¡Testifiquemos! Somos la Iglesia de Dios de la Profecía

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Hay algo profundamente personal en un testimonio. Se puede discutir sobre la doctrina. Se pueden debatir ideas. Pero cuando alguien comienza a compartir lo que el Señor ha hecho en su vida, es algo innegable. Es real. Se ha vivido. Se ha experimentado.

Y eso es lo que somos como Iglesia de Dios de la Profecía: somos un pueblo con un testimonio.

Cuando pienso en nuestro movimiento, no pienso primero en estructuras o sistemas. Pienso en personas: personas cuyas vidas han sido transformadas por el poder de Dios. Pienso en momentos en el altar, en la oración colectiva, en la música animada, en la adoración llena del Espíritu y en la predicación bíblica.

También pienso en el colegio de la iglesia que ayudó a moldear mi vida: donde me eduqué y donde encontré al amor de mi vida. Pienso en las amistades forjadas en las iglesias locales, en los campamentos de jóvenes, en las convenciones, en las conferencias y en las asambleas. Pienso en los mentores que me guiaron, en los llamados al ministerio que descubrí y en las oportunidades de servir que ayudaron a definir mi camino.

Cuando reflexiono sobre este movimiento, pienso en los campos misioneros y en la fundación de iglesias. Pienso en los miembros fieles a quienes se tiene en alta estima. Pienso en los bebés que son dedicados, en las parejas jóvenes que se unen en santo matrimonio y en la celebración de los santos que han pasado a la gloria.

Todo esto forma parte de nuestra historia.

No somos solo una iglesia con un mensaje, somos una iglesia con un testimonio:

Testificamos que Jesús es nuestro Salvador.

Testificamos que Él es nuestro Santificador.

Testificamos que Él es nuestro Bautizador en el Espíritu.

Testificamos que Él es nuestro Sanador.

Testificamos que Él es nuestro Rey que pronto vendrá.

Esto no es solo lo que creemos, es lo que hemos experimentado.

Lo he visto salvar. He visto cómo vidas que estaban quebrantadas, atadas y agobiadas han sido completamente transformadas por la gracia de Dios. Lo he visto santificar: apartando corazones, purificando vidas y llamando a las personas a una vida santa. Lo he visto bautizar a los creyentes en el Espíritu Santo, llenándolos de poder para vivir y dar testimonio con valentía. Lo he visto sanar —a veces al instante, a veces a través de un proceso, pero siempre fielmente—. Y vivo con la bendita esperanza de que, algún día, Él volverá.

Ese es nuestro testimonio.

Y no es solo mío, sino que nos pertenece a todos.

Desde iglesias locales en comunidades tranquilas hasta congregaciones que se reúnen en ciudades bulliciosas, de una nación a otra, nuestras voces se unen en una declaración unificada: ¡Miren lo que el Señor ha hecho!

Podemos venir de diferentes orígenes. Podemos adorar en diferentes idiomas. Podemos vivir en diferentes partes del mundo. Pero somos una sola iglesia, llenos de un solo Espíritu, compartiendo un solo testimonio.

Jesús oró por este tipo de unidad en Juan 17: que fuéramos uno para que el mundo creyera. Creo de todo corazón que cuando la iglesia está unida —no solo de nombre, sino en espíritu y propósito— nuestro testimonio se vuelve poderoso y persuasivo.

Pero permítanme decirlo claramente: nuestro testimonio no puede ser algo que solo digamos; debe ser algo que vivamos. El mundo no solo está escuchando nuestras palabras; está observando nuestras vidas.

Están observando cómo nos amamos unos a otros.

Están observando cómo respondemos bajo presión.

Están observando si lo que proclamamos el domingo se refleja en cómo vivimos el lunes.

Pablo nos recuerda que somos «cartas [vivas] … conocidas y leídas por todos los hombres». Eso significa que, dondequiera que vayamos, estamos contando una historia. La pregunta es: ¿qué historia estamos contando?

Si queremos dar testimonio de manera eficaz, nuestras vidas deben estar en consonancia con nuestro mensaje.

La buena noticia es que no tenemos que hacer esto con nuestras propias fuerzas. El mismo Espíritu Santo que dio poder a la iglesia primitiva nos da poder hoy. No tenemos que inventar nada. Simplemente vivimos vidas rendidas, y el Espíritu de Dios obra a través de nosotros, dándonos tanto el poder para vivir con rectitud como la valentía para hablar con confianza.

Somos la Iglesia de Dios de la Profecía: una iglesia con un testimonio.

Nota: La versión anglófona de este artículo ha sido editada por ChatGPT en cuanto a estructura, gramática y claridad.

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