Ocurrió hace muchos años, pero lo recuerdo como si fuera ayer. Regresaba a mi casa en Tennessee, luego de participar en un campamento de jóvenes en Carolina del Norte. Aquellos que han asistido a estos campamentos pueden atestiguar que uno regresa renovado y lleno de energía, pero también bastante exhausto. [Recuerdo] que mientras conducía en aquel día caluroso de verano, el sol atravesaba el parabrisas y sentía los párpados pesados. Se me ocurrió la idea de cerrar los ojos un instante. . ¡Grave error! De repente, los abrí y vi que mi auto iba directamente hacia un puente. Afortunadamente, reaccioné a tiempo para corregir mi rumbo y evitar un accidente que podría haberme costado la vida.

El recuerdo sigue siendo vívido —la sacudida, la reacción repentina, darme cuenta de que me había desviado más de lo que pensaba. Nunca fue mi intención quedarme dormido ni perder el control. Simplemente estaba cansado… y, en medio de ese cansancio, empecé a desviarme.

Esta no es solo una experiencia al volante. Es una realidad espiritual para muchos de nosotros.

A veces no nos alejamos de Dios, simplemente nos desviamos. No de golpe, sino poco a poco. El agotamiento se va apoderando de nosotros y la rutina ahoga nuestra pasión. Las cosas que antes llenaban nuestros corazones se convierten en algo habitual. Y antes de que nos demos cuenta, vamos desvaneciendo, ya no somos sensibles y caemos en un letargo espiritual.

Esa es la razón por la cual la Pascua es importante.

Este pensamiento ha estado en mi corazón:

La resurrección de Jesucristo no es simplemente el final de la historia del evangelio, sino el catalizador de un despertar en el mundo.

A menudo consideramos la resurrección como si fuera el capítulo final, algo que celebrar y luego seguir adelante. Ciertamente, no es el final de la historia; es el comienzo de todo. La resurrección es el llamado de Dios para despertar al mundo que va a la deriva.

Pablo entendió esta verdad inequívocamente en 1 Corintios 15:14, “Y si Cristo no resucitó, vana es entonces nuestra predicación, vana es también vuestra fe”. Si no hay resurrección, no hay esperanza. Tampoco hay perdón ni futuro; continuamos viviendo, como dice Pablo, en

nuestros pecados. Pero luego, en el verso 20, dice: “Mas ahora Cristo ha resucitado de los muertos”. Este el catalizador de la historia.

Todo verdadero despertar —ya sea en las Escrituras, en la historia o en nuestro presente— comienza con un nuevo encuentro con el Cristo resucitado.

El día de Pentecostés, cuando Pedro proclamó la resurrección, la gente “se compungieron de corazón” (Hechos 2:37). Eso produce el despertar.

Aun en el ministerio, corremos el riesgo de familiarizarnos demasiado con lo que debería maravillarnos. Conocemos la historia de memoria, la hemos predicado y celebrado año tras año. Pero el mensaje de la resurrección no es un simple recordatorio; es una experiencia viva.

Pablo no solo habló de la resurrección; su meta era conocer su poder.

Esa es la invitación de la Pascua, no solo celebrar que Cristo resucitó, es dejar que el poder de Su resurrección nos despierte de nuevo, como lo hizo con los discípulos en el camino a Emaús. Cuando Jesús se les apareció, después de resucitar de entre los muertos, la Biblia dice que “…les fueron abiertos los ojos, y le reconocieron… Y [ellos] se decían el uno al otro: ¿No ardía nuestro corazón en nosotros…?” (Lucas 24:31, 32).

Lo estamos viendo hoy en día en los campus universitarios y en las iglesias. Los ojos están siendo abiertos y los corazones están ardiendo. La juventud se está reuniendo, no para tener un espectáculo, sino para [buscar] la presencia. Los servicios de adoración están durando más de lo acostumbrado. La adoración no sigue un programa. Los estudiantes están confesando sus pecados, orando y entregándose [a Dios]. No buscan plataforma ni atención; simplemente tienen la certeza profunda de que Jesús vive.

Esa es la definición del despertar, todo impulsado por el poder de la resurrección.

Pero la pregunta crucial en este momento no es si el despertar está ocurriendo en otro lugar. [Es algo personal]: ¿Está ocurriendo en mí? ¿Está ocurriendo en usted?

Porque, así como aquel momento fugaz en la carretera, el despertar exige una respuesta. Una corrección. Un giro. Una decisión consciente de volver a comprometerse plenamente.

La resurrección de Jesucristo no es simplemente el final de la historia del evangelio, sino el catalizador de un despertar en el mundo.

Nota: Este artículo fue editado por ChatGPT para dar mayor estructura gramatical y claridad.

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