Jesús: El mejor regalo

La Navidad es una época llena de recuerdos. Pero entre todos esos recuerdos hay una gran verdad: el mejor regalo de todos los tiempos fue Jesús. Mucho antes del Calvario, mucho antes de los milagros y las parábolas, mucho antes de que los discípulos dejaran sus redes para seguirlo, una estrella apareció en el cielo anunciando que Dios mismo había venido al mundo en forma de niño. El regalo más perfecto del cielo había sido entregado.

Dos grupos encontraron el camino hacia este regalo: los pastores y los reyes magos, los más pobres y los más ricos, los cercanos y los lejanos, los comunes y los estimados. Sus historias, aunque diferentes, convergen en el mismo punto. Encontrar a Jesús es encontrar todo. Esa verdad permanece a través de los siglos: Jesús es el regalo de Dios para todos.

Los pastores: el regalo recibido y compartido

La historia comienza en una noche tranquila y oscura. En las afueras de Belén, unos pastores —hombres ordinarios que trabajaban en un turno nocturno normal— no esperaban ningún milagro. No estaban contando profecías. Simplemente intentaban pasar otra noche más. Pero el cielo no podía permanecer en silencio. El plan eterno de Dios se estaba cumpliendo.

De repente, el cielo se abrió con un resplandor angelical. “Pero el ángel les dijo: No temáis; porque he aquí os doy nuevas de gran gozo, que será para todo el pueblo: que os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es CRISTO el Señor. Esto os servirá de señal: Hallaréis al niño envuelto en pañales, acostado en un pesebre” (Lucas 2:10-12). ¡Una visión y unas palabras asombrosas! Los pastores debieron de quedar sobrecogidos. “¿De verdad dijo el ángel: ‘Os ha nacido’? ¿De verdad oímos: ‘encontraréis’?”. ¡Los pastores habían sido invitados personalmente a contemplar al Cordero de Dios! El ángel anunció a ese puñado de trabajadores comunes que allí mismo había un regalo de Dios que nadie en el mundo podía ganarse ni merecer, pero que les era dado gratuitamente.

Entonces, para pasar de gloria en gloria, ¡tuvo lugar un espectáculo increíble! No solo un ángel, sino decenas de miles de ellos cantaron o dieron alabanzas a Dios por este maravilloso regalo para todas las personas.

Su respuesta fue sencilla e inmediata: “Pasemos, pues, hasta Belén, y veamos esto que ha sucedido, y que el Señor nos ha manifestado” (v. 15). Se apresuraron a ir a Belén y encontraron al Niño prometido tal como había dicho el ángel, no en un palacio, sino en un pesebre. Contemplaron la gloria de Dios envuelta en pañales. Contemplaron a Aquel que había soplado el aliento de vida a Adán, llenando sus pulmones recién nacidos con el aire de la tierra. Dios con nosotros.

Estos humildes hombres no llegaron con tesoros, pero ofrecieron a Dios un regalo más precioso que oro o incienso: su testimonio. “Y al verlo, dieron a conocer lo que se les había dicho acerca del niño. Y todos los que oyeron, se maravillaron de lo que los pastores les decían . … Y volvieron los pastores glorificando y alabando a Dios por todas las cosas que habían oído y visto, como se les había dicho” (Lucas 2:17, 18, 20). Su alegría se desbordó y se convirtieron en los primeros mensajeros del evangelio. Encontraron el Regalo e inmediatamente lo compartieron.

Los reyes magos: Buscaron y encontraron el regalo

Los pastores estaban cerca, pero otro viaje comenzó lejos. Recorrieron muchos kilómetros. Desde tierras lejanas llegaron hombres muy cultos y ricos que habían visto una señal diferente a cualquier otra. Apareció una luz celestial y oyeron: «Ha nacido un rey». No eran judíos, pero habían estudiado las profecías del judaísmo… y creyeron. No fueron invitados, pero viajaron con fe… y perseveraron. Los ángeles no se lo dijeron, pero buscaron… y encontraron.

Los reyes magos emprendieron un largo y costoso peregrinaje para encontrar al Único digno de adoración. Sus cofres del tesoro contenían oro, incienso y mirra, cada regalo rico en simbolismo: oro para un rey, incienso para una deidad, mirra para el sufrimiento. Sin embargo, a pesar de todas sus valiosas ofrendas, les esperaba una verdad sorprendente: habían venido con regalos para Aquel que era el Regalo.

Cuando por fin encontraron al Niño, no fue en un palacio sino en una casa sencilla, se arrodillaron. La mayor señal de su comprensión no fue lo que le dieron, sino lo que hicieron primero: “Se postraron y le adoraron”. Su postura declaraba lo que sus corazones ya sabían: Él no era solo un rey, sino el Rey; no era un niño dotado, sino el Regalo de Dios para las naciones.

Los pastores llegaron sin nada. Los magos llegaron con tesoros valiosos. Y en presencia de Jesús, todos descubren la misma verdad: nada de lo que traemos se compara con lo que Dios nos ha dado.

Cuando el regalo se convierte en el dador

En el corazón de la historia de Navidad se encuentra un cambio notable. Los pastores alabaron. Los reyes magos dieron regalos. Pero Jesús se entregó a sí mismo:

A los pastores, para mostrarles que todos son importantes.

A los reyes magos, para mostrarles que la sabiduría tenía un nombre.

A Israel, para que vieran cumplidas sus promesas.

Al mundo, para que todas las naciones pudieran encontrar la salvación solo en Él.

En cada momento navideño se nos invita a recordar que Dios no envió solo bendiciones o instrucciones. Envió a Su Hijo. Jesús es el amor de Dios envuelto en carne humana, la misericordia de Dios caminando por nuestros polvorientos caminos, la presencia de Dios que no eligió un trono, sino una cruz.

Los pastores encontraron al Cordero; los reyes magos encontraron al Rey.

Cada encuentro revela algo esencial sobre Cristo:

Los pastores encontraron el Cordero de Dios; Aquel que un día entregaría Su vida.

Los reyes magos encontraron el Rey de reyes; Aquel que reinaría con justicia y paz.

Juntos, nos muestran quién es Jesús verdaderamente. Él es el Cordero sacrificial y el Rey de reyes, el Siervo sufridor e el Señor triunfante.

El regalo que aún nos busca

La historia no termina en Belén. Ella continua en cada corazón que responde a la invitación de Dios. Los pastores nos enseñan que nadie es demasiado ordinario para recibirlo. Los reyes magos nos enseñan que nadie está demasiado lejos para ser atraídos hacia Él. Y Jesús nos enseña que el amor de Dios es más grande que cualquier distancia que recorramos, cualquier tesoro que dejemos atrás, cualquier quebrantamiento que traigamos.

En muchas culturas, dar regalos es una parte de la celebración de la Navidad. Algunos regalos serán atesorados, otros olvidados. El único regalo que lo cambia todo es el que nos dio el cielo. Jesús sigue siendo el mejor regalo, no porque una vez estuvo envuelto en pañales, sino porque ahora nos envuelve a nosotros en Su amor y cuidado. Él es el perdón para los culpables, la paz para los ansiosos, la esperanza para los cansados, la luz para los que están en la oscuridad y la vida para todos los que creen.

Encontrándolo nuevamente esta Navidad

Como su pueblo, estamos invitados a seguir el camino de los pastores y los reyes magos. Buscarlo con asombro. Encontrarlo con alegría. Adorarlo con devoción. Compartirlo con el mundo.

Porque, ya sea que vengamos con las manos vacías como los pastores o con regalos como los reyes, encontrar a Jesús nos lleva a la misma comprensión: Él es el tesoro. Él es el regalo. Él es todo lo que necesitamos.

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