La doctrina de la mayordomía, afirmada por la Iglesia de Dios de la Profecía como una verdad central de nuestra fe, nos recuerda que Dios es el Dueño absoluto de todas las cosas y que nosotros somos Sus mayordomos designados. Esta convicción, simple pero profundamente transformadora, remodela la forma en que entendemos nuestras vidas, nuestros recursos y nuestro papel en la misión del reino. La mayordomía no es un apéndice opcional de la vida cristiana. Es un llamado integral que abarca nuestra espiritualidad, nuestras emociones, nuestra mente, nuestro cuerpo y nuestras finanzas. Estas cinco dimensiones no pueden separarse sin crear vacíos que obstaculicen la obra de Dios en nosotros.
Vivimos en una generación marcada por el acceso instantáneo, el ruido digital y la presión económica. Sin embargo, también vivimos en un momento privilegiado para redescubrir la riqueza bíblica de la mayordomía sabia y fiel. Hay más de 2300 versículos en las Escrituras relacionados con el dinero, más que los que hablan del cielo y el infierno juntos, lo que nos recuerda que el Señor no evita los asuntos prácticos de la vida humana. Él los ilumina con sabiduría eterna. De este sólido fundamento bíblico surge un desafío contemporáneo: ¿Cómo predicamos, enseñamos y encarnamos una mayordomía que siga siendo relevante para una iglesia que navega entre la tensión de la fe y las exigencias de la vida moderna?
La mayordomía bíblica siempre ha tenido un propósito restaurador. La humanidad necesita la guía divina para administrar lo que Dios pone en nuestras manos, porque sin dirección, los recursos se dispersan, los hábitos se desordenan y las prioridades se alejan de la voluntad de Dios. Las Sagradas Escrituras enseñan que administrar sabiamente es un acto espiritual en el que honramos a Dios cuando cultivamos la responsabilidad, la coherencia y la visión a largo plazo. Por otro lado, una mala mayordomía afecta mucho más que nuestras finanzas. Perturba nuestras relaciones, agota la estabilidad emocional y debilita la vida espiritual. No es casualidad que Jesús hablara con frecuencia sobre las posesiones, ya que comprendía que la forma
La iglesia contemporánea se enfrenta a un desafío urgente: enseñar la mayordomía una vez más con claridad, profundidad y relevancia. Hemos permitido que filosofías ajenas al evangelio ocupen espacio en la mente de los creyentes. Se ha creado una tensión innecesaria entre la espiritualidad y los recursos materiales, mientras que las Escrituras integran ambos en una unidad armoniosa. La mayordomía no es una teoría financiera, sino una forma de vida que refleja la madurez del discípulo y su compromiso con la misión del reino de Dios.
Un cuerpo no puede vivir solo de la cabeza. Del mismo modo, la iglesia no puede prosperar únicamente con la devoción espiritual mientras descuida sus dimensiones emocionales, mentales, físicas y financieras. Descuidar cualquiera de estos “miembros” produce debilidad, al igual que el shock séptico compromete la vida de un organismo. La iglesia necesita equilibrio. Necesita una visión holística contemporánea que conecte la fe con la vida cotidiana e inspire a cada creyente a asumir la responsabilidad de lo que sostiene su hogar, su testimonio y su contribución a la obra de Dios.
La mayordomía es también un instrumento misional. Cuando una iglesia administra bien sus recursos, puede servir con mayor eficacia. Puede apoyar a las familias vulnerables, fortalecer los ministerios del alcance, discipular con mayor profundidad y extender la obra del reino a nuevas comunidades. Cuando un creyente maneja sus finanzas con integridad, se convierte en un testimonio vivo de orden, fe y confianza en Dios. La generosidad no fluye de la abundancia, sino de la convicción. La obra de Dios siempre ha avanzado a través de hombres y mujeres que entendieron que toda su vida –su tiempo, sus dones, su energía y sus finanzas– constituye un acto de adoración al Señor.
Este mensaje debe expresarse en un lenguaje que la nueva generación pueda entender. Los jóvenes adultos de hoy en día se enfrentan a deudas educativas, presión consumista, incertidumbre laboral y retos emocionales. La iglesia no puede limitarse a repetir conceptos antiguos sin contextualizarlos. Debe enseñar a elaborar presupuestos, planificar, disciplinar las finanzas, ahorrar, invertir de forma ética y contribuir a la comunidad, todo ello desde una cosmovisión bíblica que eleve el carácter por encima del consumismo. La teología no debe quedarse confinada al púlpito. Debe acompañar al creyente cuando paga sus facturas, organiza su presupuesto, lucha contra la ansiedad financiera y decide honrar a Dios en sus decisiones diarias.
La mayordomía es también una expresión de solidaridad. No solo nos transforma personalmente, sino que fortalece la unidad y la misión colectiva. Una iglesia que enseña y practica la mayordomía forma discípulos firmes, familias estables y líderes equipados para asumir una mayor responsabilidad. La cultura del reino de Dios se manifiesta cuando la generosidad fluye libremente, cuando los recursos se manejan con transparencia, cuando el trabajo se sostiene sin manipulación y cuando cada creyente participa con alegría y determinación. Esa participación surge de una profunda convicción espiritual y de un marco bíblico que define la mayordomía en toda su plenitud de significado y propósito.
Más que nunca, necesitamos una mayordomía bíblica que sea formativa y transformadora, que responda a los desafíos actuales con profundidad teológica y relevancia práctica, una mayordomía que inspire a la iglesia a ser luz en un mundo en crisis, que enseñe a los creyentes a administrar sus recursos con excelencia, que sostenga la expansión del reino y que nos recuerde continuamente que todo lo que somos y poseemos pertenece al Señor. Cuando vivimos de esta manera, la mayordomía deja de ser un tema administrativo y se convierte en un acto espiritual que celebra la soberanía de Dios, fortalece nuestras familias, sostiene nuestras iglesias y abre las puertas para que el evangelio avance hasta los confines de la tierra.
Biblical stewardship, far from being a mere exercise in financial organization, reveals a profound call to manage the entirety of life from the heart of God. When we understand that everything we possess comes from Him, our decisions shift away from self-reliance and begin to reflect a spirit that embraces responsibility with gratitude. This inner transformation becomes fertile ground where attitudes arise that transcend numbers and budgets. A renewed sensitivity awakens within us, compelling us to look around and recognize the suffering of others, understanding that true wealth is expressed when our hands extend to lift those wounded, forgotten, or limited by circumstances they did not choose.
Cuando las raíces espirituales están firmemente establecidas, la mayordomía se convierte en una expresión natural de compasión y servicio. La fe madura inspira actos espontáneos de bondad y esfuerzos colaborativos que restauran la dignidad y alivian las cargas. La generosidad deja de ser una obligación y se convierte en un acto de amor que fluye de un corazón transformado. Este movimiento de gracia nos conecta con el dolor de los menos afortunados y nos recuerda que cada gesto de ayuda es un testimonio vivo de la obra de Dios en nosotros. Vivir de esta manera es participar en el diseño divino que nos invita a utilizar nuestros recursos, nuestro tiempo y nuestras habilidades para encender la esperanza donde antes solo quedaban cenizas.