En un mundo de culturas que se cruzan cada día, y de naciones que conviven en nuestras comunidades, la verdadera pregunta misional para la iglesia no es simplemente cómo hemos de ir, sino cómo vivimos como “enviados” en nuestros propios vecindarios. Movilizar a la iglesia para alcanzar a las naciones no es un sueño lejano solo para los misioneros foráneos; comienza en el corazón de nuestras iglesias locales. He sido testigo del gran avance del reino a través de las iglesias locales. Hay personas siendo llamadas al campo misionero, otros a predicar desde el púlpito, evangelistas llamados a proclamar la fe, líderes de alabanza que llevan al pueblo a la presencia de Dios… todo porque alcanzar a los que viven en nuestras comunidades es alcanzar a las naciones.
Primero nuestras comunidades, luego las naciones
El anuncio emitido por el obispo principal Tim Coalter en la Asamblea Internacional de 2024 sobre la División de Comunicaciones Mundiales es una clara evidencia de que la Iglesia de Dios de la Profecía busca difundir el evangelio en todos los idiomas, culturas y naciones. Pero, mientras vemos cómo se realiza este esfuerzo a nivel global, ¿cómo participamos nosotros en nuestra vida diaria? En Hechos 1:8, Jesús trazó un plan para Sus discípulos: “y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta lo último de la tierra”. Observe el orden: antes de que el evangelio llegue hasta los confines de la tierra, se arraigó primero en Jerusalén. ¿Por qué? La misión “local” no es una misión de segunda clase; es la plataforma de lanzamiento para la misión mundial. Si no somos capaces de ser fieles en compartir a Cristo con nuestros colegas, compañeros o vecinos, ¿con qué moral pretendemos llevar el mensaje a una cultura que es distinta a la nuestra? Alcanzar a las naciones comienza en nuestra propia comunidad, con la Alcanzar a las naciones comienza en nuestra propia comunidad, con la gente que conocemos: con quienes trabajamos, estudiamos y compartimos la vida. Encuentre a esa persona. Impacte a esa persona. Envíe a esa persona. Esto es discipulado. Cuando enviamos a cada discípulo a hacer lo mismo, el evangelio tiene el poder de extenderse como un efecto dominó, transformando una vida a la vez, en cada rincón del mundo, hasta que toda persona haya oído la verdad que nos ha sido revelada.
Empoderar a las personas
La vitalidad de una misión no depende de sus programas, sino de la gente. El evangelio progresa cuando los creyentes comunes son capacitados, motivados e impulsados a vivirlo. La visión nos da el “para qué”, pero la gente hace posible el “cómo” [ejecutar el plan]. Para motivar a la gente, se necesita en primer lugar claridad; es decir, deben entender la misión y comprender su lugar en ella. La declaración de misión funciona como una brújula que orienta a los creyentes, les recuerda a qué pertenecen y los convoca a un propósito que va más allá de sí mismos. Por ejemplo, la Iglesia de Dios de la Profecía define su misión como un “movimiento mundial que exalte a Cristo, procure la santidad, esté lleno del Espíritu, esté abierto a todas las naciones, sea hacedor de discípulos, sea establecedor de iglesias, y sienta gran pasión por la unión cristiana”. Declaraciones como esta no solo definen el propósito, sino que empoderan a los creyentes con identidad y dirección.
De manera que, para estar verdaderamente empoderados, los valores comunes y las acciones ejemplares deben reforzar nuestras palabras. Frases cortas y claras como el lema de [uno de los] Ministerios de Misiones Mundiales, “Cuidando de los más pequeños y solitarios”, ayudan a los creyentes a entender su participación en la misión y a unirse por un propósito común, aunque las palabras deben ir de la mano con la acción. Por eso, el aprendizaje ejemplar –lo que la Biblia describe como liderazgo de servicio– es fundamental. Jesús empoderó a Sus discípulos no solo con Sus enseñanzas, sino también a través de Sus acciones: sanando a los enfermos, compartiendo la mesa con los marginados y lavando los pies de Sus seguidores. Al hacerlo, probó que el empoderamiento no es una cuestión de poder, sino de dar el ejemplo. Cuando los líderes encarnan la misión, los creyentes ganan el valor para seguirlos, y la iglesia se convierte en una fuerza de discipulado, con creyentes que empoderan a otros.
Apoyando misiones globales
Para sostener las misiones en el mundo se necesita más que pasión, se requiere colaboración. A través de Compañeros en la Cosecha, la Iglesia de Dios de la Profecía ha establecido un vínculo directo para que las congregaciones locales y los creyentes impulsen la formación de discípulos en todo el mundo. Cada dólar que se ofrende es más que una ayuda financiera. Es una semilla que se siembra en las nuevas iglesias que se están estableciendo, líderes que se están formando y comunidades que se están transformando en 135 naciones. Ayudar financieramente a la obra no es un acto de caridad, sino una inversión en el reino. Sus ofrendas conectan a los creyentes con la gran narrativa que Dios está escribiendo en todo el mundo, uniendo a los creyentes y fortaleciendo el cuerpo de Cristo para llevar el evangelio a todas las tribus, lenguas y naciones.
Las misiones mundiales necesitan recursos, finanzas, bienes y mano de obra; pero sobre todo, nuestra oración y cobertura espiritual. El campo misionero no es solo un lugar de acción; es un campo de batalla. Pablo nos recuerda esto en Efesios 6:12: “Porque no tenemos lucha contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades”. Todo avance del evangelio enfrenta resistencia, pero las victorias se aseguran primero en el lugar secreto de la oración. Podemos llegar al campo misionero [ayudando] con nuestras ofrendas,
pero nuestra intercesión es primordial para que se produzcan resultados. Si descuidamos el lugar secreto de oración, estaremos descuidando el poder mismo que hace posible que se realice la misión en el mundo. Lo desafío a luchar espiritualmente por nuestros hermanos y hermanas en el campo misionero. Mientras usted y yo gozamos de la seguridad de nuestros hogares, ellos arriesgan sus vidas, exponiéndose junto a sus familias a la persecución. Encarecidamente, le pido que ore por nuestra familia alrededor del mundo. Escriba una nota en su Biblia para que cada vez que la abra, ore por ellos y por el evangelio que [anuncian en los distintos lugares donde se encuentran]. No tiene que viajar para estar en el campo misionero.
El llamado global del evangelio
El evangelio no es una sugerencia; es un llamado a las naciones. Jesús nos dio el mandato que aún resuena a lo largo de la historia: “Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones” (Mateo 28:19). Este llamado traspasa fronteras, no se doblega ante las barreras del idioma y no discrimina por culturas. La Iglesia de Dios de la Profecía ha abrazado este mandato con pasión, llevando el evangelio hasta los confines de la tierra a través de iniciativas misioneras, Compañeros en la Cosecha, traducciones a través del Departamento Mundial de Lenguajes, la Mano que Ayuda y una misión inquebrantable por alcanzar a los no alcanzados. Sin embargo, esta misión no es solo para los obispos o misioneros; es para todos. Los creyentes comunes son los instrumentos escogidos por un Dios extraordinario para cumplir [este llamado], y si cada uno se apropia de esta visión, nada podrá impedir el avance del reino.
Los misioneros de esta generación son los estudiantes, los trabajadores y las familias. El campo de batalla no solo se encuentra al otro lado del océano, sino también en las aulas de nuestras escuelas, en los lugares de construcción, en las oficinas y en nuestras propias mesas. A cada creyente se le ha dado la autoridad de Cristo y el poder del Espíritu para proclamar las buenas nuevas allí donde se encuentra. Cuando la iglesia reconoce esta verdad, no espera a que otro tome la responsabilidad, sino que se levanta como un solo cuerpo y una sola misión mundial. Este es el motor de la visión de la IDP: que las naciones sean alcanzadas porque el pueblo de Dios se rehúsa a callar, se niega a permanecer sentado y no permite que el evangelio quede estancando.
Desafío final
Esta labor no depende de nuestra fuerza, sino del poder del Espíritu Santo que obra en nosotros, si estamos dispuestos a ser Sus instrumentos. Solo tenemos que responder positivamente a Su llamado, comprometernos plenamente y no retroceder. Al hacerlo, cumplimos la gran comisión. No tenemos que viajar; nuestra misión está a nuestro alrededor. La gran comisión comienza con la gente más cercana: el estudiante que tiene cerca, los colegas de trabajo, su comunidad. Sea un ejemplo vivo de la visión de Dios, movilícese y apoye las misiones mundiales con sus recursos y oraciones. Dios nos ha dado un llamado: la gran comisión es nuestro llamado. No importa la nacionalidad o la edad, Dios llama a todo aquel que esté dispuesto a ser usado por Él. Iglesia de Dios de la Profecía, te desafío a responder con acción: pro Christo et Ecclesia (por Cristo y la iglesia).