Acerca de los negocios del Padre

“Entonces él les dijo: ¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que en los negocios de mi Padre me es necesario estar?”

— LUCAS 2:49

Lo más sorprendente de esta historia es el simple hecho de que Jesús solo tiene doce años. A esa edad, yo soñaba con ser un Jedi, el hombre araña, o cualquier otra cosa que despertara mi imaginación. Imagino que la mayoría de nosotros solo nos preocupábamos por jugar y divertirnos a esa tierna edad. No nos agobiaba la idea de nuestro propósito eterno o la vocación divina en nuestras vidas. Pero Jesús entendía su propósito. Entendía dónde debía estar y qué debía hacer.

En Juan 5, Jesús hace dos declaraciones que revelan aún más Su forma de pensar. Él dice: “Mi Padre hasta ahora trabaja, y yo trabajo” (v. 17). Luego, dice: “De cierto, de cierto os digo: No puede el Hijo hacer nada por sí mismo, sino lo que ve hacer al Padre; porque todo lo que el Padre hace, también lo hace el Hijo igualmente” (v. 19).

Parece que la mente de Jesús estaba totalmente enfocada en hacer solo las cosas que el Padre estaba haciendo. Cuando el Padre quería trabajar, Jesús trabajó. Si el Padre quería sanar a un hombre que tenía la mano seca, Jesús lo sanaba, aun en el Sabbat. ¿Alguna vez ha estado con un niño que se metía en todos sus negocios? Cuando está cocinando, quiere ayudarle. Cuando está arreglando algo, se queda mirando a su lado para ver lo que hace. Sea lo que sea en lo que esté, él está ahí con usted. Jesús se metía en todos los negocios del Padre de la mejor manera posible. Y, al igual que Él, nosotros también debemos involucrarnos en las cosas que Dios está haciendo.

Entonces, nos queda la pregunta obvia: ¿Cuál es el negocio del Padre? ¿Qué es exactamente lo que debemos hacer en el mundo hoy en día? Podríamos resumirlo simplemente diciendo que el asunto del Padre es difundir las buenas nuevas, y la mayoría estaría de acuerdo. Debemos dedicarnos con pasión a la predicación del evangelio. Sin embargo, predicar el evangelio está lejos de ser la única responsabilidad que tenemos como seguidores de Cristo. Pedro dijo que debemos añadir a nuestra fe virtud, conocimiento, dominio propio, constancia, piedad, afecto fraternal y amor. También dijo que debemos estar preparados para defender nuestra fe. Pablo dijo que debemos orar sin cesar, buscar los dones espirituales y revestirnos de la armadura de Dios. Y en la Gran Comisión, Jesús dice que debemos hacer discípulos. Se supone que debemos estudiar la Palabra, educar a nuestros hijos, cuidar de nuestros hermanos cristianos, resistir al diablo, derribar fortalezas y llevar cautivo todo pensamiento. De hecho, si somos el cuerpo de Cristo, entonces debemos hacer lo que Él hacía. Quizás la mejor manera de abarcar todo lo que implican estas declaraciones es bajo el término general de guerra espiritual. Podríamos decirlo así: es negocio de nuestro Padre atacar sin descanso el reino de las tinieblas.

La comprensión típica de la guerra espiritual es problemática. Cantamos canciones sobre luchar de rodillas y, sin duda, creemos que Dios es quien lucha por nosotros. Pero David hizo más que orar cuando se enfrentó a Goliat. Fineas hizo más que pedirle a Dios que eliminara el pecado del campamento de Israel. Ester tuvo que hacer más que simplemente creer que Dios liberaría a su pueblo. Toda la Escritura está llena de ejemplos de hombres y mujeres que tuvieron que enfrentarse físicamente a los problemas de su época. Pregúntale a Nehemías si solo la oración construyó las murallas de Jerusalén. La guerra espiritual incluye todo lo que promueve el crecimiento del reino de Dios sobre el del enemigo, y participamos en ella no solo mediante la oración y el ayuno, sino también a través de miles de pequeñas decisiones que tomamos cada día.

Cuando se trata de la guerra, me viene a la mente un personaje notable del Antiguo Testamento que prefigura la obra de Jesús: Josué. Curiosamente, Josué y Jesús comparten el mismo nombre etimológicamente (Yehoshua/Yeshua), pero hay más. Josué heredó la autoridad sobre el pueblo de Dios, los llamó a purificarse y luego los guio en una campaña para expulsar y destruir a los impíos, asegurando una tierra donde los fieles a Yahvé pudieran descansar. Josué literalmente lideró a Israel en una guerra contra el enemigo. De manera similar, pero en una medida mucho mayor, Jesús heredó toda la autoridad en el cielo y en la tierra, ordenó a sus seguidores que se arrepintieran y abandonaran las obras del maligno, y a través de su cuerpo, la iglesia, libra una guerra contra el reino de las tinieblas. Y mientras luchamos, esperamos ansiosos el día en que Cristo descenderá, haciendo sonar el grito de guerra final. Aparecerá en las nubes sobre un caballo blanco, con los ojos brillantes como llamas de fuego, vestido con una túnica blanca empapada en sangre, listo para destruir los últimos restos de la tiranía del diablo y llevar el glorioso plan de redención a su conclusión escatológica. Pero mientras esperamos ese día glorioso, debemos preguntarnos: “¿Qué estaremos haciendo cuando Él venga?”.

En algunas partes del mundo, la iglesia parece ser un gigante dormido o una marea en retroceso. “Como fuente turbia o manantial corrompido, es el justo que cae delante del impío” (Proverbios 25:26 ESV). Según este proverbio, no hay lugar para el compromiso ante el mal. El lenguaje es severo. Las fuentes turbias y corrompidas son inútiles. Si nosotros, la iglesia, no nos oponemos a la infección persistente de la inmoralidad, pronto nos daremos cuenta de la verdad que encierra el viejo dicho: “Para que el mal triunfe sólo se necesita que los hombres buenos no hagan nada”. Es tentador retirarse silenciosamente a la comodidad de nuestra rutina diaria, pero es posible que la historia no nos recuerde con benevolencia si cedemos al peligroso pecado de la complacencia.

Puede que sea una verdad incómoda, pero muchos cristianos en los Estados Unidos han sido culpables de complacencia y cobardía en el mercado cultural. El llamamiento de las generaciones pasadas era un llamamiento bienintencionado a la separación extrema de todo lo “mundano”. Sonaba como sabiduría, piedad y santidad. Pensábamos que la separación del mundo era la llave para vivir como Cristo. Pero cuando nos retiramos del mundo, dejamos un vacío espiritual que el reino de las tinieblas se apresuró a llenarlo. Hoy en día, vemos a nuestro alrededor los resultados inevitables de la impiedad. Ahora vivimos en una cultura en la que el mal no solo se tolera, sino que se celebra; y la verdad no solo se rechaza, sino que se redefine. En esta hora de confusión, compromiso y cobardía, la iglesia se ha retirado con demasiada frecuencia en lugar de comprometerse. Hemos entregado las artes a los paganos, las escuelas a los secularistas, las ciencias a los humanistas y los medios de comunicación a los marxistas, todo ello mientras creemos que la lectura diaria de un versículo de la Biblia y la piedad personal son el apogeo de la vida cristiana.

Jesús no redimió al mundo separándose de él. Se entregó a él. De esto se trata la temporada del adviento: el ser más santo, Dios mismo, envuelto en carne humana. Él, que era intocable, tocó el enfermo. El Señor inmaculado comió con los publicanos y prostitutas, ayudó una mujer samaritana y sanó el siervo de un centurión romano. Según nuestros propios criterios, seríamos mucho más propensos a reprender a Jesús que a unirnos a Él.

Muchos de nosotros nos hemos acomodados en un estilo de vida paradójico de confesar con nuestra boca “para mí el vivir es Cristo” (Filipenses 1:21), pero luego limitamos esa vida a los servicios de domingo por un asiento en el santuario y un versículo bíblico en el parachoques de nuestro carro. Nuestros afectos están divididos —queremos a Cristo, pero también a la familia, el trabajo, el ocio y mucho más. Pero para Pablo, esto no era solo prosa poética, ¡era su vida! Cristo era la única pasión de Pablo.

Dios no busca personas a tiempo parcial o poco entusiastas que calienten los bancos de la iglesia; Él está llamando personas celosas que asumirán el rol de embajadores. Un embajador no representa a sí mismo, sino que representa su Rey en cada conversación, en cada junta, en cada votación y en cada transmisión en vivo. No pertenece a sí mismo. Ha sido comprado por un precio. Pertenece a Cristo.

La misión de Cristo era pública. Su sacrificio era público. Su regreso será público. Entonces, ¿por qué nuestro testimonio se ha vuelto tan privado? El mundo está en llamas y muchos cristianos están dormidos en los bancos de la iglesia. Es hora de despertar, levantarse y hablar —no con arrogancia, sino con amor y santa audacia. Cristo no nos llamó para estar a salvo. Nos llamó para ser fieles. Samuel nos dice que la obediencia es mejor que el sacrificio. O, dicho de otra manera, la obediencia es la forma más elevada de adoración.

Por lo tanto, el llamado a ocuparnos de los negocios del Padre es un llamado a luchar, no con violencia, sino con una tenacidad inquebrantable, haciendo del amor de Jesucristo la única pasión que consume nuestros corazones. Debemos ir a todas las comunidades, a todas las plataformas de redes sociales, a todos los rincones y grietas, con nuestras vidas sometidas al llamado de Dios. No debemos retroceder ante el enemigo. Nuestra audacia por el reino de Dios debe ser una fuerza abrumadora por la sencilla razón de que Cristo vino y decidió rescatarnos.

Parece que muchos cristianos están aterrorizados ante la perspectiva de evangelismo, quizá porque no han comprendido plenamente la maravilla del evangelio. ¿Sabemos cuán horrible era nuestra condición mientras nos revolcábamos en nuestro pecado, mientras las fuerzas demoníacas de este mundo hundían sus garras en nuestra carne y jugaban con nosotros como marionetas? ¿Y comprendemos cuán profundo y hermoso es el amor que nos rescató? Stuart Townend escribió la letra:

¡Cuán profundo es el amor del Padre por nosotros,

cuán inmenso, más allá de cualquier medida!

¡Que Él diera a su único Hijo,

para hacer de un miserable Su tesoro!

No somos belicistas sedientos de sangre. No celebramos la muerte del impío. Amamos a Aquel que nos salvó, y anhelamos ver a otros rescatados también. La guerra que libramos no nace del odio, sino del amor. Cristo mismo dijo que toda la ley de Dios se reduce esencialmente a amar a Dios y a amar a las personas. Porque amamos a nuestro Dios, buscamos honrarlo a través de la obediencia. Amamos a quienes llevan Su imagen, por lo que luchamos para rescatarlos del poder del pecado y del infierno.

Por lo tanto, por el bien de los perdidos, debemos oponernos radicalmente a los planes del enemigo. Con nuestro objetivo inquebrantable (la destrucción absoluta del mal) y nuestros motivos correctamente alineados (el amor a Dios y al prójimo), comenzamos a ver claramente el camino de guerra que debemos recorrer. Esta es una guerra de desgaste. No venceremos a nuestro enemigo hasta el día del Señor. Hasta entonces, nuestro objetivo es asaltar el campamento enemigo, saquear y reclutar fuerzas de su reino para recuperar, centímetro a centímetro, una tierra donde se manifieste la gloria del Verdadero Rey, aun en esta presente oscuridad.

¿Qué es exactamente lo que estamos tomando del enemigo? No son tesoros terrestres. Estamos tratando de recuperar el tesoro más grande que está en manos del enemigo —las almas de nuestros semejantes. Los seres humanos son el tesoro más grande de esta tierra porque la Palabra de Dios dice que la humanidad fue creada a la imagen de Dios. Dios exaltó a los seres humanos por encima de toda la creación, dándoles autoridad sobre los pájaros, los peces y las bestias. Fuimos creados a la imagen del glorioso, incomparable y eterno Creador. Y, sin embargo, muchos de los portadores de la imagen de Dios son engañados, esclavizados por el poder del pecado y marchando con todo ímpeto hacia las insaciables fauces del infierno.

Los perdidos no se disculpan por su condición. No pueden liberarse de las cadenas de su esclavitud por su propia voluntad. Se volverán como perros voraces y morderán la mano que intenta liberarlos. Solo hay un poder que puede transformar a esta horda indefensa —el mismo poder que nos rescató y nos trasladó al reino de la luz— el poder del Espíritu Santo que obra en conjunto con el evangelio. Aunque son hijos de la ira, llevan la imagen de Dios. El valor de su alma es tan grande que todos los ángeles se regocijan por un solo pecador que se arrodilla en arrepentimiento.

¿Qué sigue? Si somos hijos de Dios, entonces debemos nos involucrar en los negocios del Padre, así como lo hizo Jesús. Él conocía Su propósito. Él comprendió Su misión. Pero ¿comprendemos la nuestra?

Si usted está en Cristo, ha sido reclutado para la guerra espiritual. En Efesios 6, Pablo nos recuerda que no debemos confiar en nosotros mismos. La imagen de ponerse la armadura de Dios es como una inversión de lo que ocurrió con David cuando luchó contra Goliat. En lugar del débil rey Saul, escondiéndose del enemigo, vemos al glorioso Rey Jesús victorioso porque ya ha enfrentado el enemigo y lo ha vencido. Él nos ofrece Su armadura, la cual ha sido probada a través de Su muerte y resurrección. Jesús ahora nos comisiona: “Id, matad el enemigo, y no temáis. Tienen Mi fuerza y Mi armadura. Yo ya he vencido la muerte”.

Esa es la tarea. Dios llama tanto los jóvenes como los adultos a levantarse y liderar —en la familia y en el mercado financiero, desde de la sesión de frutas y verduras hasta la presidencia. Encuentre su lugar en el reino de Dios y sirva a su Rey con todo su corazón.

Nuestra Victoria ha sido prometida por el Rey soberano de los cielos y la tierra. Se supone que el reino de Dios debe llevar la lucha al enemigo. Así que levántese, alza su voz, proclame su fe y glorifica a su Dios y Rey. Sea que esté detrás del púlpito o de una caja registradora, usted es parte de esta guerra. Los días de vivir tranquilamente en este mundo están desapareciendo rápidamente. No luchamos contra carne o sangre; luchamos contra males espirituales tan oscuros y aterradores que poseen y distorsionan los corazones y las mentes de nuestros semejantes. Pero Juan nos dice que la Luz, Jesús el Mesías, ha venido. En Juan 1:5 dice: “La luz en las tinieblas resplandece, y las tinieblas no prevalecieron contra ella”. Como discípulos de Cristo, ahora somos la luz del mundo (Mateo 5:14-16; Filipenses 2:15), y nuestra misión es brillar y expulsar las tinieblas.

Este es el negocio del Padre. Comparta las buenas nuevas. Asalte los portones del infierno. Sea fuerte y corajoso. Jesús vino —el Niño en pesebre— para rescatar, redimir y restaurar. La victoria ha sido ganada, pero la guerra aún no ha terminado. ¡Él vendrá otra vez!

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