En las Escrituras podemos descubrir que la misión esencial de Cristo durante Su tiempo en la tierra fue cumplir con el plan de Dios de proveer el medio de salvación para los perdidos. Jesús declaró, “Porque he descendido del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me envió” (Juan 6:38). Y añadió que no fue enviado al mundo para condenarlo, sino para que el mundo pueda ser salvo por Él (Juan 3:17).
El Nuevo Testamento está lleno de narrativas que registran tanto las palabras como el ministerio de Jesús, cuando Él repetidamente aclara a Sus discípulos —y a nosotros— la misión que el Padre le dio: “buscar y a salvar lo que se había perdido” (Lucas 19:10).
Podemos ser testigos de la misión clara de Jesús cuando fue camino a la región de Gadara, donde tuvo un encuentro con un hombre poseído de demonios y que vivía donde estaban los sepulcros (Marcos 5:1-20; Lucas 8:26-39). La Escritura revela que este hombre estaba atado, no solo con cadenas y grilletes, pero por un espíritu inmundo que dominaba su existencia. A la orden de Jesús, el hombre quedó completamente liberado —¡fue hecho libre! Cuando los habitantes de la ciudad llegaron a investigar, se encontraron con el hombre sentado, vestido, en su sano juicio. Este encuentro es único porque no solamente queda registrado el milagro de Jesús, sino también cuando le dice a una persona que fuera y compartiera con otros —y los “otros” en este caso se refiere a los gentiles.
En el evangelio de Juan encontramos un patrón similar. Mientras Jesús y Sus discípulos salían de Judea, pese a la creciente tensión religiosa, para viajar a Galilea, Su misión incluyó la “necesidad divina” de pasar por Samaria (Juan 4:4). Allí, Jesús tuvo un encuentro con una mujer samaritana que estaba junto al pozo, y Él no solo le ofreció un momento poderoso en que ella quedó expuesta, sino que Él también se reveló a Sí mismo como Cristo, el Mesías. Antes de concluir el capítulo, la mujer recibe la verdad y cree.
En este encuentro, Jesús cruzó múltiples barreras —cultura, etnia, religiosidad, vergüenza y pecado. Por medio de Su misión de buscar y salvar a los perdidos, esas barreras fueron desmanteladas. Al ofrecer el don de la salvación a la mujer samaritana y confiarle con un nuevo testimonio de poder por el Espíritu Santo, Jesús revela el corazón del Padre y afirma que hay esperanza, propósito y un lugar para todos ministrar.
Fue en el Evangelio de Juan que Jesús revela por primera vez Su identidad como Mesías —“Yo soy, el que habla contigo” (Juan 4:26)—. Es impresionante que esto no fue dicho a los discípulos ni a las multitudes, sino a una mujer samaritana que tenía la urgente necesidad de un Salvador. Su misión es clara: Él vino a buscar y a salvar.
En ambas narrativas, el testimonio se torna en una poderosa extensión de la misión.
El hombre gadareno que fue liberado anheló acompañar a Jesús cuando éste se preparaba para irse, pero Jesús le instruyó que mejor se quedara a testificar a sus amigos las grandes cosas que el Señor había hecho por él, y la compasión que Jesús le demostró. Al compartir su testimonio, la gente se maravillaba. El impacto de su testimonio queda revelado por la respuesta de quienes le rodeaban.
Lucas registra un evento significativo con el regreso de Jesús a la región de Galilea: Fue recibido por quienes Le esperaban (Lucas 8:40). Las noticias sobre Sus milagros y enseñanzas se habían difundido. Esta posdata demuestra el impacto profundo que Jesús había ejercido sobre las personas y el poder perdurable del testimonio. El hecho de que todos ellos le esperaban sugiere que fue una cantidad mayor que algunos pocos individuos —apuntando hacia una comunidad. Esto nos indica cómo debemos acercarnos a nuestra fe. El testimonio no solamente afirma lo que Dios ha hecho; [también] nos recuerda que hay otros mirando, anhelando ver a Jesús a través de nuestras vidas, familias y comunidades. El testimonio nos prepara para lo milagroso mientras somos animados a la anticipación de lo que Él hará.
La mujer samaritana responde de una manera similar. Luego de su encuentro con Cristo, ella deja su jarra de agua y regresa a la aldea, testificando, “Venid, ved a un hombre que me ha dicho todo cuanto he hecho” (Juan 4:29). Por medio de Cristo, fue quitada su vergüenza, y ella se convierte en una evangelista para toda su comunidad. Movida por el amor y empoderada por el Espíritu Santo, ella proclama lo que sabe —¡un hombre, posiblemente el Mesías, está aquí y se interesa por mí!
Aunque la mujer no parece comprender por completo la identidad de Jesús como Mesías, ella proclama lo que sabe. Por causa de su testimonio, toda la ciudad viene a ver a Jesús. Lo que comenzó con el testimonio de una mujer crece en un despertar espiritual de dos días, donde muchos creyeron, no solo por sus palabras, sino también por lo que ellos oyeron, y tuvieron una experiencia personal con Cristo. La declaración de ellos es firme y profunda: “este es el Salvador del mundo, el Cristo” (Juan 4:42; véase también 1 Juan 4:14).
Dentro de la Iglesia de Dios de la Profecía, nuestro mandato global de hacer discípulos se ha convertido en la obligación de reconciliar al mundo con Cristo por medio del poder del Espíritu Santo. Esta directiva se ha convertido en el latido de nuestro movimiento.
Por medio de las Escrituras, Dios revela Su amor y compromiso incansable de reconciliar a la humanidad consigo mismo. Esto es evidente incluso en la cruz. En Sus momentos finales, Jesús permanece fiel a Su misión de buscar y salvar a los perdidos. Tornándose al ladrón que responde en fe, Él le ofrece este testimonio de gracia: “hoy estarás conmigo en el paraíso” (Lucas 23:43).
El desafío para aquellos de nosotros bendecidos con recursos suficientes es reconocer nuestra responsabilidad de apoyar la misión de Dios que va más allá de nuestro contexto inmediato. El Impulso Misionero de marzo sirve como una herramienta vital dentro de nuestro movimiento para levantar los recursos necesarios que sostienen nuestro ministerio, equipa a nuestros líderes y proclama a Cristo en todas las naciones.
Al reflexionar en Su misión, nuestro testimonio, le invitamos a que se una a nosotros por medio de la oración, dádiva fiel y asociación activa. Juntos continuaremos proclamando a Cristo, compartiendo nuestros testimonios, fortaleciendo a la iglesia y siendo testigos de la obra transformadora de Dios en las naciones.