente, me detuve y comencé a preguntarme si así era como Dios me veía.
Vino a mi mente un versículo que recientemente había memorizado que habla de cómo Dios nos perdona cuando le confesamos nuestros pecados. Dios no solo nos perdona, también nos renueva y nos hace justos.
“Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad”. (1 Juan 1:9)
Me maravilla cómo Dios puede perdonar nuestros pecados y llamarnos justos.
¿Yo? ¿Justa?
No tengo dificultad para aceptar el título de perdonado, pero me es difícil pensar en que soy una persona justa. ¿Cómo es posible? Cometo errores todos los días. No siempre soy una persona amorosa o cuidadoso con mis palabras. Soy egocéntrica y testaruda… ¡igual que mi consentida Mayflower!
Y, sin embargo, mi Dios, mi Padre celestial, me perdona, me envuelve en Sus amorosos brazos y me llama justa.
Me llama Su hija.
¿Puede el Rey de reyes, el Señor de toda la creación, olvidar lo inútil que soy?
Esta pregunta me hace recordar otro versículo en el libro de Isaías 43:25: “Yo, yo soy el que borro tus rebeliones por amor de mí mismo, y no me acordaré de tus pecados”
¡Maravilloso! Él decide no recordar nuestros pecados.
¿Puede Dios olvidar? No. Él ha decido no recordar nuestros pecados. Siempre he considerado el olvido como una debilidad, pero a veces quizás sea una fortaleza. Dios puede hacer lo que quiera; pero Su amor hacia nosotros es tan grande que cuando nos arrepentimos de nuestras malas acciones, una y otra vez, Él decide no recordar nuestra [desobediencia].
El amor de Dios me asombra profundamente.
[Amo a] Mayflower, por eso rápidamente olvido su mal comportamiento y sus caprichos, y decido amarla. La perdono y la llamo ‘buena chica’
Le digo que es mía.
Entonces, creo que ser justo no se trata de ser perfecto, como siempre había creído.
Se trata de pertenecer a Dios, de ser reconocidos, perdonados y amados por Él, y de dejar atrás la culpa y la auto condenación. Es creer que somos perdonados, porque somos Suyos.
Si mi amor por Mayflower es así de grande, ¿cuánto MÁS grande es el amor de mi Padre celestial?
Dios dice que dejemos de cuestionar Su gracia y simplemente la aceptemos, que encontremos paz en saber que somos amados, perdonados y somos propiedad Suya. No se trata de nada que hayamos hecho, sino de cuán grande es Su misericordia.
Hoy, decido creer en Él. Decido estar agradecida.
Decido descansar en una gracia tan vasta que me abraza y me dice: “Te amo. Eres mía”,
aun en mis peores momentos.