Un testimonio de la República Checa
VERÓNICA SZLAUROVÁ
La primera vez que Dios me habló sobre una escuela de Biblia, no le respondí con un “sí”. Me sentí vacilante e insegura, sabiendo que no era algo que yo había planificado para mi vida. No obstante, Dios comoquiera me invitaba gentilmente a confiar en Él y poner mis planes en Sus manos. Mirando hacia atrás, puedo ver que Dios realmente nos conoce, más de lo que nosotros nos conocemos a nosotros mismos. Él conoce nuestras necesidades, las áreas que debemos rendirle, y cómo llevarnos exactamente hacia donde Él desea.
Ya pasó el primer semestre, y fue de gran bendición. Desde ese tiempo, han habido muchas cosas que han estado cambiando mi vida. Dios me ha estado sanando —trabajando profundamente en mi interior y levantándome, paso a paso. Al principio no fue fácil, pero una cosa sigue igual que desde el principio: Dios. Su presencia, fidelidad y guianza nunca cambian. Llegué a un punto en el que mis oraciones fueron sencillas: “Dios, te lo entrego todo. Dirígeme. Todo está en Tus manos”. En el proceso del quebranto, Él está creando algo nuevo en mí. He aprendido que cuando verdaderamente confío en Él, no siempre he de entender todo desde el comienzo. Sus planes son mejores. Aun con las presiones, siempre puedo llegar a un crecimiento más profundo.
Durante este semestre, he visto cómo Dios me enseña lo que en verdad significa depender de Él. Al considerar y darle más espacio en mi vida, puedo ver de lo que Él es capaz de hacer a través de mí —no por mis propias fuerzas, sino por Su poder. Esta fue una temporada que me permitió conocerme mejor, y a la misma vez, conocer a Dios más profundamente. También he recibido la gran bendición de aprender a estar arraigada en Su Palabra, crecer en conocimiento y estar equipada para el ministerio futuro. Creo que tenemos la responsabilidad de cooperar con la obra transformadora de Dios en nuestras vidas. Cuando Jesús dijo, “Ven, y sígueme”, incluyó cosas que todos debemos dejar atrás. En el proceso, me aferro a esta promesa [bíblica], “el que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Jesucristo” (Filipenses 1:6).
Un testimonio de Eurasia y el Oriente Medio
AVI ALAM
En ocasiones Dios trae personas a nuestras vidas que creemos que son de pasada solamente, o que se presentan solo para añadir o cambiar algo en específico, o incluso para desafiarnos. Pocos de nosotros entendemos el por qué y para qué estas personas llegan a nuestras vidas.
Sin embargo, cuando pertenecemos a la familia del Señor Jesús, tenemos a personas que trabajan con esfuerzo, fe, servicio y verdadero gozo para ayudarnos. En ocasiones, ellos lo que buscan es ayuda para que logremos nuestras metas —sean grandes o pequeñas.
En Juan 15:5 (NIV) dice, “Yo soy la vid y ustedes son las ramas. El que permanece en mí, como yo en él, dará mucho fruto…”
Esto fue lo que me sucedió en mi jornada de educación teológica. Mi hermosa familia —los seguidores de Cristo (Iglesia de Dios de la Profecía)— son las ramas que permanecen en Cristo y que desean dar fruto, como dijo Cristo. La ambición de mi amado hermano, el obispo Clayton Endecott y su familia fue mucho más grande que mi propia ambición personal. Me di cuenta de la oportunidad de recibir una educación teológica, más esto fue algo casi imposible para alguien como yo, que era nuevo en la iglesia y las enseñanzas del evangelio. Me encontraba en las primeras etapas de la vida —casado y con un bebé recién nacido, dirigiendo un proyecto deportivo en mi pueblo para proveer a las necesidades cotidianas de mi familia.
Sin embargo, ellos vieron en mí algo que yo mismo no podía ver. Esto, claro está, fue un acto de Dios, porque Él conoce a Sus ovejas, y Sus ovejas conocen Su voz. Por eso Él puso a esta familia en mi camino —para alcanzar la meta de ver lo casi imposible en aquel momento.
En Filipenses 4:13, Pablo dice, “Todo lo puedo en Cristo que me fortalece”.
Este versículo nos acompañó a mí y a mi familia durante la guerra (en Israel) y durante el período de confusión e incertidumbre sobre el futuro de nuestra familia.
El hermano Clayton, cuyo corazón estaba con la iglesia en Israel (especialmente su gente), nos animó y estaba determinado a ayudarnos porque somos una minoría en nuestra aldea y [también] en nuestro país. Nuestra iglesia es muy pequeña en comparación con otras iglesias tradicionales. Hubo una noche en la que hablábamos mi esposa y yo, y ella con recelo me dijo, “Nosotros seguimos al Dios verdadero, el Dios viviente. Que sea hecha Su voluntad. Escuchemos lo que Él tenga que decirnos. Dejémoslo todo y sigámoslo. Sigámoslo de verdad y sin vacilación”. Y ciertamente, eso fue lo que comenzamos a hacer. Dejamos nuestros proyectos, nuestras casas, nuestras familias y nuestra aldea para ir a Alemania a comenzar una vida, un futuro nuevo, y lo más importante, para edificar un fundamento para nuestras vidas basado en el Espíritu Santo y Jesucristo. Al llegar allá, pensamos que no teníamos a nadie que estuviera de nuestro lado y nos apoyara. No teníamos casa, ni carro, ni siquiera un cochecito para nuestro bebé.
Pero mucho antes de lo que esperábamos, Dios se reveló a Sí mismo por medio de Sus seguidores. En menos de 72 horas, llegaron hermanos de la iglesia provenientes de todas partes y llenaron nuestro hogar con muebles y regalos, incluyendo libretas escolares y bolígrafos. Desde el detalle más pequeño hasta el más grande, todo fue provisto en menos de tres días.
“Y cualquiera que haya dejado casas, o hermanos, o hermanas, o padre, o madre, o mujer, o hijos, o tierras, por mi nombre, recibirá cien veces más, y heredará la vida eterna”. (Mateo 19:29).
Mi esposa y yo dejamos a nuestras familias, a nuestras hermanas y a muchas personas que nos rodeaban. Pero pronto, todo se multiplicó al cien. La iglesia y la familia de Cristo se presentó con una generosidad que nunca había visto en mi vida y que solo había escuchado en testimonios e historias. Mi esposa entonces me dijo, con lágrimas en sus ojos, “¿Acaso tengo que decirte que nuestro Dios es grande y que vive en nuestros medios, que Él es quien da y arregla todas las cosas en el tiempo correcto?”
Antes de concluir con mi testimonio, quiero agradecer primero a mi Salvador y mi gran Dios, a Jesús, porque ha estado con nosotros todo el tiempo que Lo hemos necesitado y cada vez que nos tornamos a Él, sea en oración o adoración. Segundo, quiero darle las gracias a Sus humildes seguidores y siervos verdaderos que sirven en Su nombre con amor y sinceridad. Les agradezco a cada uno de ustedes que nos ayudaron en nuestra amada iglesia y en otras partes. Gracias a todos los que nos abrieron las puertas de sus hogares durante estas circunstancias y nos invitaron a ser parte de la Iglesia de Dios de la Profecía, y a nuestra humilde iglesia en Israel. Le extiendo la paz a mis hermanos y hermanas, y le doy las gracias a todo aquel que nos haya dado la oportunidad maravillosa de comenzar nuestra jornada de servicio en el Señor y en mi jornada teológica.
Desde lo profundo del corazón, los amamos a cada uno de ustedes.
Jesús dijo en Juan 13:34, 35, “Un mandamiento nuevo os doy: Que os améis unos a otros; como yo os he amado, que también os améis unos a otros. En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los otros”. Amén.