Dios en la misión

Si es usted lector de biografías inspiradoras, tal vez le suene el nombre de William Carey. Su famosa cita, “Espere grandes cosas de Dios; intente grandes cosas para Dios”, tiene una historia interesante detrás.

William Carey no era famoso, rico ni tenía una gran educación. Era zapatero, un simple zapatero de un pueblo inglés. Mientras reparaba zapatos durante el día, tenía libros a su lado y aprendía por su cuenta sobre la geografía, idiomas y teología.

Carey quedó fascinado con las naciones del mundo. Mientras leía relatos de tierras lejanas y de las millones de personas que nunca habían oído el nombre de Jesús, comenzó a hacerse una pregunta inquietante: “Si Jesús nos mandó a ir por todo el mundo, ¿por qué nos quedamos en casa?”.

Como recordatorio para orar por las naciones, Carey hizo un gran mapa del mundo y lo colocó en su lugar de trabajo. Algunos relatos antiguos lo describen como un mapa dibujado sobre cuero o papel. Mientras fabricaba y reparaba zapatos, miraba el mapa y oraba por las personas de tierras lejanas.

Cuando Carey comenzó a instar a sus compañeros ministros a enviar misioneros, muchos se resistieron. Algunos creían que si Dios tenía la intención de salvar a las naciones, lo haría sin el esfuerzo humano.

En 1792, Carey predicó un sermón ante una pequeña reunión de pastores en Nottingham, Inglaterra. Su sermón planteaba dos retos sencillos: esperar grandes cosas de Dios e intentar grandes
cosas para Dios.

Al año siguiente, este zapatero que oraba sobre un mapa del mundo zarpó hacia la India. A pesar de las graves dificultades, entre ellas la pobreza, la enfermedad, la muerte de un hijo y un incendio en 1812 que destruyó años de trabajo de traducción de la Biblia, Carey perseveró. Durante más de cuatro décadas en la India, él y sus colegas tradujeron las Escrituras a más de 30 idiomas y dialectos, fundaron escuelas, promovieron la alfabetización y abogaron por reformas sociales. Los historiadores consideran ampliamente la obra de Carey como el comienzo del movimiento misionero protestante moderno.

Desde las primeras páginas de las Escrituras hasta los últimos capítulos del Apocalipsis, una verdad brilla con claridad: Dios es un Dios misionero.

Después de que Adán y Eva pecaran, leemos que Dios caminaba por el jardín al atardecer y les llamaba diciendo: “¿Dónde estás tú?” (Génesis 3:9). Esa pregunta no se hizo porque Él no supiera dónde estaban o qué habían hecho. Se hizo porque Dios estaba en la misión: buscando a los perdidos.

Agar fue una sierva egipcia, maltratada y expulsada al desierto. Sin embargo, las Escrituras dicen: “Y la halló el ángel de Jehová” (Génesis 16:7). En respuesta, ella le dio un nombre notable: “Tú eres Dios que me ve” (v. 13). Incluso en el Antiguo Testamento, Dios buscaba a los marginados, a los olvidados y a los extranjeros.

Cuando Dios llamó a Moisés, Israel se encontraba bajo la esclavitud en Egipto. Dios declaró: “Bien he visto la aflicción de mi pueblo… y he oído su clamor… pues he conocido sus angustias, y he descendido para librarlos…” (Éxodo 3:7, 8). Luego le dijo a Moisés: “Ven, por tanto, ahora, y te enviaré a Faraón” (v. 10). Dios lo estaba invitando a participar en Su misión.

Casi en cada página del Antiguo Testamento, la misión de Dios continuó desarrollándose antes de alcanzar su punto culminante en el Nuevo Testamento, llegando a su máxima expresión en Jesucristo, quien vino a buscar y salvar lo que se había perdido.

Más tarde, Jesús comisionó a Sus discípulos, diciéndoles: “Como me envió el Padre, así también yo os envío” (Juan 20:21). Incluso ahora, estamos en la misión de reconciliar al mundo con Cristo por medio del poder del Espíritu Santo… ¿no es así?

El Centro para el Estudio del Cristianismo Global, Lifeway Research y el Grupo Barna afirman que menos de uno de cada diez creyentes comparte regularmente su fe, y solo uno de cada diez ha participado alguna vez en un viaje misionero de corta duración. En otras palabras, más del 90% de los cristianos no participan en actividades misioneras o evangelísticas cuantificables.

Al leer las páginas de esta edición especial, que las palabras de William Carey le desafíen y le inspiren: “Espere grandes cosas de Dios; intente grandes cosas para Dios.

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Fuentes:

Carey, S. Pearce. William Carey: D.D., Fellow of Linnaean Society. London: Hodder and Stoughton, 1923.

George, Timothy. Faithful Witness: The Life and Mission of William Carey. Atlanta, GA: New Hope Publishing, 1991.

Smith, George. The Life of William Carey, D.D.: Shoemaker and Missionary. London: John Murray, 1885.

Tucker, Ruth. From Jerusalem to Irian Jaya: A Biographical History of Christian Missions. Grand Rapids, MI: Academie Books, 1983.

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