En 2 Crónicas 20:1-26, leemos que cuando Josafat se enfrentó a una crisis inminente, tuvo la determinación de consultar al Señor y convocar al pueblo de Judá a buscar Dios en oración, ayuno y arrepentimiento. En la última línea de su oración (registrada en el versículo 12), oró [a Dios], diciendo: “¡No sabemos qué hacer! Pero en ti hemos puesto nuestra esperanza” (NVI). ¿No es esta nuestra realidad actual? ¿Acaso no vivimos en un mundo plagado de grandes crisis? No tenemos las respuestas, pero la iglesia está consciente de que Dios tiene la solución, así que buscamos Su rostro.
Dios respondió a Josafat y le entregó un plan específico, una revelación que le mostró a Judá quién era Dios, quiénes eran ellos como Su pueblo y qué debían hacer para obtener la victoria. Un aspecto que frecuentemente es olvidado cuando se predica sobre este pasaje es que la crisis y el ataque de Judá era consecuencia directa de la desobediencia del pueblo de Dios al plan que Él había establecido para ellos. Judá, bajo el liderazgo de Josafat, hizo alianza con un pueblo enemigo sin consultar a Dios (2 Crónicas 19:1-3; 20:1), y esto puso en peligro su propia seguridad y protección. Pero, Dios, que siempre es fiel a Su palabra y promesa (2 Crónicas 7:12-14), respondió a Su pueblo cuando se humillaron y buscaron a Dios con todo su corazón. Entonces Dios les dio la estrategia y la victoria (2 Crónicas 20:15-17).
Con frecuencia los sermones que se predican sobre este pasaje se centran en la alabanza y la adoración del pueblo, pero es importante enfatizar lo que el pueblo tuvo que hacer primero: se tuvieron que humillar bajo la mano poderosa de Dios. Tuvieron que guardar reverencia ante el Señor, orar y escuchar Su plan. Luego tuvieron que someterse a la autoridad de Dios, creer que Su plan era suficiente y obedecer Sus instrucciones. Entonces, como resultado de su obediencia, obtuvieron la victoria.
En 2 Crónicas 7:12-16 (JBS), leemos:
Y apareció el SEÑOR a Salomón de noche,
y le dijo: Yo he oído tu oración, y he elegido para mí este lugar por una Casa de sacrificio. [y oración]. “Si yo cerrare los cielos, que no haya lluvia, y si mandare a la langosta que consuma la tierra, o si enviare pestilencia a mi pueblo; si se humillare mi pueblo, sobre los cuales ni nombre es invocado, y oraren, y buscaren mi rostro, y se convirtieren de sus caminos malos; entonces yo oiré desde los cielos, y perdonaré sus pecados, y sanaré su tierra. Ahora estarán abiertos mis ojos, y atentos mis oídos, a la oración en este lugar; así que ahora he elegido y santificado esta Casa, para que esté en ella mi Nombre para siempre; y mis ojos y mi corazón estarán ahí para siempre”.
¿Nos hemos humillado? ¿Hemos humillado nuestro corazón ante Dios? ¿Hemos abierto [nuestros oídos] detenidamente a escuchar? ¿Nos hemos realineado con Su voluntad? ¿Vivimos bajo Su autoridad? ¿Existe la necesidad de arrepentirnos porque hemos tomado riendas de nuestras vidas, ignorando Su voluntad y deseo para con nosotros? Si esa es nuestra situación, volvamos a Él en arrepentimiento y sometámonos humildemente a Su autoridad.
Dios dice: “…si se humillare mi pueblo, sobre los cuales ni nombre es invocado [someterse a Su autoridad, inclinar sus corazones, rendirse a Él]…” (v. 14, énfasis añadido). Esta es una actitud y disposición del corazón. Somos Su pueblo; no pertenecemos a este mundo. Nuestra lealtad es hacia Él. Debemos someternos a Su autoridad.
Dios, que la actitud de nuestro corazón nos impulse a actuar de manera adecuada. Por favor, oye nuestras oraciones:
- Señor, nos humillamos ante Ti. Te entregamos el control de nuestras vidas, hambrientos y sedientos de Tu justicia. Te confesamos, oh Señor.
- Nos arrepentimos y volvemos a Ti, buscando fervientemente Tu aprobación, Tu paz, Tu dirección y Tu santa voluntad.
- Anhelamos encontrarte a Ti, Señor. Crea en nosotros un corazón limpio, oh Dios, un corazón agradable a Ti.
- ¡Renueva en nosotros un espíritu recto!
- Señor, estamos quietos y escuchamos Tu voz.
- Señor, creemos que Tu plan es el correcto y que es absolutamente suficiente para asegurarnos la victoria.
- Ahora, Señor, ¡bendecimos Tu santo y glorioso nombre! ¡Solo Tú eres digno, fiel y poderoso!
¡Amen!